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Fórmula 1

Los Fórmula 1 más silenciosos se construyen en una antigua granja de vacas

Una empresa británica fabrica ‘los dobles’ de los Fórmula 1 que sí corren en los circuitos

Los Fórmula 1 más silenciosos se construyen en una antigua granja de vacas

Angel Marco, ingeniero y uno de los encargados de marketing de Memento Exclusives.

El pasado 15 de enero, la Central Station de Detroit, sede de la compañía Ford, lucía imponente para el evento. La cita celebraba el retorno de la marca del óvalo a la Fórmula 1. Los motores que lleven su nombre irán alojados en el monoplaza de Max Verstappen e Isack Hadjar. Lo que no sabían los presentes, y entre ellos Bill Ford, bisnieto del legendario Henry Ford, era que en aquella ceremonia estaban viendo un Red Bull falso. Aquel reluciente monoplaza no era con exactitud un Fórmula 1, sino otra cosa.

Esa cosa es algo que comparte con firmas como Google, Mastercard o el banco Santander. En las oficinas principales de todas ellas es fácil toparse con un F1 como decoración en el atrio de la entrada. En todos estos espacios, un monoplaza de carreras da la bienvenida en silencio al visitante. Con los colores de la temporada en curso, muestra con orgullo las pegatinas de la compañía a la que se está accediendo. Muchos se hacen fotos a su lado sin saber que ese coche jamás pisó un circuito.

De hecho, ni siquiera ha corrido, porque carece de motor. Es una réplica, un maniquí, un coche de juguete a tamaño real; hasta te puedes subir en él y empuñar su volante. Y hay una buena razón para que así sea: ceder monoplazas auténticos costaría millones y dejarían a la vista secretos industriales que otras escuderías podrían clonar. No solo eso. Estarían incompletos. En ocasiones sus propulsores son retirados, ya que son de alquiler y han de ser devueltos a sus fabricantes al acabar su ciclo de utilización. Eso sí, no han sido canibalizados por lo costoso de muchas de las soluciones que llevan alojadas.

Sin embargo, hace falta hilar muy fino para discernir su autenticidad. A pesar de ser réplicas, la compañía que dirige Barry Gough insiste en cuidar los detalles. Su diseño estructural parte de la interpretación del reglamento técnico emitido por la Federación Internacional de Automovilismo; los equipos apenas les pasan información y todos parten de un chasis común. Construido en fibra de carbono, como los auténticos, es la única pieza que se encarga a una compañía externa. El resto —asiento, alerones, carrocería o suspensiones— está hecho «en casa».

Un operario remata un chasis de carbono

Una treintena, de los algo más de 100 empleados de Memento Exclusives, son los encargados de dar forma a los monoplazas. En turnos laborales ordinarios, son capaces de montar dos cada semana, un centenar al año. Cada coche requiere 1.000 horas de trabajo y se utilizan unas 3.000 piezas. Algunas escuderías solicitan cambios concretos y modificaciones específicas. No hay líneas de montaje al estilo industrial, sino técnicos especializados, procesos manuales y un cuidado extremo por el detalle.

Para facilitar su manejo en el suelo, su dirección sí es funcional. De lo que carecen es de un sistema de propulsión, ni siquiera un pequeño motor eléctrico. Siempre serán movidos por el pedestre sistema de empujarlos y están diseñados para ser desarmados con facilidad. Se mueven mucho y pueden pasar de la entrada de un Carrefour a un evento en una universidad o una fiesta de empresa en la misma semana.

El precio también habla de a quién va dirigido el producto. En venta privada, una réplica ronda los 400.000 euros. Las más personalizadas han llegado a venderse por cerca de medio millón. Para los equipos, el coste es menor por una sencilla razón: compran 10 o 20 unidades de una tacada. Aunque disponen de los auténticos, les sale a cuenta contar con las réplicas. No corren, no arrancan, pero imponen el mismo respeto visual y albergan la misma espectacularidad.

Desde hace unos cinco años, el negocio no ha hecho más que crecer. Más de la mitad de las ventas proceden de clientes privados. Es un cambio profundo con respecto a los primeros años, cuando los equipos eran casi los únicos compradores de estos coches. Una de las claves en este crecimiento ha sido, sin duda, el mercado estadounidense.

En Memento lo tienen claro: el auge de la Fórmula 1 en Estados Unidos no se entiende sin Netflix. La serie documental convirtió un deporte hermético en un producto accesible desde el punto de vista emocional. A partir de ahí, las grandes marcas de aquel país empezaron a interesarse por la categoría, a patrocinarla y a querer un Fórmula 1 en el vestíbulo de sus oficinas. A pesar de ser un deporte claramente europeo, donde más están vendiendo es justo en Estados Unidos.

Acento hispano

En el seno de Memento hay un español que actúa como bisagra cultural y técnica. Se llama Ángel Marco Jr., es ingeniero, nació en Marbella y es hijo de Ángel Marco, el locutor que junto a Gonzalo Serrano narró en directo la muerte de Ayrton Senna en Imola. Hay, pues, un hilo invisible que une la historia de su padre con lo que toca a diario. Pero para entender esto es necesario hacer un poco de historia de la compañía.

Memento Exclusives no siempre construyó réplicas de monoplazas. Su negocio empezó vendiendo piezas de Fórmula 1 desechadas y en desuso a aficionados. A cambio de un puñado de euros, se llevaban un trozo de historia a sus casas. Más tarde, la compañía aceleró con monos y cascos utilizados por pilotos, piezas muy deseadas por coleccionistas. La memoria sentimental es, de hecho, el combustible real del negocio.

Su catálogo es tan amplio como la propia parrilla de la F1, pero según Marco, los grandes éxitos de la compañía son los productos relacionados con Ayrton Senna y Michael Schumacher. Comercializan cascos, monos y piezas originales tratadas casi como obras de arte, que cuentan con certificados de autenticidad y acaban en subastas. Muchos de sus compradores entienden esto como una inversión a largo plazo. Son objetos que no solo no pierden valor con el tiempo, sino que se revalorizan y, con frecuencia, vuelven al mercado.

Hay colecciones multimillonarias como esta alrededor de Michael Schumacher

Los cascos de Senna son el ejemplo perfecto. Cada año valen más. Es habitual que se compren, se guarden y se revendan a cambio de un beneficio. Con Schumacher ocurre algo parecido, pero amplificado por el tamaño del mercado estadounidense, al que por alguna razón el siete veces campeón del mundo les resulta más cercano. Allí hay un coleccionista concreto cuya colección completa está valorada en unos cuatro millones de euros. Posee al menos un mono ignífugo y un casco original por cada temporada en activo del germano.

A eso se suman todos los cascos especiales o con valor histórico: uno por cada victoria, el del primer título mundial, el de la primera victoria en Imola, el que usó en Mónaco un cierto día… todos originales. Cada uno se mueve en una horquilla de entre 80.000 y 175.000 euros. Son piezas que ya no se compran solo por devoción deportiva, sino como activos financieros con recorrido.

A la derecha, un casco usado por Max Verstappen. A la izquierda, uno de Valtteri Bottas

Más en el presente, un mono usado del tetracampeón del mundo Max Verstappen puede alcanzar los 70.000 euros. Siempre se venden en subasta, al mejor postor, y en los últimos seis meses se ha colocado media docena. También venden otros productos menos ambiciosos a través de la web, que generan mucho volumen, pero dejan mucho menos margen.

Un mercado amplio

Lo verdaderamente rentable es lo exclusivo, lo irrepetible, aquello que no se puede producir en serie ni reponer. En su web se pueden encontrar tuercas, llantas, lámparas hechas con tubos de escape o mesillas de noche con alerones embutidos, entre otros objetos.

Esas son las piezas con elementos auténticos, que pueden llegar a ser hasta monoplazas completos. Justo al otro lado del catálogo, las réplicas de Fórmula 1 no están pensadas para engañar a nadie ni para simular competición, sino para ocupar espacio, imponer presencia y contar una historia. La de un deporte que ha aprendido a monetizar su pasado mientras conquista nuevos públicos al otro lado del Atlántico.

Que todo eso ocurra en una antigua granja de vacas a 15 minutos del circuito de Silverstone tampoco es una contradicción, sino una forma de cerrar un círculo. Muchas de las escuderías originarias, en los comienzos de la categoría, arrancaron justo así. Lo que nunca imaginaron es que muchas de sus piezas de desecho acabarían siendo subastadas por todo el mundo… y siendo una fuente de ingresos.

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