De la tiranía de Jeeves al imperio del algoritmo: cómo la cultura de masas asfixia la creatividad
Las nuevas tecnologías alimentan un agotador suministro de más de lo mismo: segundas partes, sagas, precuelas…

La franquicia de 'La guerra de las galaxias' está compuesta por 12 películas: la trilogía original, las tres secuelas, las tres precuelas, un largometraje de animación y dos ‘spin off’. | Jorge Gil (EP)
Mi mujer ha vuelto un poco baja de tono del piso al que nos mudaremos en marzo (D. m.). Se lo ha estado enseñando a nuestra asistenta de toda la vida y esta no ha podido ocultar su decepción.
—Qué pequeño, ¿no? —ha dicho. Y aunque a renglón seguido ha añadido con una sonrisa tan amplia como falsa—: Pero es muy luminoso, señora —el daño ya estaba hecho.
Se habla mucho de la moderna tiranía de los likes y muy poco de la tradicional tiranía del servicio. Cualquiera que esté familiarizado con los relatos de P. G. Wodehouse sabe lo estricto que podía mostrarse el mayordomo Jeeves con los trajes de cuadros, determinados sombreros, el bigote y otros asuntos menores, como qué esposa le convenía a su señorito, el entrañable zángano Bertie Wooster.
Pero a nadie parecen preocuparle hoy los problemas de la gente bien. Como comentó la tía Ágata una vez que se negaron a atenderla en urgencias por unas molestias en el hombro tras una agotadora montería:
—Nos están dejando solos a los ricos. Cualquier desgarramantas con un ojo en la mano merece más atención.
Apoteosis del mal gusto
Alexis de Tocqueville ya indicó tras sus andanzas por América algunos indeseables efectos secundarios de la democracia.
No se trata solo de la cantidad de tiempo que se pierde en tediosas asambleas y elecciones, algo que podría sobrellevarse siempre que los ciudadanos se tomaran la molestia de votar a los representantes adecuados. También se produce una apoteosis de lo útil, lo cómodo, lo fácil y, en resumen, lo de gusto dudoso.
En el Antiguo Régimen, las personas cultas formaban un grupo pequeño y homogéneo, que imponía a los poetas y escritores unas reglas firmes y un elevado nivel de exigencia. Era un arte para minorías y, por tanto, necesariamente desinteresado, porque la demanda era modesta. La circulación de un poemario o un drama podía dar gloria, pero nunca dinero.
Esto se acabó con el advenimiento de la revolución liberal. La alfabetización de grandes capas de la población alumbró una industria literaria cuyos autores ya no se movían por una vocación de grandeza estética, sino por el ánimo de lucro.
La asfixiante lógica comercial
Lo peligroso de este imperio de la chabacanería es que llega aureolado por la legitimidad de la mayoría. Del mismo modo que nadie (o casi nadie) cuestiona que debe gobernar quien más votos recibe, pocos discuten la categoría de los autores que venden muchas novelas, de los cineastas que convocan a muchos espectadores o de los influencers que reciben muchos clics.
¿Y por qué había de ser esto malo?, se preguntarán.
En teoría, los consumidores se guían por su criterio soberano e independiente cuando adquieren esos libros, ven esas películas o siguen esos canales de YouTube. Pero la propia lógica comercial desvirtúa la producción artística. Como denunciaron los filósofos Theodor Adorno y Max Horkheimer, el arte nació para denunciar el orden establecido y sacudir las conciencias. La discrepancia era la marca histórica del creador genial, y ello era así porque, al exponerse al fracaso, este únicamente comprometía su fortuna.
Pero en las empresas culturales del capitalismo tardío se juegan su dinero muchos inversores. Ningún directivo quiere llevar noticias desagradables a los accionistas del estudio, la televisión o la editorial y apuesta, por tanto, por «la obra mediocre», que siempre «ha preferido asemejarse a las otras».
La cultura de masas, concluyen Adorno y Horkheimer, consiste en «la exclusión de lo nuevo», en un agotador suministro de más de lo mismo: segundas y terceras partes, sagas, secuelas, spin-off, precuelas…
Cámaras de eco
La atrofia de la creatividad se ha agravado aún más con las nuevas tecnologías.
La coerción que ejercían antes los magnates del cine y la prensa la administran hoy los dueños de las plataformas y sus sistemas de recomendación, que deciden qué ve cada cual y en qué orden. Los usuarios sienten que eligen sus contenidos, pero las opciones están filtradas por métricas de afinidad y acaban recluidos en cámaras de eco que refuerzan sus preferencias y evitan cualquier exposición a lo diferente.
Nos reímos del ascendiente que ejerce la asistenta sobre mi mujer o Jeeves sobre Bertie, pero hemos sustituido a esos leales servidores por unos algoritmos que vaya usted a saber a qué oscuros intereses obedecen.
