The Objective
El podcast de El Liberal

Elena Pisonero: «Gobernar a golpe de decretos que decaen es una anomalía democrática total»

«Pedro Sánchez tiene capacidades notables que debería poner al servicio del bien común, no a mantenerse en el poder»

Elena Pisonero (Madrid, 1963) es economista. Se formó en la Universidad Autónoma de Madrid, en plena Transición, y tras sus inicios en Siemens, Ernst & Young y el Instituto de Estudios Económicos (el laboratorio de ideas de la patronal CEOE), saltó a la política de la mano del Partido Popular de José María Aznar.

Ha sido secretaria de Estado de Comercio, Turismo y Pymes; embajadora ante la OCDE; socia de KPMG; presidenta de Hispasat, y consejera independiente de Solaria, Prisa y AVIO. Además, Pisonero es la fundadora de Relathia, una plataforma de reflexión sobre tecnología y geopolítica, y de TALDIG, un proyecto para asesorar a empresas y organizaciones en procesos de digitalización.

Leyendo este brillante currículo, uno no puede por menos de pensar en ella como en una integrada, pero últimamente se ha vuelto un poco apocalíptica.

«Me formé como economista el siglo pasado —escribe en su último libro, El espíritu del sherpa— y formé parte de un modelo [el de la globalización liberal], definiendo políticas y estrategias que luego ayudé a ejecutar y que ahora cuestiono profundamente».

En su descargo recordaré a un ilustre colega suyo, John Maynard Keynes, al que reprocharon en cierta ocasión sus constantes rectificaciones.

—Cuando los hechos cambian —repuso—, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?

La anécdota es tan buena que probablemente sea falsa, pero da igual. Ilustra bien la flexibilidad que requieren entornos altamente movedizos como el actual.

«Hay momentos en la historia —sostiene Pisonero— en los que una transformación se impone con claridad. […] Pero hay otros […] en los que no cambia una cosa, sino muchas a la vez. Eso es lo que estamos viviendo ahora. […] No estamos ante una suma de problemas, sino ante una reconfiguración simultánea de múltiples dimensiones».

En el corazón de este torbellino está lo que Pisonero llama «la desmaterialización de la realidad». Gracias a la digitalización, podemos descomponer cada ente, cada persona, cada objeto en un conjunto de datos y reconstruirlo a continuación dentro de un ordenador. Esto permite simular el comportamiento de una vacuna, de una máquina o de una política pública sin el riesgo ni el coste de implementarlas físicamente.

Pero también facilita que, a partir de unos pocos vídeos colgados en Facebook, los ciberdelincuentes elaboren un doble digital nuestro para que llame a nuestra pareja o a nuestro hermano y les pida angustiado un bizum para pagar un taxi o la compra.

Las otras dimensiones que, como círculos concéntricos, configuran la tormenta que atravesamos son el calentamiento global, la disrupción geopolítica y, de rebote, el cuestionamiento de la democracia. Porque en los momentos de zozobra, brotan solícitos los mesías provistos de remedios milagrosos. Suponen una tentación peligrosa y, al parecer irresistible, porque cada vez más ciudadanos se suman a la deriva antiliberal. En el Parlamento Europeo, la extrema derecha, que era casi inexistente en 1979, ha ido consolidando su presencia y ocupa hoy una cuarta parte de los escaños.

En torno a este nuevo desorden mundial gira nuestra conversación, que puede disfrutarse íntegra en la web de THE OBJECTIVE y de la que sigue una versión extractada y editada.

Pregunta.- Dices que todo esto se veía venir, que había signos que no supimos ver.

Respuesta.- Yo siempre cuento que fui la menor de nueve hermanos. En esa situación, no te queda otra que estar muy alerta para saber cuándo puedes meter baza y, al observar atentamente la realidad, detectas antes si algo no encaja. Ese hábito me llevó, ya mayor y licenciada, a profundizar en fenómenos aparentemente marginales, como la digitalización, esa cosa de unos frikis que vivían en Silicon Valley. Me apunté a varios cursos y no tardé en descubrir que aquello tenía un calado muy superior al que se le atribuía.

«Cuando China ingresó en la OMC, asumimos que era cuestión de tiempo que convergiera hacia una sociedad abierta y participativa. Nos equivocamos»

Escribí sobre ello y sus consecuencias para ese modelo de desarrollo al que has hecho referencia en tu presentación y que, en términos de progreso material, había sido un éxito espectacular. Les dije a mis colegas que teníamos que replanteárnoslo todo, que la digitalización estaba sustituyendo los mercados analógicos por unas plataformas que desmaterializaban la realidad, operaban sobre ella y la recombinaban. «Ojo —les decía—, estamos calibrando mal cómo esos fenómenos tecnológicos afectan a la globalización».

Eran, sin embargo, momentos de euforia. Todos estaban encantados con la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Se le había dispensado un trato especial [concediéndole plazos más largos para abrir sus mercados y dejándole mantener su capitalismo de Estado] porque en lo único que pensábamos era en que nos íbamos a hinchar vendiendo todo tipo de bienes y servicios. Yo advertía: «Cuidado, porque cuando abres una puerta, sirve igual para entrar que para salir».

«Mientras nos felicitábamos pensando en todo lo que le íbamos a vender a China, esta ha aprovechado la digitalización y la globalización para convertirse en la segunda potencia»

Pero mientras nosotros nos frotábamos las manos, China se dedicaba a explotar a fondo esa combinación de digitalización y globalización acelerada. Ahora, de pronto, muchos se preguntan: «¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo es posible que China sea la segunda potencia económica? ¿O que Estados Unidos, que era el garante del orden internacional, diga que hasta aquí hemos llegado?».

Todas esas dinámicas estaban ahí y no las quisimos ver.

P.- Esas eran las dos señales principales: digitalización y globalización acelerada.

R.- El propio volumen de China magnifica todo aquello en lo que participa, como el comercio, pero mucho más relevante me parece la digitalización. Hoy empezamos a ver claramente sus repercusiones: la hiperconectividad, el acceso instantáneo a la información, la mecanización, las cámaras de eco… Se ha creado un ecosistema que nos aísla de la realidad física y permite que actores con visión estratégica, como China o Rusia, aprovechen para sus intereses.

En el libro intento estructurar estos fenómenos y me pregunto cómo podemos aprender de ellos. Y la respuesta es sencilla: mirando con ojos distintos.

«La digitalización ha creado un ecosistema que nos aísla de la realidad física y permite que actores con visión estratégica, como China o Rusia, nos manipulen»

P.- ¿Quién está mirando, en tu opinión, con ojos distintos?

R.- Pocos. Me interesa especialmente [el sociólogo, filósofo y antropólogo francés] Edgar Morin, a quien llegué gracias a José María Lassalle [escritor y ex secretario de Estado de la Sociedad de la Información y Agenda Digital con Mariano Rajoy]. Morin defiende un enfoque sistémico, interdisciplinar, que rompa las categorías convencionales: ciencias, letras, historia, economía… Frente al pensamiento que separa y fragmenta, propone contextualizar y globalizar, ligar saberes dispersos.

En épocas de estabilidad [como las dos décadas a caballo de los siglos XX y XXI], eso se había considerado casi un defecto. Si no eras un especialista, no tenías nada que aportar, porque al afrontar el todo se procedía descomponiéndolo en piezas, entregando a cada experto la suya y ensamblándolas luego. Pero ¿qué ocurre cuando el todo está ya descompuesto? Se necesita una visión sistémica que lo recomponga y le encuentre una nueva lógica, porque ya no hay un orden universal definido.

«Tras lo que denomina su ‘siglo de humillación’, China reclama el protagonismo que tuvo en el pasado, cuando no éramos tan globales»

P.- ¿Antes sí lo había?

R.- Lo había definido quien tenía capacidad para imponerlo al resto.

P.- Que era…

R.- Occidente. Hoy, tras lo que denomina su «siglo de humillación», China reclama el protagonismo que tuvo en el pasado, cuando no éramos tan globales. Hemos alcanzado, y quizá dejado atrás, el momento de máxima coordinación universal, que yo situaría en torno a 2015, con los Objetivos del Milenio, la Agenda 2030 y el Acuerdo de París. Ese fue el culmen de una humanidad integrada. Parecíamos compartir la estrategia sobre lo que había hacer. Llegamos a tener un modelo casi universal de globalización [el capitalismo liberal], pero ahora emerge China con su propia alternativa [de capitalismo de Estado], y lo hace desde dentro del propio sistema.

«Llegamos a tener un modelo casi universal de globalización [el capitalismo liberal], pero ahora emerge China con su propia alternativa [de capitalismo de Estado]»

P.- En el libro hablas de tres crisis sucesivas que actúan como detonantes: la pandemia, la crisis energética de 2021 y la invasión rusa de Ucrania. He echado en falta en esa lista la Gran Recesión.

R.- El colapso financiero de 2008 fue, efectivamente, muy importante. Aceleró una desafección al capitalismo liberal que ya se estaba produciendo, porque el modelo no estaba dando buenos resultados. Por desgracia, en uno de esos típicos movimientos pendulares, muchos líderes reaccionaron yéndose al extremo contrario y planteando más Estado y más intervención.

P.- Las soluciones de esos líderes [nacionalizaciones, proteccionismo, reparto del empleo] ya habían fracasado en el pasado y, sin embargo, muchos las han abrazado.

R.- Porque sonaban familiares y, en los instantes de incertidumbre, lo conocido reconforta. Hay que entender la sensación de desamparo que se apoderó de la gente. La covid es paradigmática. La hemos olvidado ya, pero fue tremenda. Creíamos que habíamos alcanzado un progreso espectacular, que éramos invulnerables y, de repente, un bichito nos encerraba a todos en casa. Y a continuación Rusia invadía Ucrania y se interrumpía el suministro de gas.

Todo esto constituyó un golpe terrible para nuestra autoestima. Nos habíamos ensoberbecido, había mucha hubris [la arrogancia de los antiguos griegos]. Y la cura de humildad ha sido especialmente dura para los europeos.

«Tras la crisis de 2008, muchos líderes reaccionaron, en uno de esos típicos movimientos pendulares, planteando más Estado y más intervención»

P.- Y Donald Trump, ¿qué papel desempeña en este lío? ¿Es un síntoma, la causa, un agravamiento?

R.- Cuando se produce un cambio de sistema, hay dos caminos: o te transformas apoyándote en lo mejor que tienes, aprendiendo del pasado y acometiendo reformas audaces, o lo tiras todo por la borda y te convences de que el caos es preferible. Eso es lo que hoy está en juego y, en medio de ese debate, emergen hombres (y mujeres) fuertes [como Trump o Giorgia Meloni], que aparentan saber lo que hay que hacer. En muchos casos carecen de un programa claro, pero al menos no son como esos expertos y esas élites tecnocráticas de la costa este o de Bruselas, que tratan con condescendencia a quienes se sienten desorientados y temerosos, sino que dicen comprenderte y hacerse cargo de tu malestar.

Y debo decir que quienes se sienten desorientados y temerosos tienen buenos motivos para ello. Están viendo que el coste de la vida sube, que la vivienda está inalcanzable y que las máquinas se quedan con los empleos de sus hijos. ¡Cómo no van a rechazar algunos la tecnología! «Esto da un poco miedo», me han dicho después de leer los distintos escenarios que planteo en El espíritu del sherpa.

«Lo hemos olvidado ya, pero la covid fue tremenda. Creíamos que éramos invulnerables y, de repente, un bichito nos encerraba a todos en casa»

P.- ¿Cómo son esos escenarios?

En mi libro recurro un poco a la ciencia ficción y uso las señales y las tendencias ya evidentes para imaginar los futuros posibles. Elijo la fecha de 2050 porque está lo suficientemente alejada como para que dé tiempo a que se materialice algo relevante, pero lo bastante cercana como para que algunos lleguemos (o lleguen) a verla.

[El resultado son cuatro mundos distintos: (1) el globalizado, pero sin libertad (¿a imagen de una China distópica?), donde la eficiencia es la ley y, para garantizar la sostenibilidad, cada ciudadano es sometido a una vigilancia exhaustiva; (2) el atomizado, donde todo se produce localmente, en un radio muy pequeño, y al perderse eficacia, te ves constreñido a una sobriedad espartana; (3) el tecnocrático, muy productivo, pero donde una elite mundial dicta sus imperativos a la ciudadanía, y (4) el democrático, donde las distintas regiones cooperan para mantener la globalización y las decisiones se adoptan mediante procesos participativos].

«Cuando se produce un cambio de sistema, hay dos caminos: o te transformas apoyándote en lo mejor que tienes o lo tiras todo por la borda»

Habrá quien lo encuentre todo poco verosímil, pero si retrocedes hasta 2000 te das cuenta de los cambios espectaculares que hemos experimentado. Hoy resulta inconcebible funcionar sin móvil, pero hace 25 años no existía. Ergo, podemos imaginar para 2050 cosas que hoy tildamos de disparatadas y, sin embargo, son posibles.

Elena Pisonero, en un momento de la grabación de El pódcast de El Liberal. | Carmen Suárez

En última instancia, todo depende de nosotros, de cómo nos posicionemos. [«Soy de las que piensan —escribe Pisonero— que el futuro no está escrito y que podemos, y debemos, prepararnos activamente para lo que pueda venir»]. La misión no es fácil. En un entorno tan polarizado da la impresión de que solo vale ir a degüello. Yo defiendo lo contrario: un debate sereno que alumbre soluciones basadas en las convicciones y los valores europeos [democracia, diversidad, solidaridad, sostenibilidad].

«Los líderes populistas carecen de un programa claro, pero al menos no te tratan con condescendencia y se hacen cargo de tu malestar»

P.- Joe Biden revocó muchas de las medidas que adoptó Trump en su primer mandato. ¿Crees que su sucesor desmantelará las del segundo?

R.- En Estados Unidos hay una tendencia transversal, común a demócratas y republicanos, hacia el aislacionismo. Barack Obama apostó por el multilateralismo y Biden también lo intentó. Pero el sustrato social es hoy muy nacionalista. Una parte significativa de la población vive de espaldas al exterior, muchos estadounidenses ni siquiera se sacan pasaporte. [Solo el 50% lo tiene, según el Departamento de Estado, frente al 86% de los alemanes o el 70% de los canadienses].

Entre congresistas y senadores tampoco abundan los que tienen experiencia internacional. Eso explica que Estados Unidos sea, en la práctica, una economía relativamente cerrada. Existe, sí, una elite cosmopolita, principalmente en las costas, más proclive al universalismo y, en general, más demócrata. Pero buena parte de la ciudadanía siente que el país más poderoso del planeta no está aprovechándose todo lo que debiera de la globalización. De ahí el éxito del «America First», un lema que ha calado y que no va a desaparecer con el cambio de Administración.

«Hay buenos motivos para que muchos se asusten. Están viendo cómo el coste de la vida sube, la vivienda está inalcanzable y las máquinas se quedan con los empleos de sus hijos»

P.- Trump parece últimamente desatado. Cuando le preguntan por qué ha secuestrado a Nicolás Maduro, ni se molesta en disimular. Responde que por el petróleo.

R.- Está completamente desinhibido, se cree inmune e invencible. Después de pasar por los tribunales, ha vuelto a ganar las elecciones y utiliza la presidencia como escudo. Su lógica es generar caos, romper códigos, bloquear a los rivales con decisiones que nadie espera de un presidente de Estados Unidos, y sacar ventaja personal de ello. Su límite moral es básicamente él mismo, lo que no es mucho decir.

P.- Una de sus obsesiones es China. ¿Crees que Pekín está en disposición de dar el sorpaso a Estados Unidos?

R.- Todo es posible, pero no estoy segura de que el objetivo último de Xi Jinping sea el dominio del planeta, convertirse en el número uno. Lo que sí ha logrado es reincorporarse a la escena internacional como referencia sólida. Se la respeta y se la teme como si fuera hegemónica, y su régimen se ha convertido en una alternativa muy sólida a las democracias liberales, en parte por mérito propio, pero también porque los coqueteos de Estados Unidos con la autocracia están desacreditando el modelo occidental.

«En un entorno tan polarizado da la impresión de que solo vale ir a degüello. Yo defiendo lo contrario: un debate sereno que alumbre soluciones basadas en los valores europeos»

P.- Muchos expertos creen que China se estancará si no deja más libertad de decisión a individuos y empresas.

R.- Yo también lo pienso. Aunque el planteamiento chino sitúa a la comunidad por encima del individuo, la democracia liberal sigue pareciéndome superior. Permite la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones, lo que no solo garantiza que estas sean más sabias que las que pueda discurrir un líder solitario, sino que capacita a las personas para construir un proyecto vital sólido. Este, en una autocracia, está supeditado al estado de ánimo del dictador de turno.

Durante mucho tiempo, esta argumentación nos resultó tan obvia que, cuando China ingresó en la OMC, asumimos que era cuestión de tiempo que convergiera hacia una sociedad abierta y participativa. Por desgracia, la expectativa de que la prosperidad desemboca mecánicamente en la democracia no se ha cumplido, al menos por ahora.

«En Estados Unidos hay una tendencia transversal hacia el aislacionismo. El lema ‘America First’ ha calado y no va a desaparecer con el cambio de Administración»

P.- Norberto Bobbio dice que en la expresión «democracia liberal» el sustantivo «democracia» responde a la pregunta de «quién gobierna» y el adjetivo «liberal» a la pregunta de «cómo se gobierna», y que monta tanto el uno como el otro.

R.- Exacto, y esa es una de las quiebras actuales. Desde Estados Unidos se critica el cómo, se satiriza la burocracia y el exceso de regulación de la Unión, como si se tratara de un defecto absoluto, cuando no lo es. En una democracia, el proceso es tan relevante como el resultado. Pero del mismo modo que Trump ignora el proceso, los europeos lo hemos convertido en un fin en sí mismo, olvidándonos del resultado. Debemos encontrar un equilibrio que preserve el procedimiento sin llegar a la parálisis, porque de lo contrario otros acabarán decidiendo por nosotros.

P.- Me recuerda aquellas asambleas universitarias de la Transición, en las que no se llegaba nunca a ningún lado y no era raro escuchar: «¿Votamos si votamos?»

R.- Yo fui delegada de curso y éramos, efectivamente, poco eficaces en la toma de decisiones, pero, aun así, creo que esa deliberación colectiva, con todos sus defectos, es más sólida que un esquema en el que un señor Trump decide en función de cómo se levanta por la mañana.

«Muchos estadounidenses sienten que son el país más poderoso del planeta y no está sacando todo el provecho que debieran a la globalización»

P.- Aseguras que el modelo europeo es el mejor, pero Europa no tiene ni un Google ni un Facebook. Y tú misma explicas que el Estado de bienestar europeo ha sido posible gracias a una triple carambola: los dividendos de la paz, los productos baratos de China y el gas ruso.

R.- Cuando digo que el modelo europeo es el mejor, matizo inmediatamente que es el mejor «en potencia». Necesitamos reformarlo, porque todo eso que mencionas se ha acabado. Estados Unidos dice que ya tiene bastante con lo suyo y que nos encarguemos de nuestra propia seguridad, así que tendremos que dedicar a la defensa recursos que antes nos gastábamos en otras cosas. Eso es inevitable.

El segundo gran elemento es China. Muchos artículos nos salían más baratos porque se producían allí, y esa dependencia de sus fábricas fue posible mientras el comercio estuvo sujeto a reglas conocidas y estables. Pero Trump ha desmantelado ese orden usando los aranceles como instrumentos de poder y, ahora, no tener industria propia se revela como debilidad. La respuesta no es, de todos modos, la autarquía, porque igual que Europa depende de las compras a China, China depende de las ventas a Europa. Eso debería servir de base para reconfigurar los canales de suministro. Los planteamientos populistas de repliegue son inviables si queremos mantener los niveles de bienestar.

Finalmente está la energía, y ahí la invasión de Ucrania debería reforzar la apuesta por unas fuentes renovables que nos hagan menos vulnerables a los caprichos de Vladimir Putin.

«No estoy segura de que el objetivo último de China sea el dominio del planeta. Quería reincorporarse a la escena internacional como referencia sólida, y lo ha logrado»

P.- Tenemos que seguir comerciando con China.

R.- Con China y con otros. Si vamos a una fragmentación radical, como proponen Trump y otros nacionalismos extremos, no podremos abordar desafíos que requieren la cooperación de todos, como el cambio climático o el agotamiento de los recursos, científicamente documentados, y acabaremos viviendo peor.

La lógica cortoplacista de líderes como Trump, centrados en su propio interés inmediato, es incompatible con la responsabilidad de cuidar la Tierra. No existe un planeta b al que podamos emigrar, un mínimo de coordinación es imprescindible y Europa aún puede ejercer de faro en este terreno, buscando compatibilidades con potencias como China, que también tiene una visión de largo plazo. Se trata de ser audaces, pero desde nuestro propio ADN, que por cierto también comparte Estados Unidos. Sus orígenes son profundamente europeos, aunque a veces no lo perciba así.

«Desde Estados Unidos se satiriza la burocracia de la UE, como si fuera un defecto total, pero en una democracia el proceso es tan relevante como el resultado»

P.- El tratado de libre comercio que la UE acaba de firmar con India es un paso en la buena dirección.

R.- Construir un mercado de 2.000 millones de personas, como el que puede articularse con India, no está nada mal. India es un país complejo, prácticamente un continente, pero se reivindica como la democracia más grande, con todas sus imperfecciones. Esa combinación de potencia demográfica, aspiración democrática y necesidad de desarrollo la convierte en un socio clave.

«Cuando digo que el modelo europeo es el mejor, matizo inmediatamente que es el mejor ‘en potencia’. Necesitamos reformarlo»

P.- ¿Cómo ves España? Crecemos más que nadie.

R.- Sí, pero más allá de sacar pegas al dato del PIB, yo haría hincapié en lo que los economistas llamamos el «coste de oportunidad», es decir, en lo que podríamos hacer y no estamos haciendo. La historia de España está llena de momentos en los que se nos han abierto ventanas y, en lugar de aprovecharlas, nos hemos lanzado al vacío o nos hemos pegado un tiro en el pie. Ahora vuelve a suceder. Se nos presenta la ocasión, por primera vez en muchos siglos, de ejercer el liderazgo en Europa e impulsar la transformación del modelo. No es solo que crezcamos más. También contamos con elementos muy fuertes a nuestro favor, con un dinamismo y un nivel de innovación reconocidos internacionalmente. El propio presidente Sánchez tiene capacidades notables, pero me gustaría verlas orientadas al bien común, y no a sus intereses particulares.

P.- ¿Qué está dejando de hacer?

R.- Está centrado en mantenerse en el poder. Yo le animaría a salir de esa lógica y pensar en el legado que va a dejar.

P.- No tiene presupuestos ni mayoría parlamentaria. ¿Debería seguir gobernando?

R.- El presupuesto, que ahora parece una rutina, es la plasmación del programa de gobierno. En una democracia necesitas presentarlo para que haya un debate sobre lo que vas a hacer. Gobernar a golpe de decretos que al final no se convalidan y decaen es una absoluta anomalía.

«Europa depende de las compras a China, pero China también depende de las ventas a Europa. Hay que seguir comerciando con ella»

P.- Cuando mi cohorte demográfica se incorporó al mercado laboral en los años 80, el paro juvenil rondaba el 40% y, sin embargo, salimos adelante. ¿Están peor los jóvenes de hoy?

R.- Uno de los cambios silenciosos, pero determinantes, que estamos viviendo es el demográfico. Dábamos por sentada la pirámide clásica, en la que muchos jóvenes mantenían a unos pocos mayores. Eso se acabó. La pirámide se ha convertido en un barril, algunos hablan incluso del «obelisco demográfico». Y a los pocos jóvenes que forman la base les hemos echado encima una carga descomunal: el pago del Estado del bienestar. Esto es un hecho.

Elena Pisonero, en un momento de la grabación de El pódcast de El Liberal. | Carmen Suárez

Es cierto que las condiciones materiales del entorno son superiores a las de los años 80. Las infraestructuras, los servicios públicos, la oferta de ocio, todo es mejor y más abundante. Pero las posibilidades de sacar adelante un proyecto vital se han deteriorado dramáticamente. La sensación de estar atrapados es muy fuerte, y se ve agravada por lo poco que pesan en la agenda política. Como son menos y se abstienen más, no son una prioridad para los Gobiernos y, si no inviertes en los jóvenes, estás hipotecando el futuro…

Tienen toda la razón cuando se quejan.

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