¿Y si no vamos al Mundial de Trump? Afinemos el 'soft power' (porque del 'hard'…)
Tímidas voces piden boicotear el Mundial de este verano, mientras el fantasma de Moscú 80 y Los Ángeles 84 reaparece

Protestas en Milán. | Reuters
Se ve que andamos escasos por Europa de tanques, misiles y demás adminículos impropios de países de bien. Y, por lo que sea, la cosa geopolítica se está poniendo fea, como de mal. Dice Trump que invirtamos más en armamento (o en Defensa, que queda más polite), pero justo ahora nos viene regular, con los Estados del bienestar sedientos y etcétera. Pero tranquilos, siempre podemos tirar del soft power y atacar al enemigo con lo que mejor se nos da: el encanto. O, más bonito aún, el charm, aunque los franceses son justo los únicos de la UE que tienen bombas atómicas.
A falta de cosas que exploten, y con la cultura ya no del todo en forma, los europeos nos hemos hecho fuertes en los últimos ciento y pico de años, sobre todo en una herramienta de soft power: el fútbol. El deporte rey, global, total y absoluto. Pero la codicia insaciable del imperio trumpiano quiere meter mano ahí también, claro. Ya tuvieron un Mundial en 1994, y no les funcionó demasiado: sus aficionados al deporte siguieron más pendientes de su fútbol, el de los golpes tremendos, del baloncesto e incluso del soporífero béisbol. Este verano van a reincidir, aunque esta vez compartiendo la organización con Canadá y México. Podría haber participado también Groenlandia.
El soccer, como lo llaman los estadounidenses, es muy interesante como herramienta de soft power, concepto sofisticado y muy de péiper académico más o menos definible como la lucha por el poder a través de instancias culturales, sociales y demás cosas vagas (conceptualmente, no digo yo que los intelectuales…) Tampoco está de más recordar, como hicimos por aquí, el dineral que hay detrás de un Mundial. Y del soccer en general: en este otro reportaje explicamos cómo los grandes inversores estadounidenses están apostando a lo grande por el fútbol europeo. Lógico: el último informe de Deloitte asegura que sus ingresos crecieron un 8% en 2023/24 hasta alcanzar un récord de 38.000 millones de euros, y las cinco grandes ligas contribuyeron con más de 20.000 millones de euros (54%) por primera vez.
Bonito y lucrativo juguete que podríamos quitarle a Donald si insiste en amenazarnos Groenlandia o, lo que es peor, asestarnos aranceles o apropiarse de nobeles ajenos.
La idea del boicot europeo al Mundial surgió en un país tan serio como Alemania. Pero el dato tiene truco. El origen concreto fue unas declaraciones al periódico local Morgen Post de Oke Göttlich, presidente del St. Pauli y vicepresidente de la Bundesliga. El St. Pauli es una especie de mascota del fútbol alemán, politizado hasta los tuétanos. Algo así como un Malasaña F.C. en la zona media baja de la clasificación de LaLiga. Y la Bundesliga tiene 11 vicepresidentes. 11. Como un equipo de fútbol enterito.
Algo se removió por ahí, sin embargo. El mismísimo The New York Times le dedicó un extenso reportaje a la cuestión con el titular: Por qué es improbable un boicot al Mundial y qué se necesitaría para organizarlo. La primera parte tira de rigor, pero la segunda deja como un reguero voluntarista: al NYT le encantan los inventos progres, y si son europeos ya es que le flipan; el colmo del… charm.
El caso es que el presidente de la Federación Alemana se apresuró a descartar la ocurrencia de su vicepresidente más hippie, recordando incluso que «no lleva mucho tiempo» con ellos. Sin embargo, por lo que sea, el asunto se extendió. El presidente de la Federación Francesa, Philippe Diallo, también afirmó rotundamente que ellos no iban a boicotear nada, pero tuvo que salir a decirlo… secundado por la ministra de Deportes. Y así unos cuantos más. Los británicos no han dicho ni mu (los políticos; en The Spectator, por ejemplo, dejaron este recadito: «Ahórrenos la hipocresía europea sobre el Mundial»). Tampoco en España: recordemos que tenemos pendiente el siguiente Mundial…
En el supuestamente fundamental Foro de Davos, donde los ricos deciden las cosas, el tema salió a la palestra. El gurú Alastair Campbell aseguró en su cuenta de X (Twitter para los boomers) que se lo había comentado al mismísimo Gianni Infantino, mandamás de la FIFA: «Parecía sumamente relajado, despectivo de hecho, pero si Trump continúa con la tendencia y el modus operandi actuales, yo lo veo». Y más gente. El post tenía ayer más de 200.000 visualizaciones.
A lo mejor se quedó un poco menos relajado Infantino tras el post en la misma red social de su predecesor Sepp Blatter, que apoyaba los comentarios de un tal Mark Pieth en una entrevista en el diario suizo Der Bund. A ver, Blatter tiene sus razones para hacerle la pelota a Pieth: es el abogado que presidió el Comité Independiente de Gobernanza encargado de la supervisión de la reforma de la FIFA hace una década, justo tras dimitir Blatter por cosillas varias de corrupción. Así que, en su post, Blatter reproduce con entusiasmo el titular de la entrevista: «Solo hay un consejo para los aficionados: ¡manténganse alejados de Estados Unidos!», y añade de su puño y letra: «Creo que Mark Pieth tiene razón al cuestionar esta Copa del Mundo».
En la entrevista, Pieth matiza. Dice que EEUU «se encuentra en un estado de tremenda agitación. Lo que presenciamos de su contexto nacional —la marginación de los oponentes políticos, los abusos de las autoridades migratorias, etc.— no incita precisamente a un aficionado a viajar allí». Y cuando el entrevistador le pincha, Pieth concreta donde más duele ahora mismo: «La política migratoria está ligada a la marginación de ciertos aficionados» Además, recuerda que «si un Estado se ha convertido en un Estado rebelde [sic], no debería permitírsele organizar el Mundial. Esto está estipulado en los estatutos de la FIFA y también en su código de derechos humanos».
Y ahí el entrevistador le recuerda Rusia 2018 o Catar 2022… «Exactamente, hay muchos precedentes. Y si miramos al futuro, la Copa Mundial de 2034, en términos de derechos humanos, se le ha otorgado a lo peor de lo peor: Arabia Saudita». Sigue despotricando en general de EEUU, y cuando el entrevistador cierra diciendo que «el aficionado al fútbol todo lo soporta simplemente porque es aficionado y prefiere no pensar más allá», Pieth concluye con el cinismo probablemente inevitable de un abogado suizo dedicado a perseguir delincuentes de cuello blanco: «Cada uno tiene una razón específica para no actuar. Por un tiempo, esperé que los patrocinadores intervinieran. Pero solo actúan cuando los amenazan con la cárcel».
En fin…
Ese final conecta con la parte del análisis del NYT que explica por qué es improbable que pase algo realmente significativo: «Cualquier boicot total al Mundial de 2026 —es decir, equipos que se nieguen a participar— casi con certeza tendría que surgir de una coalición alineada de Gobiernos nacionales. La gran mayoría de los jugadores seguramente querrán jugar. Sus federaciones de fútbol, y casi todas las entidades con intereses económicos en el Mundial, probablemente querrán participar. Los únicos que podrían organizar y hacer cumplir un boicot serían políticos de alto rango, y en concreto jefes de Estado, que verían el Mundial como un instrumento de soft power, como algo que podrían utilizar para disuadir a Trump de hacerles daño a ellos y a otros».
Sí, suena bastante improbable, la verdad. Aunque en el NYT matizan que, de hecho, ha pasado. Lo hacen con un pedagógico tour histórico que comienza en 1934, cuando Uruguay decidió no viajar a la segunda Copa del Mundo en Italia, porque varios equipos europeos habían decidido no viajar a Uruguay para el torneo inaugural cuatro años antes. Y los equipos africanos se retiraron de la fase de clasificación para Inglaterra 66 porque solo les habían asignado una plaza… que debían disputar junto a toda Asia y Oceanía.
O sea, hasta ahora Europa ha sido más bien el villano. Y, sobre todo, nunca ha habido un boicot importante por motivos puramente políticos. Entonces el NYT se desplaza lateralmente para abrir otro melón: «El único precedente real es el boicot liderado por EEUU a los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980». Fíjate tú. EEUU… Luego hubo revancha con Los Ángeles 84, pero los primeros fueron los estadounidenses.
Precisamente los próximos Juegos Olímpicos, dentro de dos años, se celebran en Los Angeles. Otra vez. También es casualidad. De momento, la semana que viene empiezan los de invierno, siempre mucho menos mediáticos. En Europa. Concretamente, en las ciudades italianas de Milán y Cortina d’Ampezzo. Ayer, el Milano Today informaba de la manifestación del sábado contra la presencia en la ciudad de miembros del ICE, la agencia federal encargada de aplicar las leyes migratorias y de aduanas en el territorio estadounidense, famosa por su gatillo fácil. Dicen que van para realizar labores de seguridad dentro de la delegación deportiva estadounidense.
Según el diario italiano, todos los partidos de la oposición se unieron a la manifestación, «desde el Partido de la Refundación Comunista hasta Acción, incluyendo el Partido Demócrata, el Movimiento Cinco Estrellas, la Alianza de la Izquierda Verde, Più Europa e Italia Viva. La CGIL y la ANPI». El de Meloni no, claro. Entre otras cosas, los manifestantes estaban un poco molesto por la alternativa que Steve Bannon, ex asesor del presidente estadounidense Donald Trump, dio en una entrevista con la Repubblica a quienes no querían al ICE en Milán: «Que se jodan». También dijo: «EEUU da una enorme asistencia en seguridad. Si no la quieren, se la quitamos, porque son unos gorrones que se aprovechan de nosotros». E incluso: «De hecho, retiremos al equipo de los Juegos, me da igual».
Lo mismo a estos les va más el turrón de Alicante que el de Jijona.
