The Objective
La otra cara del dinero

Johan Norberg: «Todas las eras de oro acaban y la nuestra no tiene por qué ser una excepción»

«Para lo que de verdad importa (salud, educación, tecnología), la desigualdad es hoy menor que en ninguna otra época»

Johan Norberg: «Todas las eras de oro acaban y la nuestra no tiene por qué ser una excepción»

«La complacencia acaba con las eras doradas, y ahí veo similitudes inquietantes con la actualidad». En la foto, Johan Norberg durante su intervención en la Fundación Rafael del Pino | Fundación Rafael del Pino

Charlando con Johan Norberg (Estocolmo, 1973) en la Fundación Rafael del Pino, me he acordado de Francisco Luzón. Poco después de que se jubilara del Banco Santander con un generoso paquete de 65 millones de euros, Luzón fue diagnosticado de ELA (esclerosis lateral amiotrófica), una enfermedad neurodegenerativa que carece de cura. Su primer reflejo, como rico que era, fue irse a Estados Unidos, punta de lanza de la sanidad mundial.

«Fui en diciembre [de 2016] al Presbyterian Hospital de la Universidad de Columbia y en enero a la Clínica Mayo —contaría más tarde en una entrevista—. El diagnóstico final fue el mismo que en España». ¿Y merecieron la pena esos viajes? «La respuesta es claramente sí […] porque allí contrasté que la medicina ya es global y que es muy difícil que en un lugar del mundo exista algo en lo clínico que no tenga nuestra medicina española».

«Para casi todo lo que importa —me dice hoy Norberg—, las desigualdades son menores que nunca. Vivimos más años con buena salud, nuestros hijos reciben una educación decente, tenemos acceso a agua segura, a transporte, a tecnología… Elon Musk —añade alzando el móvil— probablemente usa modelos de inteligencia artificial muy parecidos a los que uso yo. La diferencia de riqueza, en la práctica, se limita a que él viaja en avión privado y yo en aerolíneas comerciales».

Norberg es historiador, ensayista y, sobre todo, un apologeta incansable del capitalismo. No siempre lo fue. En su dormitorio de adolescente, añoraba los días en que la naturaleza no había sido aún degradada por el hombre. ¿Qué existencia habría llevado de haber nacido un siglo antes? Empezó a leer a historiadores como Fernand Braudel para saciar su curiosidad y descubrió que habría llevado una existencia pobre, desagradable, brutal y corta. Los suecos del XIX sufrían hambrunas en las que se veían obligados a comer corteza de árbol y epidemias en las que caían como moscas. La mortalidad infantil era masiva: entre el 30% y el 40% de los nacidos no superaban los cinco años. Hoy esa tasa se ha reducido al 0,3%.

Como escribe en Momentos cumbre de la humanidad, el libro que ha venido a presentar a Madrid, «cuando la gente dice que admira el Imperio romano, siempre asume que habría sido el emperador o un senador (unos cientos de personas), nunca un miembro de las masas esclavizadas que trabajaban en las minas, las plantaciones o los hogares de otras personas (unos cuantos millones)».

Y añade más adelante:

«Las primeras, aproximadamente, 10.000 generaciones [de la humanidad] sufrieron penalidades y hambre. Luego, a partir de las últimas 10, todo cambió hasta el punto de que muchos han empezado a considerar la paz, las libertades democráticas y un estómago lleno como el estado natural de las cosas».

Craso error. Todas las edades de oro concluyeron y, para determinar cómo, cuándo y por qué, Norberg ha diseccionado siete de esos momentos cumbre: Atenas, Roma, el califato abasí, la China de los Song, la Italia renacentista, la República neerlandesa y la angloesfera.

Pregunta- He echado en falta en esa relación al Imperio español.

Respuesta- [Sonriendo ampliamente]. España no está ausente. Aparece como estrella invitada en varios episodios. En el del Renacimiento hablo de cómo las ciudades italianas se nutren de las ideas pioneras de la escuela de Salamanca en materia de derechos y libertades. Y en el de la República neerlandesa explico que quizás no le sirviera de consuelo a Felipe II, pero dice mucho de los escolásticos españoles el hecho de que las Provincias Unidas invocaran para independizarse la doctrina de Juan de Mariana que justifica el tiranicidio.

Conque España está ahí, y es ineludible citarla cuando hablamos de ideas, de artes y de descubrimientos. Pero lo que nunca consiguió fue que esa fecundidad intelectual se tradujera en crecimiento económico y bienestar. Por eso no es un ejemplo canónico de edad de oro.

«La escuela de Salamanca fue pionera en muchos planteamientos políticos y económicos, pero España no los supo traducir en bienestar»

P.- ¿Cuáles diría que son los denominadores comunes de los momentos cumbre? No parece que importen la geografía ni las materias primas.

R.- Efectivamente, la prueba es que van moviéndose por el planeta: del Mediterráneo al Atlántico, de Oriente a Occidente… El factor determinante no es dónde están, ni siquiera qué ideas tienen, sino lo que hacen con esas ideas. ¿Las convierten en una ortodoxia rígida y represiva, que bloquea toda innovación? ¿O las exponen a la competencia de otros descubrimientos? Las edades de oro surgen en el cruce de caminos entre civilizaciones. Son sociedades de mercaderes, que observan lo nuevo de unos y otros y lo importan luego a casa. Eso sí, hace falta también que en casa se den ciertas condiciones: límites al poder arbitrario del gobierno, libertad económica y de expresión… Sin ello, las ideas no desarrollan su potencial.

«Lo determinante de una edad de oro no es la geografía ni los recursos, ni siquiera las ideas, sino lo que hace con esas ideas: ¿las sacraliza o deja que compitan entre ellas?»

P.- Insiste mucho en la apertura. ¿Cómo explica el éxito de un Estado tan autoritario y proteccionista como China? ¿Acabará destronando a Estados Unidos?

R.- En la China actual pugnan dos almas, encarnadas por las dinastías Song [960 d. C. a 1279] y Ming [1368 d. C. a 1644]. La primera se caracterizó por la pujanza mercantil, la disposición a experimentar y una red urbana densa que facilitaba la transmisión cultural. Los emperadores Ming, en cambio, desconfiaban del exterior, prohibieron el comercio y antepusieron la estabilidad política al dinamismo económico.

Tras la muerte de Mao y durante tres largas décadas, el Partido Comunista encarnó lo mejor de la tradición Song, la apertura al comercio y la experimentación. Pero el actual presidente Xi Jinping es más Ming y su pulsión centralizadora y autoritaria, que premia la lealtad antes que la eficiencia, supone un lastre. Si el alma Song prevalece, China tendrá un gran futuro. De lo contrario, será difícil que se convierta en la fuerza hegemónica del planeta.

«En China pugnan dos almas: la dinastía Song, abierta al comercio y las ideas, y la Ming, que antepuso la estabilidad política al dinamismo económico e intelectual»

P.- Tras ver lo que Donald Trump está haciendo con la democracia, mucha gente ve en China una alternativa. Es al menos igual de próspera y mucho más igualitaria.

R.- En realidad, los modelos que Xi y Trump defienden no son tan distintos. Ambos hablan de captar a los empresarios para hacer negocios juntos y de canalizar los recursos hacia los sectores que consideran correctos. Es un capitalismo de amiguetes, en el que lo público y lo privado se confunden a menudo. ¿Y qué cabe esperar de algo así? Nada bueno. Lo estamos viendo en China. Cuanto más centraliza su producción, más le cuesta crecer. Lleva varias burbujas inmobiliarias y, cada vez que una revienta, intenta compensarlo inyectando subsidios a la industria, que inunda los mercados con sus exportaciones. No estoy seguro de que eso sea un éxito. Los beneficios empresariales se han desplomado. Posiblemente, dentro de cinco o diez años, no veamos a China como una alternativa tan atractiva.

P.- Si China pierde dinamismo, ¿no cabe la posibilidad de que, como otras dictaduras en apuros, busque un enemigo exterior e invada Taiwan?

R.- Es algo que me quita el sueño. Lo único peor que una potencia emergente es una potencia decadente que cree que no va a tener otra oportunidad de entrar en la historia. Vladímir Putin es un buen ejemplo. Se da cuenta de que Rusia tiene cada día menos peso económico y demográfico y ha decidido invadir Ucrania antes de que sea tarde.

China podría llegar a una conclusión similar con Taiwán. Sería un desastre, pero la historia enseña que el interés propio no basta para disuadir a los dictadores de embarcarse en aventuras autodestructivas.

«Xi Jinping es más Ming: premia la lealtad antes que la eficiencia. Si sigue así, será difícil que China se convierta en potencia hegemónica y desbanque a Estados Unidos»

P.- «Lo más deprimente de estudiar las edades de oro es que no duran», escribe. ¿Cómo terminan?

R.- El historiador D. C. Somervell decía que «una sociedad no muere siempre de causas naturales, sino de suicidio o asesinato, y más a menudo de lo primero que de lo segundo». El asesinato serían las invasiones, las pandemias, los desastres naturales. En ocasiones se dan, pero las ciudades se pueden reconstruir; la población, rehacerse, y el conocimiento, recuperarse.

De donde es mucho más difícil volver es del suicidio. Es lo que sucede con las siete civilizaciones que he estudiado, cuya decadencia llegó por dos vías. La primera es la comodidad. Dejaron de innovar, dieron por sentado el bienestar y, en ausencia de nuevos motores de crecimiento, la economía se estancó, así que empezaron a vivir por encima de sus posibilidades y a endeudarse. Ahí veo algunas similitudes preocupantes con la actualidad.

La otra vía es el pánico. Parece lo contrario de la comodidad, pero te hace dar la espalda igualmente a las instituciones que te llevaron a la cumbre. Cuando el mundo se percibe como peligroso, es tentador concluir que no hay tiempo para soluciones complicadas ni de largo plazo y que hace falta un golpe de timón. Y como estas recetas no suelen funcionar, el pesimismo se retroalimenta y, al final, la profecía del desastre se autocumple.

«Los modelos que Xi y Trump defienden no son tan distintos. Es un capitalismo de amiguetes, en el que lo público y lo privado se confunden. No cabe esperar nada bueno…»

P.- En Occidente hay ahora mismo mucho miedo: a la inteligencia artificial (IA), al cambio climático, a la inmigración.

R.- Sí, la gente está asustada.

P.- ¿A usted no le da miedo la IA?

R.- A mí me entusiasma. De repente, tenemos en nuestro móvil un amigo robot brillantemente inteligente. Es extraordinario. Nos ayuda a aprender y a ser más eficientes en casi cualquier ámbito. Yo recurro a él constantemente en casa, cuando algún electrodoméstico se niega a funcionar.

El problema es que este auxiliar sirve con idéntica diligencia a cualquier indeseable, que lo usa para estafarnos, desinformar y hasta idear armas más destructivas. Ese es mi principal temor, pero el remedio no es detener el progreso, sino conseguir que los robots amigos sean más y mejores que los enemigos.

«Una sociedad no muere siempre de causas naturales, sino de suicidio o asesinato, y más a menudo de lo primero que de lo segundo»

P.- ¿Y no le preocupa que en algún momento concluyan que los humanos somos demasiado problemáticos y decidan prescindir de nosotros, como en Terminator?

P.- Los expertos a los que he consultado me dicen que la IA autosuficiente y autoconsciente está todavía muy lejos. Dicho lo cual, el riesgo no puede descartarse, aunque, si se fija, el gran problema en la película [de Arnold Schwarzenegger] es que hay un único Skynet controlándolo todo. Lo que hay que hacer es aplicar la disciplina del mercado: miles o millones de sistemas diferentes vigilándose y equilibrándose mutuamente.

P.- ¿Y una utopía en la que robots trabajen y nosotros nos dediquemos a debatir como los filósofos de la antigua Grecia?

R.- Sería estupendo, aunque no estoy seguro de que todo el mundo quiera vivir como los filósofos de la antigua Grecia. La que sí es una posibilidad real es que las máquinas se encarguen de las tareas rutinarias y penosas y nosotros dispongamos de más tiempo para hacer vida social, para el ocio y el ejercicio.

De todos modos, los humanos necesitamos desafíos, dificultades y resolución de problemas para mantenernos alerta y realizar nuestro potencial. O sea, trabajo en sentido amplio. Vivir todo el rato entretenido puede resultar muy aburrido.

«La decadencia llega por dos vías. La primera es la complacencia, dar por sentada la bonanza. Ahí veo algunas similitudes preocupantes con la actualidad»

P.- La otra gran amenaza que se cierne sobre nosotros es el medio ambiente. El Global Footprint Network [Red de Huellas Globales, un grupo de expertos independientes] calcula que consumimos cada año recursos equivalentes a 1,8 veces la Tierra.

P.- [Sonriéndose]. Dicho así, suena fatal, pero cuando se analizan los distintos componentes de esa huella global, se ve que en la mayoría [tierras de cultivo, pastos, caladeros de pesca, productos forestales, suelo urbanizado] no vamos tan mal. El problema son las emisiones de CO2 [dióxido de carbono]. Una vez que las sacas de la ecuación, el ratio de explotación del planeta se acerca mucho más a la unidad. Es decir, si controlamos los gases de invernadero, se restaurará el equilibrio, y creo que no estamos lejos. Hay casi 50 países que han conseguido reducirlos, pero es importante subrayar que eso exige recursos e innovación, es decir, crecimiento. Contra lo que afirman los profetas del decrecimiento, cuando el PIB no aumenta, la transición verde tampoco avanza.

«La segunda forma de suicidio es el pánico. Cuando el mundo se percibe como peligroso, es tentador buscar un hombre fuerte»

P.- Los decrecentistas están especialmente implantados en España y Alemania.

R.- Me parece un movimiento muy peligroso. El estancamiento no solo dificulta las inversiones necesarias para combatir el calentamiento global, sino que reduce la conciencia ecológica. Nos volvemos menos materialistas cuando nos va bien, no al revés. Cuanto menos tenemos, menos nos importa el medio ambiente y más concentrados estamos en salir adelante.

Finalmente, cuando el PIB no aumenta, nadie puede mejorar si no es a costa de otro. La economía se vuelve un juego de suma cero y eso crea una política tóxica, en la que entramos en guerra por los trozos de un pastel estático.

P.- Usted no cree en el choque de civilizaciones, sino en el choque dentro de cada civilización.

R.- La historia se plantea a menudo en términos de la civilización contra la barbarie, pero los papeles cambian todo el tiempo. No hay razas superiores ni naciones providenciales. Una región que ocupa la periferia durante una generación, dos después puede ser el epicentro de una edad de oro. La verdadera batalla es la que se libra en el seno de cada cultura y su éxito o fracaso depende de qué mentalidad deje prevalecer. Si opta por la represión y la ortodoxia, acabará en la periferia y la barbarie. Hace 1.000 años la comunidad más avanzada del planeta era el califato abasí, que abarcaba desde el sur de Europa y el norte de África hasta Asia Central y Afganistán. Algunos de los países que ocupan ese territorio lideraban entonces la ciencia y la tecnología y hoy se encuentran entre los más pobres y oprimidos. Es algo tremendamente deprimente, porque significa que ninguna edad de oro dura eternamente. Pero también resulta esperanzador, porque cualquier pueblo puede resurgir si apuesta por las instituciones adecuadas.

«La inteligencia artificial nos ha puesto en el móvil un amigo robot. El problema es que también se lo ha puesto a un montón de indeseables»

P.- «Todas las épocas doradas han terminado —se lee en su libro—, salvo una: la que vivimos ahora». ¿Por qué deberíamos ser nosotros la excepción? Abundan los signos de declive: intolerancia, polarización, tensiones geopolíticas…

R.- No está garantizado que seamos la excepción, todavía no lo sabemos. Pero creo que hay una razón por la que tenemos más posibilidades de perdurar: nuestra edad de oro es la más descentralizada de la historia. Cuando en el siglo XIII los mongoles destruyen Bagdad, se acaba la supremacía abasí, porque todo el conocimiento y toda la tecnología estaban concentrados en esa ciudad. Lo mismo ocurrió con la caída de Roma: en Occidente tardamos varios siglos en redescubrir el hormigón.

Hoy no es así. Nuestra civilización es global, no en valores, pero sí en comunicación y acceso a la tecnología. Si alguien desarrolla un gran modelo de lenguaje, todos lo estamos usando pocas horas después. No hemos puesto todos los huevos en la misma cestas y, si Silicon Valley es engullido por un gran terremoto, Boston o Berlín tomarán el relevo y la innovación continuará. [Hace una pausa y añade con gesto contrito]. Lo que también significa que no tenemos excusa si fracasamos.

«Abogar por el decrecimiento para combatir el cambio climático es un error. El estancamiento reduce la conciencia ecológica»

P.- La cosmovisión angloamericana transformó las relaciones internacionales, sostiene usted.

R.- Creó una situación única. Por primera vez, el hegemón no quería invadir a todos para quedarse con sus recursos, al menos no de forma sistemática. Eso dio lugar a un orden mundial que, con todos sus defectos, resultaba atractivo para otros países, que querían sumarse a él. Era asimismo bueno para Estados Unidos, porque podía contar con la ayuda de sus socios cuando se encontraba en apuros. Eso no había pasado nunca. Antes, cuando un imperio se tambaleaba, el resto del mundo acudía presto a darle la puntilla.

P.- Ese orden ha saltado por los aires con Trump.

R.- Trump ve la riqueza ajena y la superioridad militar propia y piensa: «Deberíamos aprovecharnos», arremetiendo lo mismo contra los regímenes hostiles, como Irán o Venezuela, que contra los aliados, como Dinamarca y Canadá. Ha dejado de ser un socio fiable y los europeos debemos reducir nuestra dependencia de Estados Unidos, estrechando los vínculos con las democracias de Asia y América Latina, cerrando acuerdos comerciales e incluso creando nuevas instituciones multilaterales. Quizás, cuando haya un nuevo inquilino en la Casa Blanca, su sucesor tema quedarse fuera y vuelva al redil…

Pero no estoy seguro. No es solo Trump. Algo más profundo ha cambiado en Estados Unidos.

«Cuando el PIB no aumenta, nadie puede mejorar si no es a costa de otro. La economía se vuelve un juego de suma cero y eso crea una política tóxica»

P.- Trump no es la causa, sino un síntoma…

R.- Joe Biden fue el último gran presidente verdaderamente transatlántico, alguien que recordaba que la OTAN había nacido para impedir que en Europa, en Asia o en Oriente Próximo nacieran monstruos que podían acabar perjudicando a sus intereses.

Me parece que Estados Unidos está volviendo, al menos en parte, a lo que fue durante buena parte de su historia: una potencia fundamentalmente regional. Evidentemente, no solo regional, de lo contrario no estaría bombardeando Irán, pero sí menos interesada, por ejemplo, en ser el garante de la defensa de Europa. Yo llevo años escuchando la misma queja en boca de estadounidenses de a pie: «¿Por qué no podéis defenderos solos de Rusia? ¿Por qué acudís siempre a nosotros?». Y francamente, no sé qué replicar. Es un poco embarazoso y deberíamos hacer algo.

P.- ¿Por qué cree que Trump se ha lanzado contra Irán?

R.- La mejor descripción que he oído de él es que es un misterio, no un secreto. Nos gusta pensar que tiene un plan y que lo ha calculado todo, pero no hay ningún secreto ni ningún gran diseño estratégico. Sencillamente, tiene una idea exagerada de sí mismo, confía en sus instintos y quiere, ante todo, dominar.

Normalmente, la historia la mueven fuerzas subterráneas y anónimas, pero en esta ocasión me temo que nos hallamos ante una psicología misteriosa e impredecible.

«La Unión Europea me parece una gran idea. Reúne muchas características de los momentos cumbre de la humanidad. El problema es la obsesión regulatoria»

P.- ¿Cree que el régimen de los ayatolás caerá?

R.- Ojalá hubiera una transición democrática en Irán, pero varios factores se conjuran para impedirlo. Primero, sus dirigentes han matado tanto y son tan odiados, que harán cualquier cosa antes que dejar el poder. Segundo, a Trump le gustan las rendiciones rápidas y eso parece descartado, así que podría decir: «El líder espiritual ha muerto, Israel está a salvo y hemos aplastado a la Guardia Revolucionaria: misión cumplida». Y volverse a casa.

[Nota bene: Norberg hizo esta reflexión el lunes 2 de marzo, una semana antes de que Trump declarase a la CBS que la guerra estaba «prácticamente terminada»].

P.- No es usted muy amable con Europa. Cita al periodista Alan Beattie cuando dice que Bruselas es como el tiranosaurio de Parque Jurásico: en cuanto ve que una parte de la economía se mueve, se le echa encima.

R.- La Unión Europea me parece una gran idea. Reúne muchas características de los momentos cumbre de la humanidad: apertura al comercio, disposición a aprender de otros, tolerancia, denso entramado urbano, etcétera.

El problema es que no hemos sido capaces de completar la integración: persisten demasiadas barreras y regulaciones nacionales. Y está luego la burocracia de Bruselas, que quiere estandarizarlo todo y constriñe en exceso la innovación.

Por fortuna, todo eso se puede cambiar y, de hecho, las últimas grandes crisis [covid, rotura de las cadenas de suministro, invasión de Ucrania, auge de China] han impulsado una agenda reformista. No tiro la toalla…

«Los estadounidenses no son más productivos. Simplemente, en Europa no pensamos que haya que trabajar todo el tiempo, nos gustan los fines de semana y las vacaciones»

P.- Si medimos el PIB nominal, la brecha entre Estados Unidos y la UE ha aumentado un 50% desde 2008. Usted vive en Estados Unidos. ¿Es allí la existencia un 50% mejor?

P.- Tienen acceso a algunos bienes, servicios y tecnologías que en la UE quizás estén solo al alcance de los más ricos, pero no porque sean más eficientes que nosotros. Simplemente, en Europa no creemos que haya que trabajar todo el tiempo y nos gusta tomarnos los fines de semana y vacaciones en verano. La gran diferencia no es económica, sino cultural.

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