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JoAnn Falletta y el canto de España

La Filarmónica de Buffalo se ha convertido en un instrumento admirable para exponer las metamorfosis del canto de España

JoAnn Falletta y el canto de España

JoAnn Falletta. | Wikimedia Commons

Como ya hemos comentado en esta sección, hoy en día no solo hay buenas y aún excelentes directoras en todo el mundo —y malas y aún pésimas, claro—, sino también maestras veteranas y autorizadas, como es el caso, singularmente, de la neoyorquina JoAnn Falletta (1954), cuya trayectoria al frente de distintas orquestas estadounidenses es una de las más sólidas y arriesgadas de nuestro siglo. Formada como guitarrista y mandolinista, pronto se decantó por la dirección, llegando a recibir clases magistrales de Leonard Bernstein en The Juilliard School de su ciudad natal. Desde 1999, Falletta es la directora titular de la Filarmónica de Buffalo, formación con la que ha grabado discos excelentes y en absoluto predecibles con el sello Naxos. Su gusto por el repertorio clásico se mezcla con su empeño por descubrir nuevos compositores y desempolvar partituras de otros que han sido injustamente olvidados. A la hora de dirigir, además, demuestra siempre una exigencia inusitada, esa entrega absoluta y constante con unos mismos músicos que tanto se echa en falta hoy en día en buenos directores que acaban quemados por una agenda imposible y ubicua. 

La música es, en un sentido múltiple y problemático, tiempo. Y solo dejando que sea tiempo —entendido como cualidad y no como unidad— puede una partitura desplegar todas sus virtualidades, algo que se consigue únicamente mediante una atención acendrada a la arquitectura invisible de su respiración. Falletta lo demuestra en un reciente disco magistral titulado The French in Spain, una muestra de la fascinación de los compositores franceses por el canto de España, en este caso Claude Debussy, Jacques Ibert y Maurice Ravel. Las influencias de ida y vuelta entre España y Francia son constantes en el XIX y el XX. El rico acervo de la música popular española, a su vez fecundada por el desplazamiento a América y su eco de regreso a nuestro país, supuso un motivo de inspiración constante para los franceses de alma cartesiana y geométrica. A su vez, los españoles acudieron tradicionalmente a la metrópoli parisina para aprender a dar forma a su lenguaje nativo, como hicieron también luego tantos compositores americanos, como el propio Bernstein, Aaron Copland, Astor Piazzolla o Elliot Carter, todos discípulos de la gran y temible Nadia Boulanger, pionera, por cierto, en la dirección de orquestas estadounidenses. 

En The French in Spain nos encontramos primero con Iberia, la célebre sección hispánica de sus Imágenes para orquesta, compuesta entre 1905 y 1908. Debussy estaba aquí abandonando su estilo más «impresionista» en favor de los materiales rítmicos y armónicos propios de la música española, que se caracteriza por utilizar escalas menores y modos como el frigio o el dórico y el exotismo árabe, sin olvidar el influjo del cante jondo. Todo ello hace que la sonoridad de Debussy se contagie del espíritu festivo y solar de Andalucía, articulándose a su vez en un orden más complejo, capaz de ensamblar distintas voces en un mismo canto. La ejecución de Falletta con los de Buffalo es asombrosa en cada detalle, desde el tempo exacto y preciso hasta la fruición de la expresividad, el fraseo, el ritmo, las dinámicas y la fervorosa alegría del conjunto. No hay nunca ninguna concesión a la rutina, sino que cada compás parece llevar la semilla del siguiente en un juego de inagotable ampliación interna. 

Del menos conocido Jacques Ibert se incluye la suite Escales, compuesta durante la luna de miel del compositor en un viaje por el Mediterráneo tras la Primera Guerra Mundial. Cada puerto recoge un aire musical autóctono, desde la tarantela en Palermo hasta la melodía lastimera de una canción en Túnez y el encuentro con el delirio español en Valencia. Fue una obra de enorme éxito en Francia cuando se estrenó e incluso llegó a eclipsar el resto de la producción de su autor. Falletta recupera la gracia olvidada de esta partitura con su gusto y su delicadeza característicos, devolviéndole a cada sección todo el color de su inspiración sensual y sinestésica. (Qué bien modulado está el oboe en la escala en Túnez). La llegada a Valencia, al final, ofrece un estallido de calor, alegría y castañuelas que se inscribe con deliciosa oportunidad en el conjunto.

En la selección no podía faltar, por supuesto, Maurice Ravel, un compositor con sangre española por vía materna —vasca, para más señas— que siempre prestó una especial atención al espíritu musical del sur de su alma. Escuchamos primero Alborada del gracioso, la cuarta sección de Miroirs, inicialmente compuesta para piano y luego orquestada. La orquestación —como en el caso de Cuadros para una exposición de Mussorgsky, que el propio Ravel transcribió— ilumina con mayor profundidad la motivación de la partitura. Los violines y el pizzicato de las arpas evocan el rasgueo de las guitarras. (Es muy interesante la correspondencia y el juego entre guitarra y arpa, como demostró mejor que nadie el inmenso Joaquín Rodrigo). Luego los vientos y las cuerdas alumbran una seguidilla, la danza habitualmente acompañada de guitarra, hasta que un expresivo solo de fagot marca el grave inicio de la escena del bufón, atravesada por interjecciones rítmicas de las cuerdas, las arpas y la percusión, con puntuales mementos de la seguidilla. Es una pieza de un gran virtuosismo compositivo que exige una competencia especial en su ejecución. Falletta convierte a los de Buffalo en la orquesta perfecta para este maravilloso ensamblaje de cantos y bailes. (Cómo se nota, por cierto, su propia formación como guitarrista en su habilísima forma de dirigir estas piezas). 

Finalmente, cierra el álbum la Rapsodia española, la primera obra escrita específicamente para orquesta de Ravel y que fundó su prestigio como autor de música española. El propio Manuel de Falla saludó la obra calificándola de «sorprendente por su carácter español, logrado mediante el libre uso de los ritmos y melodías modales y las figuras ornamentales de nuestra música popular». El primer movimiento, Preludio a la noche, está dominado por una figura descendente de cuatro notas que se introduce en los siguientes movimientos, Malagueña, Habanera y Feria. El misterio inicial se contagia en los dos movimientos centrales de una repentina sensualidad, un fogonazo de calor y vida expresado sobre todo por el original manejo de la percusión, síntoma ya de la especial pericia de Ravel en el arte de la orquestación. Feria cierra la suite conformando un bello y jubiloso poema sinfónico. El sello Naxos anuncia que este año, Falletta grabará con su orquesta una muestra del viaje inverso de los españoles a Francia y que se titulará The Spanish in Paris, con obras de Falla, Turina y Granados. Será una buena manera de celebrar el aniversario de Falla, que se cumple este 2026, y de dar a conocer una música de primerísimo nivel que quizá no ha gozado del reconocimiento debido más allá de nuestras fronteras y de los tópicos. El Canto a Sevilla de Turina, por ejemplo, es perfectamente comparable al Canto de la Tierra de Mahler. Ojalá JoAnn Falletta lo incluya en su próximo disco o se decida a dirigir la obra alguna vez. Bajo su batuta, la Filarmónica de Buffalo se ha convertido en un instrumento admirable y ejemplar para exponer las metamorfosis del canto de España, que no representa tanto a una nación como una forma de estar en la vida.

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