La NextGen está en el Club de Tenis Chamartín
«El Chamar es el club que ha dado jugadores más destacados y que más lejos han llegado en este durísimo deporte»

Club de Tenis Chamartín.
Como decía aquella maravillosa canción de Serrat, hoy mi club «se vistió de fiesta», aunque muchos de los socios no lo sepan. Mi club es el Club de Tenis Chamartín y, aunque no es un club centenario de los que tienen la solera exclusiva que da el cumplir un siglo, sí es el club de tenis más importante de Madrid. En realidad, el Chamar, que ahora cumple 60 años, es el único club verdaderamente de tenis de la capital. El resto son grandes clubes deportivos, hípicos, sociales, de natación, estupendos todos. Pero el Chamartín es diferente.
Nació como el Ave Fénix de las cenizas del desaparecido Club de Tenis Velázquez: allí era recogepelotas el gran Manolo Santana, que luego traería la gloria de la hierba londinense en los sesenta en forma de copa de Wimbledon a sus vitrinas. Y también se unieron muchos socios tenistas que marcharon enfadados del Club del Real Madrid, cuando la directiva les quitó la pista central con gradas para construir el pabellón de baloncesto sin consultar con los tenistas. El Chamar es el club de Madrid que ha dado los jugadores más destacados y que más lejos han llegado en este durísimo deporte. Desde los hermanos Clavet —Pato estuvo top 20 y ganó a los mejores del mundo— a Quino Muñoz, a quien algunos vimos derrotar en directo a Nadal en un Campeonato de España en nuestra pista 15, el año en que Rafa ganaría su primer Roland Garros pocos meses más tarde. Jacobo Díaz, campeón de Roland Garros júnior. Gorka Fraile, que fue 126 del mundo. Dani Muñoz de la Nava, top100. El increíble Luis Pagola, de quien muchos entendidos juran que es el mayor talento que jamás dio el tenis español y que vio truncada su carrera por una insidiosa enfermedad cuando era el mejor juvenil del mundo. Del Chamar son Viví Ruano y Jessica Bouzas. Sara Sorribes y Cristina Bucsa, bronce en las últimas Olimpiadas. También tenemos campeones del mundo veteranos de +75 y +85 como Pedro Ocaña y Félix Candela. Muchos, muchos grandes han dado sus primeras deslizadas sobre la arcilla de nuestras dieciséis pistas de tierra.
Y en el Chamar, decía, hoy es fiesta, porque comienzan en Yeda las finales de la NextGen, la competición en la que Alcaraz arrebató el trofeo a Sinner, inaugurando el que es hoy el mayor duelo del tenis actual. Es un torneo especial, en el que los mejores jugadores sub-20 de la ATP se miden en lo que perfectamente podría ser el futuro cuadro del Masters de, digamos, 2034. Son las primeras espadas, el relevo generacional del tenis. Y entre esos ocho hay dos españoles. La cifra —o, mejor dicho, la proporción— apabulla. Pero lo realmente bestial es que ambos son… sí, lo han adivinado: jugadores del Club de Tenis Chamartín. Menudo honor. Pica en Flandes, aunque esta se encuentre en Arabia Saudí, capital mundial del sportswashing.
La escuela de mi club la fundó Antonio Martinez que a su vez había montado la Escuela de Maestría con Santana. A mi me rechazó de pequeño, no era fácil entrar. He visto a estos dos fenómenos, Martín y Rafa, pululando por las instalaciones desde pequeños. A Landaluce, con sus ricitos de oro y una sonrisa perenne de oreja a oreja. Un diablillo entrañable fuera de pista, un diablo salvaje dentro de ella. Y a Jódar, con ese cuerpo anguiliforme coronado por sus anchísimos hombros, que prometen una constitución perfecta en cuanto su musculatura acabe de desarrollarse.
Les hemos visto entrenar a todas horas, jugar con nuestros equipos, pero, ante todo, lo que más me ha impresionado siempre ha sido la labor constante e incansable de sus padres, en ambos casos sus entrenadores de infancia hasta que los chavales comenzaron a volar y hubo que incorporar a profesionales del tema. A gente que, como dice mi amigo Pablo Semprún — mi áspero compañero de equipo y entreno de cuando yo era preadolescente y un paquete— «se ha dedicado». Hablamos de Burri, y de Esteban Carril en el caso de Landaluce, o de Fernando Varela y otros entrenadores, en el de Jódar. Estos son los que les perfeccionaron, los que depuraron su técnica.
Pero vuelvo a los padres, que en estos dos casos tan distintos entre sí han sido protagonistas activos de la hazaña que culmina y que, a su vez, comienza hoy.
Alejandro Landaluce, Catire para los amigos, es un fiebres del tenis. Todos los que le conocemos (y padecemos) en el club sabemos a lo que me refiero. Vive el tenis por los cuatro costados. Cada uno de sus partidos, ya sea de campeonato o enemistoso (no conoce el término «amistoso» en la pista), continúa luego en la ducha, donde repasa cada punto, cada fallo y pone las excusas que hagan falta. Es decir: es un competidor nato. Recuerdo cuando le preguntaba por los avances de sus dos hijos mayores que me dijo, sin pestañear: «Nada, nada, el animal es el pequeño, va a ser brutal». Y Martín solo tenía… ¡seis años! Pero él ya lo sabía. Su mujer se hizo fisio para tratar a los chicos. No he visto a nadie pasar más horas ni tirar más carros de bolas que él. A todas horas. Día y noche. Frío o calor.
Rafa Jódar padre es un caso diferente que me recuerda al del padre de las Williams. Un hombre que, aunque profesor de Educación Física, no sabía ni empuñar una raqueta, pero decidió enseñar a jugar a su hijo. Su labor firme y concienzuda se ha visto reflejada en Rafita, que absorbía cada instrucción con una disciplina militar. Adora a su padre, le admira y, por tanto, le escucha, le obedece. Hay algo del binomio Tío Toni–Rafa ahí. De pequeño no pasaba de la media de los jugadores del equipo, pero, como me contó David Jiménez (sí, hablamos del exdirector de El Mundo y un muy buen jugador amateur), en el transcurso de unos pocos meses pasó de perder regularmente a endosarle dos roscos a su hijo Alejandro, que juega un queso y marchó a jugar y estudiar becado en una universidad en EE. UU. Comenzó a hacerle lo mismo a todo el que se le acercaba en la pista. Fue una progresión salvaje, una aceleración y mejoría rapidísima, que iba en consonancia con el estirón que estaba pegando el chaval.
Ambos jugadores pasan del metro noventa. Ambos tienen una actitud increíble y positiva en la pista, reflejo de los valores que les han inculcado sus madres y padres. Ambos juegan una brutalidad y atesoran un talento innato. Pero lo más importante: ambos son dos chicos inmejorables. Casos tan diferentes y, sin embargo, tan parecidos.
No sé hasta dónde llegarán. Martín es hoy el sexto mejor posicionado de los de su edad en la ATP; ya está el 132. Y Rafita viene acelerando como cuando explotó de niño: es el 160 y, por el camino a Yeda, ha ganado tres Challengers para colarse derrapando en esta NextGen, aprovechando la baja de uno de los ocho mejores: él era el noveno. Hoy se estrena contra el favorito y Martín también debuta. Por desgracia van ambos por el mismo lado del cuadro.
Voy a estar pegado al televisor. Me ilusiona más que una final de Grand Slam, y a muchos compañeros de mi club también. Aprovecho para romper una lanza por la competición en mi club y fuera de él. Hay socios que se quejan cuando hay campeonatos aquí. Se quedan sin jugar pues hay menos pistas disponibles, es una lata. Pero, si amas el tenis o el deporte en general, es un peaje muy pequeño si se compara con las satisfacciones y beneficios que depara. De hecho, todos los clubes que han dado la espalda a la competición en la Comunidad de Madrid han acabado pasándolas canutas económicamente. Se han venido abajo porque, sin darse cuenta, han perdido su razón de ser, su esencia.
La competición edifica no solo el participar a cualquier nivel, sino también al verla, al observar. Es una escuela de vida en miniatura. Se aprende mucho de las personas en una pista de tenis. La gente se autorretrata sin querer. El que grita, el que se agarra, el que se desespera, el que se concentra y nunca discute, el que roba, el que tiene buen perder, el que tiene mal ganar, el que disfruta.
Nada nuevo, ya saben: en la mesa y en el juego…
Rafa Sañudo
Socio 4729 del Club de Tenis Chamartín
