Los millones de dólares que explican el pique entre Bad Bunny y Trump
El balance del impacto social y económico de la última Super Bowl arroja luz sobre el movimiento del músico

Bad Bunny durante el concierto del descanso de la Super Bowl. | Reuters
El orgullo latino de Bad Bunny ha copado esta semana el imaginario colectivo. Que lo tenemos últimamente muy estresado al pobre, por cierto. Su coronación en la Super Bowl se convirtió en cuestión de Estado: a Donald Trump no le gustó un pelo. ¿Tanta historia por un concierto en el descanso de un partido de fútbol? Días después, el balance de sus efectos explica hasta qué punto se trata de algo más que un partido de fútbol. Mucho más.
Su valor simbólico viene respaldado, en estos tiempos de turbocapitalismo hiperacelerado (y demás prefijos que se le ocurran) por cifras contantes y sonantes. Según el European Business Magazine, la Super Bowl LX (los americanos ponen el número de edición en números romanos, por si había alguna duda de su filiación imperial) generó un «impacto económico total de 1.200 millones de dólares». Mucho dinero para un solo partido.
Las cifras se disparan si se incluyen las muy relativas cifras de aumento del consumo durante el partido: la empresa pública del agua de Nueva York anunció que, en los 15 minutos posteriores al número de Bad Bunny, se registró un aumento en el consumo equivalente al uso de 761,719 inodoros en toda la ciudad. EBM se centra en lo más concreto. Mejor, para no volvernos ya completamente locos.
De hecho, lo más significativo quizá venga con el desglose, aún más concreto, de esos 1.200 millones de dólares. Al imaginario colectivo hoy no se le impacta con catedrales barrocas o novelas sobre amantes suicidas. Los actuales amos del universo, que diría el Tom Wolfe de La hoguera de las vanidades, tiran de una herramienta bastante más directa: el marketing. Dice el EBM, por ejemplo, que «Nike se disparó un 4,1% gracias a la explosión de productos de los Seahawks», el equipo ganador, a cuyos futbolistas viste.
Y el anuncio Century Vision de Google generó 47 millones de impresiones en redes sociales. O sea, proyectaron su imagen, bien concentrada, sobre un colectivo bastante importante. Aunque, obviamente, no les salió barato. La cadena con los derechos de emisión en EEUU, la CBS, cobró siete millones de dólares por anuncio de 30 segundos. Récord, por supuesto. Como cada año, aunque esta vez ha supuesto un aumento del 12% respecto a la edición anterior.
Los de EBM, unos cachondos, lo ilustran así: «La publicidad de la Super Bowl es más cara por segundo que comprar inmuebles de lujo en Manhattan». Y nos quejamos del precio de la vivienda en Valladolid. A cambio, te ve mucha más gente que tus potenciales vecinos en el Upper East Side, aunque no sean Woody Allen (que probablemente también habrá visto la Super Bowl, aunque él es más de baloncesto, bueno, y dicen que de otras cosas, pero esa es otra historia). La Super Bowl LX tuvo 127 millones de espectadores en plataformas tradicionales y de streaming, el tercer programa más visto en la historia de la televisión estadounidense.
Dice EBM que «esta carrera armamentística publicitaria refleja tendencias más amplias en la economía del contenido premium, donde la escasez impulsa aumentos exponenciales de precios. La Super Bowl representa el último momento verdaderamente mediático en un panorama del entretenimiento cada vez más fragmentado». O sea, que cada vez resulta más complicado reunir en un solo disparo de imaginario a colectivos realmente significativos, porque hoy las imaginaciones se dispersan en un ecosistema cinegético de millones de influencers, posts, blogs, podcasts y de todo.
Si quieres hacer piña a lo bestia, tienes que anunciarte en la Super Bowl. Lo necesita gente como Google, ejemplo de lo último de lo último: ya sabe, la tecnología, internet y otros enemigos del neoludita Pedro Sánchez. Pero también productos básicos para la práctica deportiva de toda la vida: las acciones de Anheuser-Busch —el grupo que comercializa cervezas como la Budweiser— ganaron un 2,3% gracias a esta publicidad prémium.
Y aún queda lo mejor: la intersección de esa tecnología rompedora y los vicios de toda la vida. Gracias a la magia de internet, «las apuestas deportivas legales alcanzaron niveles sin precedentes durante la Super Bowl LX, con 23.100 millones de dólares apostados en todo el mundo en plataformas con licencia». Interesante el matiz «legales» del análisis. Imagínese… Solo las apuestas legales representaron «más que el PIB de varias naciones pequeñas cambiando de manos según el resultado de un solo partido de fútbol», siguen haciéndonos daño los de la EBM. Por cierto, que las acciones de DraftKings, empresa especializada en el asunto, subieron un 8,2%.
Y así todo.
Volvamos ahora a lo de Bad Bunny. Unos días antes del partido, Forbes publicó un interesante reportaje titulado con la pregunta del millón (o de muchos millones) de dólares:
«¿Por qué Bad Bunny no cobrará por el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl?». Comenzaba recordando las protestas del artista contra el ICE, el polémico Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU, en la ceremonia de los premios Grammy. ¿El fútbol como altavoz de los oprimidos? Puede, pero la revista aprovechó para recordar que «la NFL quiere expandirse internacionalmente, por lo que busca un mercado más amplio más allá de EEUU». El colectivo latino se reproduce que no veas, con lo que no viene mal ir impactando su imaginario, ya sabe.
Sobre la filantropía de actuar gratis en el descanso, Forbes recordó que «ha sido la norma durante muchos años», y que los artistas lo hacen «a cambio de lo que se considera quizás la oportunidad de marketing más valiosa del mundo del entretenimiento».
La actuación de Bad Bunny tuvo un promedio de 128 millones de espectadores. La monetización (esa palabra de moda en los mundos de internet) del impacto no es fácil de medir. El análisis del antes y el después necesita perspectiva. Lo de Bad Bunny aún está recién salido del horno, pero la actuación de Kendrick Lamar en la Super Bowl del año pasado ya se puede tocar con los golosos dedos de la estadística. Su canción Not Like Us, por ejemplo, experimentó un aumento del 430% en reproducciones tras cantarla en el descanso del partido. Dice Forbes que Lamar «aprovechó este impulso para lanzar una gira por estadios con SZA, coestrella de la Super Bowl, que recaudó casi 360 millones de dólares en ventas de entradas en 2025, según Pollstar. Esto bastó para convertir a Lamar en el cuarto músico con mayores ingresos del mundo el año pasado, con 109 millones de dólares antes de impuestos y tasas».
Lamar, por cierto, también buscó el remate perfecto a la campaña de marketing de su Super Bowl insultando a Trump todo lo que pudo. Todavía no se había abierto la ventana de oportunidad (con perdón) del ICE, pero con Donald siempre hay un motivo. Lo llamó tonto. Rapeando, eso sí. Tengo cierto nivel de inglés, pero sigo sin sentir (bro) la rima en: «Donald Trump is a fool, you know how we feel, punk / Tell them God Is coming / And does Russia need a replay button, is everyone up to something?» Bueno, entre «coming» y «something» un poco igual sí…
Sigue Forbes: «el impulso de la Super Bowl es tan valioso que los artistas recientes del descanso, incluidos The Weeknd en 2021 y Dr. Dre en 2022, se han ofrecido a gastar millones de dólares de su propio dinero para hacer que la producción sea especialmente memorable, complementando un presupuesto cubierto por la NFL y Apple Music que a menudo supera los 10 millones de dólares». O sea, no es que no cobren, es que pagan.
Bad Bunny ha actuado en la Super Bowl para ganar dinero. Ningún problema. ¿Es eso incompatible con un movimiento de fondo favorable a la cultura latina en EEUU, el mayor mercado (económico, pero también sociocultural) del mundo? No. ¿Hasta qué punto utiliza una cosa para la otra y/o viceversa? Vaya usted a saber. De momento no tenemos acceso a la consciencia ni, menos, a la conciencia de Bad Bunny. Pero no nos engañemos: lo que a Trump le fastidia no es solo que le insulten a su ICE o que el show fuera más bien hortera, que lo fue, pero Donald no es precisamente el colmo de la elegancia, vamos a ver.
A lo mejor a Donald le molestan reportajes como el titulado (en inglés, por cierto, en el original) El efecto Super Bowl y los negocios de Bad Bunny que expanden su fortuna más allá de la música. Lo publica un medio llamado LatiNation Media que se define como una red de medios y plataforma de contenido diseñada por y para la nueva generación de latinos en EEUU (generazión Z y mileniales). Su logo incluye la expresión «Independent Media Powered by Latinos».
Considera «una de las decisiones más audaces de Bad Bunny» la creación de Rimas Sports en EEUU, una agencia que representa a más de 45 deportistas latinos de élite. «De hecho, figuras como Ronald Acuña Jr. confían en la visión de Benito [el verdadero nombre de Bad Bunny, obsérvese la confianza] para gestionar su imagen y contratos comerciales en las Grandes Ligas de Béisbol». Y concluye: «Esta diversificación permite que su patrimonio neto oscile entre 55 y 65 millones de dólares en 2026, una cifra que sigue creciendo mientras duerme. Asimismo, la apertura de su bar Café con Ron el año pasado confirma su intención de dominar cualquier espacio donde la cultura latina tenga presencia».
Pero el reportaje todavía añade una especie de epílogo bajo el epígrafe «El futuro de la riqueza con sello boricua». Dice: «Lo que presenciamos es la evolución de una superestrella que comprende a la perfección las reglas del capitalismo moderno sin perder su esencia. El éxito de Bad Bunny en el Super Bowl LX es solo la punta del iceberg de un imperio creativo que factura millones a través de derechos de autor y alianzas estratégicas con marcas globales. Por lo tanto, ser fan de Benito hoy también significa presenciar cómo un joven puertorriqueño comparte mesa con los dueños de grandes equipos de Estados Unidos. Su legado ya no se mide solo en los Grammy, sino en la apertura de oportunidades económicas para toda la comunidad latina».
A lo mejor son cosas mías, pero esto huele a lucha por el famoso imaginario colectivo… y sus millones de dólares.
