El chinismo del PSOE y el optimismo económico por decreto
Desde el «gato blanco, gato negro» de Felipe al Huawei de Sánchez, se percibe cierta sintonía con un régimen neocomunista

Pedro Sánchez y Xi Jinping. | EP
¿En qué momento se nos torció la socialdemocracia? Algunos dirán que nació así, otros que los retorcidos son los que la atacan. Y así, hasta el infinito, más o menos. Yo no me atrevo a un diagnóstico demasiado concreto, pero al pensar en esto me acuerdo, vaya usted a saber por qué, de aquel Felipe González de 1985, recién llegado de un viaje a China. A la República Popular, en concreto.
El siglo XX se acababa, pero nuestra democracia estaba en pañales, gracias, entre otras cosas, a la genial idea del Caudillo de volver al siglo XV a recoger no sé qué que se había dejado olvidado por ahí, por mucho que dijera el Concilio Vaticano II. Necesitábamos liberales y socialdemócratas con sentido común para ir tirando hacia algún lugar habitable. Felipe había ganado las elecciones en 1982 y andaba aprendiendo a gobernar. Me imagino que sus primeros viajes más allá de Suresnes le marcarían profundamente. ¿Una versión política de Paco Martínez Soria?
Volvió flipado de China. No paraba de repetir un proverbio: «Gato blanco, gato negro, poco importa si caza ratones». Al parecer, se lo había soplado nada menos que Deng Xiaoping, el líder supremo de la China de entonces, represaliado por Mao en su momento y recuperado por la intelligentsia comunista para capear las caídas de muros que se atisbaban en lontananza. La idea consistía en quedarse con la parte del marxismo que les interesaba —la del control del poder absoluto por unos pocos— y desechar la que, evidentemente, no funcionaba: la de la economía.
Ya en 1978, dos años después de la muerte de Mao, el amigo Deng resumió su programa neocomunista en esta frase: «Enriquecerse es glorioso». Muy confuciano todo. Por la confusión, sobre todo. ¿Gloria al capital? La base ontológica subyacente estaba en el mantra que rezaba con devoción nuestro Felipe años después: «Gato blanco, gato negro, poco importa si caza ratones». En la clandestinidad de un tardofranquismo que, por lo que fuera, no se esforzó demasiado en descubrirlo, el alias de Felipe había sido «Isidoro», y a nadie se le escapaba la evolución hacia rasgos cada vez más felinos de su rostro a lo largo de las legislaturas.
No hay que ser un genio de la geopolítica para ver que Xi Jinping lleva unos años dándole una vuelta más al totalitarismo chino, afinando la maquinaria represora con tecnología puntera. A Pedro Sánchez, sucesor de Felipe como presidente del gobierno español y secretario general del PSOE, le da un poco igual… siempre que cace ratones. El año pasado, la inversión de empresas chinas en nuestro país alcanzó cifras escandalosas. A la Unión Europea, sin embargo, le molesta que Pedro no tenga filtro. Hay gatos y gatos.
Corre el rumor por el patio global que Huawei, por ejemplo, vende el gato del espionaje por la liebre de la telefonía barata. Pedro dirá que es solo un bulo más de la fachosfera, pero no ha sido ForoCoches, sino la mismísima Comisión Europea la que acaba de publicar el borrador de una revisión de su Ley de Ciberseguridad de la Unión para establecer la retirada obligatoria de lo que llama «proveedores de alto riesgo de la tecnología 5G». Por ejemplo, Huawei.
Vaya. Viene mal, porque un buen ramillete de personajes de la socialdemocracia felina ronronea de placer al meterse por esa gatera. Así, resulta que Zapatero coló a Huawei en el sistema de escuchas que utiliza nuestra policía sin el certificado del CNI. Y, redoble de tambores, Óscar Puente mantiene al gato chino en el sistema de comunicaciones de ADIF… al que llegó vía Koldo. Por aquí explicamos los detalles, que incluyen una adjudicación en plena Nochebuena.
Son solo algunos ejemplos de la querencia del actual PSOE por el muy democrático régimen de la República Popular China. A mí me parece más significativo, sin embargo, otro posible paralelismo. A finales del año pasado, Nadia Calviño publicó sus memorias. Dos mil días en el Gobierno (Plaza y Janés). Desde la atalaya bruselense de su cargo como presidenta del Banco Europeo de Inversiones, recuerda con ternura sus andanzas en las bravías tierras españolas, entre ellas la hábil travesura felina de «ayudarles a nivel técnico» a los chavales del INE, pobres, «para mejorar sus metodologías» de estimación del PIB. Ese que, después, ha servido para que Sánchez vocee por activa y por pasiva que nuestra economía va como un cohete, aunque a la ciudadanía le cueste cada vez más llegar a final de mes.
En noviembre, un medio tan poco sospechoso de fachosfera como The Economist publicó un artículo titulado El Partido Comunista de China solo quiere energía positiva, por favor. Comienza narrando un terrible crimen perseguido por la policía de Weifang, ciudad del este de China no muy conocida: solo tiene nueve millones de habitantes. Al parecer, «un vecino, el Señor Ren, había usado su cuenta de redes sociales para publicar videos críticos con las políticas agrícolas, supuestamente difundiendo distorsiones para atraer seguidores». La policía afirmó, con orgullo propio de Bruce Willis en La jungla de cristal, «haberlo convencido para que eliminara sus videos ofensivos». ¡Caso cerrado! ¡Yippee-ki-yay, motherfucker agorero!
Encuadra The Economist el correctivo al pernicioso Señor Ren en «una campaña nacional que busca acabar con el pesimismo y promover la positividad». Y añade que «esto no es nada nuevo. Un tema recurrente en el liderazgo de Xi Jinping, desde su ascenso a la cima del Partido Comunista en 2012, ha sido la promoción de la ‘energía positiva’, especialmente en el discurso online. Quienes publican críticas al gobierno en redes sociales siempre han corrido el riesgo de ver sus cuentas cerradas o suspendidas».
El artículo concluye dudando de la eficacia a medio y largo plazo de la política. Pero ahí sigue Xi Jinping. Deng Xiaoping, el de los gatos, estuvo 11 años en el poder, hasta 1989. Jiang Zemin, enfangado en aquel Tiananmén de tan escasa positividad, solo tres. Hu Jintao, una década redonda. Xi Jinping lleva desde 2012. El récord en China lo tiene Mao, claro, de 1949 a 1976.
Los 30 años son un buen ratón escurridizo, pero asequible. Y un descuido nos permitió enterarnos hace poco de una conversación de Xi y su amigo Putin sobre los avances de la biotecnología para, a base de continuos trasplantes, «lograr la inmortalidad».
Felipe estuvo en la Moncloa de 1982 a 1996. No está mal. Pero hay margen de mejora…
