The Objective
El podcast de El Liberal

Juan Carlos Ureta: «Trump es un síntoma, no la causa, de una gran transformación geopolítica»

«Había que sacudir el árbol y él lo está sacudiendo. Lo que está por ver es si será capaz de construir algo después»

Juan Carlos Ureta nació en Bilbao en 1956 y es banquero de inversión, aunque podía haber sido lo que le hubiera dado la gana. Tras licenciarse por la Universidad de Deusto en la especialidad jurídico-económica con el premio extraordinario de carrera, optó por hacerse abogado del Estado, y durante unos años prestó sus servicios en el Ministerio de Economía y Hacienda.

Allí tuvo ocasión de ver cómo funcionaba la Administración por dentro y, quizás por eso, decidió dejarlo en 1986 para hacerse agente de cambio y bolsa. Y no sé si fue antes o después de hacerse agente de cambio y bolsa cuando realizó un viaje a Nueva York que resultó iniciático.

Los viajes iniciáticos suelen ser a Oriente, a Katmandú, Dahramsala y sitios así, no a Occidente. Pero creo haber señalado que Ureta es de Bilbao y él la epifanía la tuvo en Nueva York. Se dio cuenta de que allí se hacía trading no solo para millonarios o instituciones, como en España, sino para clientes de todo tipo, y decidió fundar la sociedad de valores Renta 4 e importar el modelo.

«Lo nuestro —declaraba el año pasado en la revista Asesores Financieros— siempre ha sido ir un poco en contra de las ideas aparentemente dominantes. —Y añadía—: Apostamos, por ejemplo, por la banca en el momento de la crisis financiera».

O sea, en 2010, cuando todo el mundo despotricaba contra los banqueros y estos tenían que ir por la calle con gafas y nariz postizas, Ureta dio un paso al frente y dijo: «Pues vamos a convertir Renta 4 en un banco».

Esto de ir contra la corriente es un experimento que no les recomiendo que intenten repetir en sus casas sin la supervisión de un experto, pero a Ureta le ha ido fenomenal. Renta 4 no ha dejado de crecer. Emplea a más de 700 personas, gestiona un patrimonio de 41.207 millones de euros y en septiembre de 2025 llevaba ganados 30,8 millones, un 32% más que en el mismo periodo del año anterior.

A diferencia de los banqueros convencionales, que solo hablan de su libro, Ureta opina de los asuntos más variados, aunque antes de meternos en algún charco era obligado preguntarle por el espléndido ejercicio bursátil que acaba de cerrar el IBEX. Por ahí arranca nuestra conversación, que puede disfrutarse íntegra en la web de THE OBJECTIVE y de la que sigue una versión extractada y editada.

Pregunta- La bolsa española ha sido en 2025 la más rentable de Europa y una de las más rentables del mundo. ¿Por qué crece tanto?

Respuesta- La respuesta es simple: por las empresas. Si estas lo hacen bien, su cotización sube y, si lo hacen mal, baja. En España tenemos la fortuna de contar con excelentes compañías en todos los segmentos: grande, mediano y pequeño. Recorro mucho España, es parte de nuestro trabajo, y veo magníficas empresas. Todos conocemos las más importantes: Inditex, Iberdrola, los grandes bancos… Pero también hay espléndidas pymes. Ese gran tejido productivo explica que el IBEX haya liderado 2025.

«España va bien, pero la calidad y fortaleza de su economía no ha mejorado. La productividad lleva bastante estancada desde 2005 y arrastramos un déficit de inversión»

P.- Y la parte macro, ¿qué te parece? En el debate entre quienes sostienen que vamos como un cohete y quienes dicen que tampoco es para tanto, ¿dónde te sitúas?

R.- Cuando hablamos de un país conviene distinguir entre, por un lado, el crecimiento y, por otro, la fortaleza y calidad de ese crecimiento. España va bien y probablemente seguirá yéndolo por varios motivos. Uno ha sido, sin duda, la ayuda de los fondos europeos, pero el fundamental es que estamos muy bien posicionados para el mundo que viene, en el que la industria ha perdido protagonismo en favor de los servicios y de lo que se llama «la economía de las experiencias». El ocio, los viajes, el entretenimiento han adquirido mucha pujanza y son actividades en las que España exhibe importantes ventajas. Y todo ello, además, en el marco de una economía bastante diversificada, con potentes representantes en el sector auxiliar del automóvil, el energético o el textil.

Dicho esto, la productividad lleva bastante estancada desde 2005, y esto no es una opinión, es un dato. También arrastramos un déficit importante de inversión, algo crucial, porque si no invertimos, estamos comprometiendo el crecimiento futuro.

O sea, que sí, España va bien, pero la calidad y fortaleza de su economía no ha mejorado en los últimos años.

«Somos un destino muy atractivo, con buen retorno sobre el capital; por eso viene el dinero extranjero y va a seguir viniendo. Pero habría que eliminar obstáculos»

P.- A raíz de la crisis de 2008, hubo que hacer recortes y en lo que se cebaron los sucesivos Gobiernos fue básicamente en la inversión.

R.- No me refiero solo a la inversión pública, sino a la privada, a la que realizan las empresas, que es la fundamental en una economía de mercado como la española. El déficit de inversión no es consecuencia de que el Gobierno ajuste más o menos su política presupuestaria, aunque algo tiene que ver, claro.

P.- ¿Y qué hace falta para estimular esa inversión privada?

R.- Lo principal es no poner trabas. España es un destino muy atractivo, con buen retorno sobre el capital invertido; por eso viene el dinero extranjero y va a seguir viniendo. Pero para hacer más fluido todo el proceso, habría que eliminar obstáculos.

P.- ¿Obstáculos fiscales? ¿Obstáculos burocráticos?

R.- De todo tipo. Por ejemplo, uno de los problemas que dificultan la construcción de vivienda en España es la llamada «permisología». Un promotor no puede estar sujeto a años de tramitación, con múltiples modificaciones y sin seguridad jurídica. La calidad y la estabilidad del marco regulatorio y tributario son esenciales.

También habría que dispensar un trato más favorable a los fondos de pensiones [que gestionan pasivos a varias décadas y pueden asumir horizontes de inversión muy largos]. En Holanda, administran activos equivalentes al 200% del PIB. En España, en cambio, no solo han sido históricamente mucho más modestos [el 12% del PIB], sino que están estancados por la aversión a las pensiones privadas de Gobiernos de todos los signos.

Finalmente, en algo tan simple y esencial como la energía, tenemos un modelo retributivo para la distribución eléctrica muy poco atractivo, lo que ha provocado un déficit de inversión que tiene mucho que ver con los apagones.

«Uno de los problemas que dificultan la construcción de vivienda es la llamada ‘permisología’. No puede ser que una promoción esté sujeta a años de tramitación»

P.- La izquierda, especialmente la más extrema, tiene un discurso bastante hostil a lo que llama «especulación» y no deja de reclamar más regulación.

R.- Todos estamos en contra de la especulación. Donald Trump va a prohibir que los inversores institucionales compren viviendas unifamiliares en Estados Unidos, y Donald Trump no es sospechoso de ser de la izquierda más extrema. Respecto de la regulación, se discute a menudo si hay mucha o poca. A mí me parece más relevante si es buena o mala. La peor combinación es, por supuesto, que haya mucha y mala, como ocurre en muchos sectores.

Pero claro que tiene que haber regulación. Yo he sido abogado del Estado y lo sigo siendo y no puedo estar en contra de la regulación. Con lo que hay que acabar es con la mala regulación. Y, lamentablemente, en Europa y en España hay muchas normas que rozan el absurdo.

P.- Cuando reclamas políticas proempresa, ¿a qué te refieres? ¿Te parece poco proempresa el actual Gobierno?

R.- En España, en general, hemos tenido una cultura poco favorable a la empresa. Las políticas proempresa se consideran iniciativas que favorecen a los ricos y a los patronos, y ese es un error de concepto, porque lo proempresa es proempleo, procrecimiento y probienestar.

Cada cual se forma una visión sobre la sociedad y la economía, y la nuestra en Renta 4 es la de una economía de mercado. Creemos en la iniciativa privada, en la libertad económica y en la empresa como creadora de riqueza y, por tanto, de prosperidad y trabajo. No propugnamos que se beneficie a las compañías, sino que no se las perjudique, que es algo distinto, y muchas normas las castigan sin que de ello se derive ningún beneficio social claro.

«Hay que dispensar un trato más favorable a los fondos de pensiones, que no despegan por la aversión de los Gobiernos de todo signo a las pensiones privadas»

P.- Dime alguna de esas normas.

R.- La obligación de fichar a los empleados. Eso es algo concebido para la industria del siglo XX, en la que había que entrar a las ocho y salir a las cuatro [porque la producción dependía de máquinas caras que solo eran rentables si funcionaban de forma continua y sincronizada]. Hoy vivimos en una economía de experiencias, de intangibles, donde el componente de creatividad es esencial y resulta absurdo y hasta ridículo constreñirlo a un horario rígido. En muchos sectores, incluido el financiero, ni siquiera se entra y se sale de un espacio físico: se teletrabaja desde casa o desde el aeropuerto, mientras se viaja o se visita a un cliente.

P.- La cartera más animada de esta legislatura ha sido probablemente la de la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz. ¿Qué te parecen sus iniciativas? El salario mínimo, la reducción de la jornada, la propia reforma laboral…

R.- No soy un experto y, si he citado la normativa sobre el horario, es porque su falta de sentido común salta a la vista. Pero lo que sí señalaré es que todas esas iniciativas que mencionas se han aprobado sin el consenso de los empresarios, de espaldas a la CEOE y otras organizaciones. No lo encuentro lógico. Si legislas sobre el empleo, parece obligado contar con quienes lo crean.

P.- El Gobierno asegura que son medidas orientadas a mejorar la productividad.

R.- No es esa la opinión que tienen los empresarios…

«Se discute a menudo si hay mucha o poca regulación. A mí me parece más relevante si es buena o mala»

P.- Una pregunta fácil: ¿hay que bajar los impuestos?

R.- La respuesta corta es igualmente simple: sí, sin ninguna duda. En España, la carga tributaria, una vez incluidas las cuotas a la Seguridad Social —que, aunque técnicamente no son impuestos, sí son carga tributaria—, es excesiva. Ahora bien, tan importante como el volumen recaudado por el sistema es la propia calidad del sistema, y aquí llevamos décadas con uno que grava el beneficio contable, con independencia de que se distribuya o no. Esto no fomenta la inversión, a diferencia de lo que sucede en otros países, donde el beneficio que la empresa retiene no tributa, porque se entiende que va a destinarse a la creación de más riqueza.

Como principio general, creo que donde está mejor el dinero es en el bolsillo de los ciudadanos. Esto no significa que no deba haber gasto público. No soy un talibán anti-Estado. El Estado cumple funciones esenciales, tanto regulatorias como de provisión de servicios básicos, y debe seguir cumpliéndolas. Pero la presión fiscal en España es enorme y el modelo tributario, manifiestamente mejorable. Y esto no lo digo yo. Varios documentos, impulsados por Gobiernos de derechas [Informe Lagares de 2014] y de izquierdas [Libro blanco sobre la reforma tributaria de 2022], han coincidido en que el peso de la recaudación debe recaer en el IVA y el IRPF, quizá por ese orden. El impuesto de sociedades convendría aliviarlo, porque distorsiona las decisiones de inversión. Y lo que desde luego resulta una excentricidad es el gravamen sobre las grandes fortunas, que un Gobierno socialista eliminó y otro socialista ha reintroducido.

«En España hemos tenido una cultura poco favorable a la empresa. Se considera que la política proempresa favorece a los ricos, pero es proempleo, procrecimiento y probienestar»

P.- Pedro Sánchez alega que nuestra presión fiscal era inferior a la media de la Unión Europea cuando llegó al poder.

R.- El debate se centra demasiado en la cuantía de la carga y poco en cómo se reparte esa carga, en términos de eficiencia y de equidad. Muchos expertos han denunciado, por ejemplo, las múltiples exenciones del IVA [que reducen su capacidad recaudatoria y generan efectos distributivos ambiguos]. Nuestra referencia en materia fiscal no debería ser dónde nos situamos respecto de la media europea, sino qué países administran mejor sus recursos, como Suecia.

P.- ¿Qué te parece que el Gobierno lleve tres prórrogas consecutivas de los presupuestos y carezca de mayoría en el Congreso?

R.- El presupuesto es una norma íntimamente conectada con el origen de la democracia moderna, que nace en buena medida para que los ciudadanos controlen en qué se gastan sus impuestos. Responde al viejo principio de «no taxation without representation» («Ningún impuesto sin representación») que reclamaban los fundadores de Estados Unidos, y el que un país democrático encadene varios años sin presupuesto es una anomalía.

P.- ¿Te sorprendió el desenlace de la opa del BBVA sobre el Sabadell? ¿Crees que se frustró por injerencias políticas o porque no tenía mucho sentido empresarial?

R.- Cuando una opa no sale, suele ser porque ha sido mal planteada. He vivido bastantes a lo largo de mi vida profesional y hay una regla que se repite: si de verdad quieres comprar algo, tienes que estar dispuesto a asumir un precio «irracional», entre comillas. Como vayas solo al precio objetivo que se desprende del análisis fundamental, la oferta no prosperará y, en el caso concreto del Sabadell, el BBVA no estuvo dispuesto a ser algo más generoso. Adoptó un criterio perfectamente respetable. Dijo: «No voy a ir más allá de cierta cantidad, que es la correcta». Y el opado tuvo la habilidad de convencer a sus accionistas de que el banco podía generar más valor en solitario que de la mano del BBVA. Ese es mi análisis.

«No pido que se beneficie a las compañías, sino que no se las perjudique. Muchas normas las castigan sin que de ello se derive ningún beneficio social claro»

P.- ¿Tiene futuro la banca tradicional con todos los cambios que estamos viendo? Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el antiguo gobernador del Banco de España, titulaba su último libro Adiós a los bancos.

R.- La banca siempre ha sido básicamente dos cosas: asignación de recursos y gestión de riesgos. Esas dos funciones seguirán siendo necesarias y, en la medida en que la banca siga cumpliéndolas, sobrevivirá. Otra cosa es que haya cambiado mucho en los últimos 30 años y vaya a cambiar todavía más en los próximos 10.

P.- ¿Cuáles son esos cambios?

R.- Estamos viendo un desplazamiento del centro de gravedad del sistema. Antes, este lo ocupaba la banca tradicional, la que toma dinero y lo presta o invierte luego, retribuyendo al ahorrador con un tipo de interés y asumiendo el riesgo en su balance. Ahora, ese centro de gravedad se ha movido hacia la banca de mercados de capitales, que no toma dinero para su balance, sino que pone en contacto a quien tiene recursos financieros con quien los necesita. Es lo que hacemos nosotros en Renta 4.

P.- ¿A qué obedece ese desplazamiento?

R.- A varios motivos, pero el principal es la quiebra de Lehman Brothers. Los supervisores se dieron cuenta entonces de que concentrar el riesgo en los balances de los bancos era peligrosísimo, porque si los bancos caían, caía el pulmón de la actividad y detrás iba el resto de la economía. Cuando, por el contrario, los riesgos están diversificados en un mercado, el impacto de cualquier crisis es menor, porque no hay un único corazón, sino varios, y el que este o aquel se pare no afecta al sistema en su totalidad.

«La obligación de fichar al entrar y salir es propia de la economía industrial del siglo XX. En muchos sectores hoy ni siquiera se entra y se sale. Se teletrabaja desde casa o desde el aeropuerto»

P.- ¿Llegará un momento en que no queden ya esos bancos en los que los pequeños ahorradores depositamos nuestro dinero?

R.- El que las finanzas se hayan descentralizado y se haya reducido el peso relativo de los bancos de balance no significa que estos vayan a desaparecer. Seguirán existiendo, porque cumplen muy bien algunas funciones, pero tendrán que adaptarse y, de hecho, ya han empezado. Han creado ramas de gestión patrimonial, de mercados de capitales o de financiación empresarial, que son el ámbito natural de la banca de mercados…

La experiencia histórica enseña que casi nada desaparece del todo. Ahí sigue el telégrafo, a pesar de internet, y ahí seguirá la banca tradicional, a pesar de Lehman Brothers.

P.- ¿Qué hueco queda para el banquero de inversión cuando la especulación está uberizada y cualquiera puede seguir los mercados y mover fondos desde una simple aplicación?

R.- Este no es un debate que afecte solo al sector financiero. La cuestión es si vamos hacia un mundo de robots o hacia un mundo de relaciones personales. En Renta 4 pensamos que la tecnología sirve para potenciar estas, no para sustituirlas. Las máquinas han ganado terreno y hacen mucho mejor cosas que antes hacíamos los humanos. En el siglo XV, llevar dinero de Florencia a Amberes era una tarea muy valiosa que hacían los banqueros personalmente. Hoy basta el clic de un ratón y ese tiempo que hemos ganado lo podemos dedicar a tareas de mayor valor, como las relaciones personales.

«La reforma laboral se aprobó de espaldas a los empresarios. No lo encuentro lógico. Si legislas sobre el empleo, parece obligado contar con quienes lo crean»

P.- Tengo entendido que eres aficionado a las películas de ciencia ficción. En una entrevista citabas Blade Runner y 2001, una odisea del espacio, pero no Terminator. ¿No te inquieta el auge de la inteligencia artificial?

R.- Claro que me inquieta, y creo que debe inquietar, primero, porque como toda innovación es susceptible de utilizarse bien o mal y, segundo, porque puede llegar a cobrar autonomía. Eso lo describen muy bien tanto Blade Runner como 2001…

En Blade Runner, los replicantes quieren ser inmortales, pero han sido programados con una vida limitada y se rebelan. En 2001…, el ordenador que gobierna la nave empieza a fallar y, cuando los tripulantes deciden desconectarlo, mata a uno.

P.- En las dos películas, el desenlace es optimista.

R.- Sí, los humanos logran hacerse con la situación, aunque en Blade Runner la trama sentimental no termina tan bien, porque el policía y la replicante no consuman su amor.

P.- Terminator y Matrix van un paso más allá y son claramente distópicas. ¿Crees que es real la amenaza de una IA hegemónica? ¿Eres tecnoptimista o tecnoescéptico?

R.- Soy tecnoptimista, pero no cabe duda de que hay riesgos. El mayor es lo que llaman la singularidad tecnológica, el momento en que la inteligencia artificial deje atrás a la humana y ya no nos necesite. Hay mucha literatura al respecto, pero nuestra especie ha demostrado su capacidad para superar otros desafíos importantes.

«La presión fiscal es enorme en España. Donde está mejor el dinero es en el bolsillo de los ciudadanos»

P.- Te has referido al bitcoin como «un 95% de humo y un 5% de algo muy valioso».

R.- En Renta 4 somos absolutamente procripto, que quede claro. Llevamos años trabajando en tecnologías blockchain, NFT [siglas de non fungible token, un certificado de propiedad de algo registrado en una cadena de bloques: una imagen, un vídeo, una canción] y similares, y somos una de las cuatro entidades bancarias a las que la Comisión Nacional del Mercado de Valores ha concedido licencia para ofrecer servicios de compraventa y custodia de criptoactivos.

Lo del «95% de humo…» lo dije hace un par de años y todavía lo suscribo, aunque hoy lo matizaría quizás con porcentajes distintos. Lo que entonces pretendía enfatizar es que el movimiento cripto, que nació en torno a los cypherpunks y gente muy anarquista y antisistema, era un ámbito muy poco regulado y supervisado, y esa falta de control ha dado lugar a algunos escándalos y fraudes y a muchos proyectos sin sustancia. Era un poco el salvaje Oeste y, en ese sentido, había mucho humo y unas pocas perlas. Recuerda un poco lo que ocurrió con las puntocom en los años 90: abundaba la escoria, pero también estaban allí Amazon, Google, Netflix, PayPal…

Con el tiempo, lo cripto se ha ido domesticando. Trump prometió que iba a hacer de Estados Unidos la capital mundial de lo cripto y ha establecido una reserva estratégica en bítcoins, ha lanzado la GENIUS Act que regula las stablecoins [criptodivisas cuya cotización está vinculada a un activo estable, como el dólar] y ha constituido un grupo de trabajo para acabar de integrar lo cripto en el sistema.

«Nuestra referencia no debería ser dónde nos situamos en presión fiscal respecto de la media europea, sino qué países administran mejor sus recursos, como Suecia»

P.- ¿Vosotros tenéis bítcoins en cartera?

R.- Hemos lanzado el Renta 4 Crypto Fund, con solo bítcoins, stablecoins y ethers [la moneda digital que se usa en la red Ethereum, una plataforma de código abierto que permite la creación y ejecución de contratos inteligentes]. Y sí, el banco ha tomado una posición en ese fondo.

P.- ¿No es muy arriesgado?

R.- Cuando asesoramos a nuestros clientes sobre activos digitales, siempre insistimos en que hay que colocar una parte relativamente reducida del patrimonio, alrededor del 1%. Dicho lo cual, hay gente a la que le ha ido muy bien metiendo todo su patrimonio en estos activos digitales. Varias grandes fortunas se han hecho así.

Pero entrar a fondo en nuestra visión del universo blockchain daría para otra hora de entrevista. En esencia, baste decir que es una innovación que crea activos y mercados nuevos y, cuando algo crea activos y mercados nuevos, suele generar más riqueza [porque amplía las formas de ahorrar e invertir y, por tanto, de financiar nuevos proyectos].

«El que un país democrático como España encadene varios años sin presupuestos es una anomalía»

P.- Has traído a colación al presidente de Estados Unidos y me gustaría que desarrollaras tu idea de que Trump es más la consecuencia que la causa del actual desorden internacional.

R.- Durante cuatro décadas, entre 1980 y 2020, ha habido un modelo económico, geopolítico y de globalización que ha funcionado muy bien. Ha impulsado una etapa de notable prosperidad, pero muy desigual, con un 90% de la población captando solo el 45% de los ingresos globales, y con déficits y deudas públicas crecientes en muchas naciones avanzadas. Esos desequilibrios son insostenibles y han generado un profundo malestar. Muchos países en desarrollo se han visto atrapados en la «trampa de la renta media». [Han dejado de ser pobres a base de explotar su mano de obra barata y, cuando los salarios han subido, han perdido su ventaja y se han estancado]. Por su parte, muchos norteamericanos y europeos leen en la prensa que la economía va bien, pero ellos no llegan a fin de mes y tienen dificultades para costearse la vivienda o la educación.

Todo ello ha generado propuestas políticas, una de las cuales es Trump. Trump es la consecuencia de un mundo sumido en una gran transformación geopolítica. Dani Rodrik [catedrático de Economía Política Internacional de Harvard] explica que tenemos que hacer una transición de la hiperglobalización actual a una globalización inteligente o «armoniosa», lo que comporta cambios en el comercio internacional y un nuevo contrato social que, en Occidente, reduzca el malestar de las clases medias.

Como presidente de la primera potencia mundial, Trump está pilotando esa transición con un estilo ruidoso y confrontacional, pero la marea de fondo es previa. El punto de inflexión se produce en 2016 y se manifiesta en dos hechos clave: el Brexit, con el famoso eslogan «Take back control» que entonó Boris Johnson durante la campaña del referéndum, y la llegada de Trump a la Casa Blanca. Trump es parte del ruido, no de las causas.

«La opa sobre el Sabadell fracasó porque el BBVA no estuvo dispuesto a ser más generoso. Dijo: “No voy a ir más allá de cierta cantidad, que es la correcta”»

P.- ¿Y qué tal lo está haciendo como piloto de la transición?

R.- Su estilo no gusta a casi nadie. Con los aranceles, adoptó la estrategia de plantear unos máximos para luego ir rebajándolos, una forma de negociar muy suya…

P.- Al final no han sido para tanto…

R.- No creo que pueda decirse que no han sido para tanto. Estados Unidos ha pasado de un arancel medio del 3% a otro del 17%, lo cual es un cambio relevante. Veremos cómo acaba…

En cierto modo, había que sacudir el árbol y él lo está sacudiendo. El ex secretario de Estado Henry Kissinger, en una de sus últimas entrevistas, se resistía a opinar sobre Trump, pero al final acabó diciendo que era alguien que venía a destruir cosas que había que destruir, aunque estaba por ver si sería capaz de construir algo bueno. Coincido bastante.

«Durante cuatro décadas, entre 1980 y 2020, ha habido un modelo de globalización que ha funcionado muy bien, pero que ha acabado generando mucha desigualdad y malestar»

P.- Una de las obsesiones de Trump es China. ¿Está en condiciones Pekín de dar el sorpaso a Estados Unidos?

R.- No lo creo. El desarrollo consiste en innovar y crear valor para la gente y eso, en mi opinión, solo es posible en mercados donde compites por hacer algo mejor que tu rival, y no en regímenes de planificación central. No dudo de que en China haya millones de ingenieros brillantísimos, pero la programación de su trabajo la hace el Partido Comunista Chino y la historia del siglo XX muestra con bastante claridad que eso no mejora el bienestar del ciudadano de a pie. Se argumenta que China lo tiene más fácil, porque no celebra elecciones cada cuatro años y puede pensar en el muy largo plazo, y es cierto, pero el valor que genera la libre competencia es muy superior.

P.- En este gigantesco desbarajuste, ¿qué pintamos los europeos?

R.- Europa cuenta con una enorme riqueza cultural e histórica y también con grandes empresas, que son líderes en algunos sectores, como el automóvil. Ahí hemos tenido auténticos campeones mundiales, aunque los errores regulatorios se los hayan cargado. Ahora parece que hay cierta rectificación [la UE ha dejado de exigir que en 2035 todos los coches nuevos sean libres de emisiones], pero no sé si llega tarde.

«China no va a dar el sorpaso a Estados Unidos. No dudo de que tiene ingenieros brillantísimos, pero sometidos a una dirección central y eso no ha funcionado nunca»

P.- Lo que no hay es un Facebook, una Apple o un Microsoft europeos.

R.- Hemos perdido la batalla de la altísima tecnología, entre otras cosas, porque en Estados Unidos tienen algo llamado Nasdaq, un mercado de capitales que ha financiado durante años compañías que invertían mucho, incluso a pérdida, para desarrollar bienes y servicios que hoy usa casi todo el mundo, como las redes sociales, el iPhone o el procesador Word. Ese tipo de cosas se crean cuando existen mercados de capitales profundos, que son los que financian la innovación. En Europa no los tenemos y eso nos penaliza.

P.- ¿Y qué habría que hacer para tenerlos?

R.- No ha habido un auténtico esfuerzo para unificar las distintas leyes mercantiles y tributarias y las diferentes culturas empresariales. La Comisión ha lanzado un proyecto para integrar los mercados de capitales del continente, pero, como decía antes, nos topamos con una gran diversidad jurídica, por ejemplo, en el tratamiento de los fondos de pensiones. Como mencionaba antes, algunos países, no solo España, se han dedicado abiertamente a debilitarlos y, en esas condiciones, es difícil integrar nada.

«Europa ha perdido la batalla de la altísima tecnología, entre otras cosas, porque no tenemos, como en Estados Unidos, algo llamado Nasdaq»

P.- Dices que las economías desarrolladas están lastradas por la deuda. ¿Qué implicaciones tiene eso? El economista que predijo la Gran Recesión, Nouriel Roubini, dice que se nos viene encima «la madre de todas las crisis de la deuda».

R.- El gran problema no es la deuda privada, sino la pública, que es la que más ha crecido y la más inquietante, porque su uso escapa a la disciplina del mercado. [Las autoridades disponen de mecanismos para asegurarse compradores prácticamente cautivos de sus emisiones, como los bancos]. De todos modos, es un desafío gestionable. Japón quedó atrapada, y sigue atrapada, en una trampa de deuda, pero ya ha encontrado la salida, aunque es verdad que ha tardado décadas. La estrategia no es sencilla. Hace falta, primero, un crecimiento positivo, que reduzca el volumen de la deuda en relación con el PIB. Luego, hay que alargar los plazos de amortización y practicar una quita implícita manteniendo los tipos de interés por debajo de la inflación, para que esta erosione el valor de lo adeudado. Es lo que lleva 35 años haciendo Japón. Sus tipos están hoy en torno al 1% y el IPC, por encima del 3%. O sea, con inflación y algo de crecimiento, aunque sea bajo, la deuda se puede diluir.

¿Y en ese largo camino no podría estallar una gran crisis, como pronostican no solo Roubini, sino Ray Dalio [fundador de Bridgewater, el mayor hedge fund del mundo] y otros? Nadie lo sabe. En principio, la política económica y monetaria dispone de instrumentos para evitar ese estallido, pero convendría que la deuda no siguiera creciendo. En esto Europa lo tiene peor que Estados Unidos, porque contamos con un banco central, pero con muchos tesoros nacionales, cada uno gastando a su antojo, y eso lo complica todo.

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