The Objective
La Europa de las letras

Cees Nooteboom o cómo ser europeos

Un autor propuesto año tras año, para un Premio Nobel de Literatura que nunca llegó

Cees Nooteboom o cómo ser europeos

Ilustración de Alejandra Svriz.

«¿Cómo se convierte uno en europeo?», se preguntaba en su pequeño libro o recetario melancólico Cómo ser europeos (de 1993) este holandés errante de nuestros días que fue el escritor Cees Nooteboom (nacido en La Haya, en 1933 y fallecido recientemente en Menorca, el 11 de febrero de 2026), un autor propuesto invariablemente, año tras año, para el Premio Nobel de Literatura en lengua neerlandesa, que al final nunca llegó. Ante este enigma teórico que muy pocos ciudadanos actuales de la Unión podrían responder ante sus hijos sin temor a sonrojarse y perder los papeles, Nooteboom, gran irónico sin fronteras, pero a la vez «viejo europeo» —como él mismo siempre se definió— cargado de Historia, es decir, de Historias yuxtapuestas y ligadas, de azares y lenguas en ocasiones secretas («el neerlandés es, con el albanés, el idioma más secreto del continente», dirá), respondía de una forma palmaria, simple: «Siéndolo, cualidad que se adquiere, por ejemplo, naciendo en los Países Bajos».

¿Qué habilidades especiales se precisan para seguir siéndolo más allá del prosaico y breve momento del nacimiento?, se preguntará más de uno. Y entonces viene la larga lista de deberes y fatales obligaciones, que cada uno puede rellenar mentalmente para aplicar el formulario técnico a su propia nacionalidad. Así respondería Nooteboom: «Quienquiera que esté dispuesto, en la persona de sus ancestros, a rechazar el asalto del mar, a secar las tierras, a dejarse gobernar durante la Edad Media por borgoñones, a trocar, ya en el amanecer de los tiempos modernos, ducados y condados por un conjunto de provincias y a federar éstas en una República de los siete Países Bajos unidos; quienquiera que tenga a bien guerrear con España durante ochenta años, colonizar un archipiélago del otro extremo del mundo, defender unos cuantos restos de monopolio librando batallas navales con los ingleses (pueblo que, siglos después, conserva la amargura de cada derrota bajo la forma de expresiones como ‘double Dutch‘, ‘Dutch uncle‘ o ‘going Dutch‘); quienquiera que desee, Bátavo resucitado, dejarse enrolar un tiempo por un hermano de Napoleón en un sueño francés de grandeza imperial y, cien años más tarde, ser aniquilado durante cuatro años por ejércitos alemanes, no sin haber persistido, al mismo tiempo, en contar, comer arenque, comerciar, mantener seca su tierra y también, gracias a Dios, en pintar, inventar microscopios y relojes de péndulo, en afinar el derecho marítimo y acoger a europeos de todos los orígenes expulsados de sus respectivos paraísos…».

Políglota de espíritu errante, nómada desde sus comienzos, no solo a través del viaje, del movimiento, sino de un buen número de géneros migratorios (poesía, novela, ensayo, periodismo, libros de viajes) que cultivaría con igual pasión a lo largo de su vida; la amplia obra de este autor eterno candidato al Premio Nobel —junto a su amigo el magnífico escritor flamenco igualmente ya fallecido Hugo Claus— fue una de las más traducidas desde la lengua neerlandesa de nuestro tiempo. Nooteboom sería el autor de libros tan conocidos como su volumen de crónicas o reportajes berlineses La desaparición del Muro (1990); las novelas Rituales (1980), Una canción del ser y la apariencia (1981), ¡Mokusei! (1982), En las montañas de Holanda (1984), La historia siguiente (1991) o Perdido el paraíso (2004); el libro de relatos Los zorros vienen de noche (2009), o bien maravillosas obras sin género como Hotel nómada, libros de viajes como El azar y el destino, dedicado a Latinoamérica, El desvío a Santiago, homenaje a España, con fotografías de su esposa Simone Sassen, o Círculos infinitos, dedicado a Japón.

Por no hablar de sus recuerdos de Menorca recogidos en Lluvia roja, y por fin su magnífica El día de todas las almas (1998), gran y ambiciosa obra finisecular y laberíntica, ambientada en Berlín, y digna heredera, para clausurar el tormentoso siglo XX, del Berlin Alexanderplatz de Döblin o de los flâneurs del extravío a lo Walter Benjamin.

Novelista, ensayista, poeta, traductor, viajero, Cees Nooteboom siempre se movió entre cada una de las disciplinas literarias con una gran sutileza y una enorme variedad de recursos en el mundo de la ficción, y más ampliamente en el de la narrativa. Y lo hizo para tratar temas fundamentales como la memoria y el recuerdo, como las misteriosas maniobras mentales «para pasar de un estado de ser a otro o de un espacio a otro distinto», así como símbolos barrocos y calderonianos como el del ser y la apariencia. Novelas las suyas que a menudo abundaban en un carácter filosófico y especulativo, metafísico, pero no por ello menos rebosante de pasión e ironía, de paradójica melancolía y de emociones, de piedad por sus personajes, por sus soledades y desarraigos, por las penas de los amores perdidos, por las ausencias y las obligadas despedidas, o por las inhabilidades en general para afrontar —a veces torpemente— la vida que se arrastra día tras día, país tras país.

Una obra en su conjunto que igualmente tocaría en diversas ocasiones, y meditaría muy centralmente, sobre el problema del arte y de la naturaleza de la ficción en particular. Incluso planteando sus excesos asfixiantes y paralizantes, tal y como sucedía en Una canción del ser y de la apariencia, o en obras igualmente cargadas de ironía y paradojas, como En las montañas de Holanda —montañas, como todos saben, inexistentes—, obra en la que se defendía esa estructura abierta, imposible de cerrar dogmáticamente de un solo plumazo. Ésa es la diferencia entre mito y novela, decía al final de esta obra Nooteboom: «En los mitos, todo, de un modo u otro, queda resuelto. En las novelas nunca se resuelve nada, y en los cuentos la solución se aplaza».

Cuando el personaje protagonista de El día de todas las almas, de 1998, sale de España, de la España en la que acaban de asesinar a Miguel Ángel Blanco, ya al final de la novela, tiene un momento de vacilación: ese tipo de momentos que el lector intuye que pesará como el peso de muchos pasados que arrastra superpuestos cada individuo a lo largo de toda su vida. El protagonista duda un momento en tomar un desvío de la carretera que va al norte de España, es decir, de nuevo un desvío a Santiago, o por el contrario dejar esa historia suspendida, pendiente, «sin resolver», y encaminarse hacia su casa, hacia el norte, hacia Berlín. Como dirá uno de los amigos del protagonista: «Nosotros somos los héroes más grandes de la historia, todos deberíamos ser condecorados cuando muramos. Ninguna generación tuvo jamás que saber, ver y oír tanto».

Toda la obra de Cees Nooteboom es un homenaje erigido al hecho del desvío, de la interrogación que escoge caminos no trazados por la costumbre o por los designios de la historia común y de la supremacía de las grandes rutas. Su viaje nunca avanza en línea recta, nunca se acaba, adopta una imprevista forma zigzagueante, resistente a los puntos finales. «¿Hasta qué punto puede uno comprender su mundo?», se preguntará en su libro Hotel nómada Nooteboom, con estupor, con pesar, recorriendo con «un tremendo cansancio» («no el ocasionado por los efectos del viaje, por las impresiones y la altura de esta tierra, sino por el tiempo, el tiempo en forma de Historia») el Museo de Antropología de México.

«Solo un perro podría caminar por aquí sin inmutarse», se dice a sí mismo Nooteboom, paseando por delante de vasijas que han sobrevivido a la muerte y entre esqueletos desencajados por «la danza macabra» del tiempo. Intentando imaginar actos de barbarie y «civilizaciones que se conquistaron, se exterminaron y se hundieron las unas en las otras», el holandés que una vez inventó en una novela montañas inexistentes para su país desprovisto de ellas emprendería de nuevo su camino, de atrás hacia delante, y a la inversa, hasta donde sea capaz de soportar, de conocer. «El pasado me pertenece hasta donde sea capaz de soportarlo», escribió en Hotel nómada.

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