The Objective
El Gris Importa

¿Por qué no se van de casa los jóvenes? Es la economía, estúpido

‘El Gris Importa’ analiza cómo afecta la precariedad del mercado inmobiliario a las nuevas generaciones

Bueno, Javier:

Aunque la guerra de Irán sigue copando las portadas de los medios, tiempo habrá, por desgracia, para que nos ocupemos de ella, porque aunque hoy mismo diera Donald Trump por finalizadas las operaciones militares, las consecuencias macroeconómicas van a seguir con nosotros una temporada larga. 

Así que vamos a ignorar durante unos minutos que siguen cayendo las bombas en Oriente Próximo y vamos a poner el foco en un asunto nacional de extraordinario relieve, me parece a mí, como la tasa de emancipación de los jóvenes españoles.

El tema me lo ha sugerido un magnífico artículo que ha publicado en el blog de Funcas el sociólogo Juan Carlos Rodríguez. 

Comienza Juan Carlos Rodríguez observando que nunca había sido mayor el porcentaje de jóvenes que tienen empleo en España. Las tasas de ocupación de los españoles de entre 25 y 34 años «han crecido apreciablemente en los últimos años, tanto la de los varones como la de las mujeres, pero su tasa de emancipación ha caído hasta mínimos, probablemente, seculares», y déjame, Javier, que haga énfasis en el adjetivo «seculares», porque la tasa de emancipación actual es la segunda más baja de los últimos 130 años, solo por detrás de la alcanzada en 2021, cuando la movilidad estuvo restringida o directamente prohibida como consecuencia de la pandemia. 

A la hora de buscar explicaciones a esta baja tasa de emancipación, lo normal es volver la mirada a los dos sospechosos habituales: la precariedad laboral y la carestía de la vivienda.

Respecto de la primera, Juan Carlos Rodríguez observa que el ingreso medio de los jóvenes era en 2024 un 31% superior al mínimo estimado para 2014. Es verdad que, así y todo, seguía un 7% por debajo del estimado para 2007, pero si la razón por la que los jóvenes continúan viviendo con sus padres fuese la mala situación de la economía, lo normal sería que, a medida que esta mejorara, aumentasen también los abandonos del hogar paterno. Sin embargo, no es lo que ocurre. Todo lo contrario. A pesar de la recuperación económica operada desde 2012, la emancipación no ha dejado de caer.

El segundo sospechoso habitual es, naturalmente, el prohibitivo precio de los pisos, pero, si nuevamente vamos a los datos, comprobamos que el esfuerzo de los hogares para la compra de vivienda no está ni mucho menos en máximos. La proporción de los ingresos destinada al pago de la hipoteca ronda en la actualidad el 34%, superior al 30% recomendado por los expertos, pero muy lejos de, por ejemplo, el máximo del 72% de 1990, que es cuando dos denostados boomers como tú y como yo estábamos entrando en la treintena.

Es verdad que aquel pico no duró mucho, pero el esfuerzo a principios de siglo no era superior al actual y, sin embargo, los jóvenes se emancipaban más.

Que nadie interprete lo antedicho como un reproche. No menosprecio las dificultades que afrontan hoy día los jóvenes ni para encontrar trabajo ni para buscar piso. Pero sí digo que los factores económicos no lo explican todo. Hay en juego aspectos culturales y por eso Juan Carlos Rodríguez habla en su artículo de Funcas de «nuestro patrón tradicional de emancipación tardía».

¿En qué consiste ese patrón tradicional de emancipación tardía?

Hace ya algunos años tuve ocasión de entrevistar a David Reher, un catedrático de Sociología de la Universidad Complutense. Reher es estadounidense y se fue del hogar familiar en cuanto aprobó el instituto. En Estados Unidos (tú lo sabes mejor que yo, Javier) es lo habitual. En teoría, sales para estudiar la carrera. En la práctica, ya no regresas. Pocos hijos siguen con sus padres después de los 18 años.

Y no es que exista hostilidad hacia los hijos, me decía Reher. Simplemente se entiende que ya tienes tu vida y que tus problemas debes resolvértelos tú. 

Reher experimentó en carne propia esta filosofía implacable. Con 23 años, agobiado por las dificultades económicas, porque acababa de tener un hijo con una mujer que no hablaba inglés, recurrió a sus padres para que le ayudaran a acabar la universidad. El padre se lavó directamente las manos. La madre, no. La madre estuvo más comprensiva. Poseía varios apartamentos y le ofreció a Reher un empleo como gerente siempre y cuando cobrara menos que la persona que tenía contratada en aquel momento.

Eso en España sería incomprensible. Aquí, a un hijo en la situación de Reher, una madre le abre un hueco como sea y le dice: «No te preocupes, donde entran dos, entran cinco, y tráeme ese nieto mío que me lo voy a comer a besos», etcétera.

¿Por qué somos así?

Reher ha consagrado décadas a desentrañar este fenómeno. 

El resultado de su investigación está recogido en «Lazos familiares en Europa occidental: contrastes persistentes», un artículo de 1998 profusamente citado, cuya tesis central se le ocurrió una tarde que estaba en un parque de Madrid. Asistió a una escena que probablemente todos hemos presenciado alguna vez. Un niño se cae del columpio porque está haciendo alguna payasada y la madre acude desalada a socorrerlo, pero también a regañarlo: «¡Cómo se te ocurre, me vas a matar a disgustos!». 

En California, dice Reher, la madre se habría limitado a levantar al niño, sacudirle el polvo y a explicarle que no volviera a hacer el idiota, porque es peligroso. 

En España, por el contrario, el incidente se convierte en un drama porque no estamos educando al niño en la responsabilidad individual, sino en la lealtad hacia el grupo. El valor que se le transmite es que su integridad física no es importante únicamente para él, sino para toda la familia, porque será él quien en el futuro cuide de sus mayores, del mismo modo que ahora son los mayores los que cuidan de él.

Esta preeminencia del grupo sobre el individuo se remonta a tiempos inmemoriales. Según Reher, en la Inglaterra rural de la Edad Moderna ya era habitual que los hijos se desplazaran a trabajar como sirvientes a las granjas vecinas, no porque sus familias necesitaran el dinero, sino porque era parte de su educación y les ayudaba a romper el cascarón. Reher calcula que probablemente entre el 50% y el 80% de los jóvenes lo hacía antes de casarse. En el sur del continente, ese porcentaje oscilaba entre el 15% y el 30%, y tenía un carácter económico y forzado, no pedagógico y voluntario.

Ese es el patrón secular al que se refiere Juan Carlos Rodríguez en su artículo de Funcas. 

En Estados Unidos y el norte de Europa, los hijos abandonan el hogar cuando consideran que han alcanzado el grado de madurez necesario. No esperan a tener un empleo fijo. Sobreviven con contratos temporales o estacionales. Tampoco necesitan una vivienda en propiedad. Comparten piso con amigos o colegas que se hallan en su misma fase vital.

En el sur de Europa, en general, y España, en particular, la marcha definitiva del hogar coincide con la firma de un contrato fijo y la boda. Los años que van del final de la adolescencia a la madurez se pasan en casa de los padres.

Cambiar este patrón cultural no es sencillo, especialmente cuando los propios afectados se niegan a reconocerlo.

Reher me contaba que, tras sus difíciles comienzos en California, se instaló en Madrid y sacó una plaza en la Facultad de Sociología de la Complutense para enseñar la asignatura de Población Española. Todos los años organizaba un debate sobre la emancipación. Algunos alumnos opinaban como él que cada uno debe emprender su propio camino contra viento y marea, pero la mayoría consideraba que es una aspiración inviable mientras no haya empleo de calidad y vivienda asequible. «En el fragor de la discusión, cuando se les achucha —me contaba Reher—, admiten que la vida es más llevadera en casa de los padres». Pero se envuelven en el discurso grandilocuente de la falta de oportunidades «y al final siempre ganan».

Antes de cederte la palabra, Javier, déjame insistir nuevamente en que nada de lo que acabo de decir debe entenderse como una censura. 

Cuando a Reher le pregunté cuál de los dos modelos era el mejor, si el de la Europa septentrional o el de la meridional, me respondió que los sistemas familiares no son ni buenos ni malos.

Las sociedades que llama familísticas como la española, están más cohesionadas y viven más pendientes de sus miembros. No hay tantos sintecho como en Estados Unidos, y los problemas de soledad, suicido o alcoholismo son menores que en los países escandinavos. También se ejerce un control más estrecho, lo que se refleja en una menor tasa de embarazo adolescente o en el ‘efecto abuela’, que permite que muchos matrimonios puedan compaginar la crianza de los hijos con el trabajo.

A Reher no le cabe la menor duda de que la calidad de vida de un español de 24 años es superior a la de un inglés o un danés, que a esa edad las están pasando canutas para salir adelante.

Pero el respaldo incondicional de la familia tiene un efecto perverso, porque eleva el salario de reserva de los jóvenes, lo que en román paladino significa que, como los padres costean a los hijos la casa, la alimentación, el transporte y a menudo el ocio, para que una oferta laboral les resulte atractiva, debe cubrir esos gastos y mejorarlos, algo que solo está al alcance de trabajos altamente productivos que requieren una formación de la que normalmente carece un trabajador principiante. En Holanda o Estados Unidos los jóvenes se emancipan pronto y no tienen más remedio que trabajar en lo que les ofrecen: camarero, dependiente, recadero… El resultado es que allí el desempleo juvenil es muy inferior.

Las preguntas que te traslado a partir de este punto, Javier, es si una cosa compensa por la otra. ¿No merece la pena tener más paro, pero también más alegría y una vida familiar satisfactoria? ¿O, por el contrario, debemos renunciar al actual modelo de familia para incorporarnos a la modernidad económica?

¿Qué opinas tú, Javier?

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