The Objective
La otra cara del dinero

Branko Milanovic: «Es difícil que algo tan colosal como el auge de China ocurra sin un conflicto»

«La UE combina una alta protección social y más ocio, y me parece bien, pero lo que hace falta ahora es trabajar duro»

Branko Milanovic: «Es difícil que algo tan colosal como el auge de China ocurra sin un conflicto»

Branko Milanovic posa a la entrada del auditorio de la Fundación Rafael del Pino, minutos antes de impartir una conferencia magistral sobre 'La Gran Transformación Mundial'. | Lucía Rodríguez

Una vez, en una librería de Washington, Branko Milanovic (Belgrado, 1953) se encontró con Jeffrey Sachs. Corría la primavera o el verano de 1989, Milanovic no recuerda bien. Dos años atrás se había doctorado con una tesis sobre la desigualdad en Yugoslavia y acababa de incorporarse al departamento de investigación del Banco Mundial. Faltaba mucho para que se convirtiera en la referencia en estudios sobre distribución de la riqueza que ha llegado a ser. Sachs, por el contrario, era el equivalente académico de una estrella del rock. Suyo había sido el diseño de las terapias de choque que habían atajado las hiperinflaciones latinoamericanas y en ese momento se hallaba involucrado en la transición al capitalismo de Polonia.

Milanovic lo conocía del Banco Mundial y se le acercó para comentarle que justamente había salido un libro suyo, Liberalización y emprendimiento. Sachs, muy amablemente y a pesar de que cargaba ya con una docena de volúmenes, buscó un ejemplar y le pidió que se lo dedicara. «A Jeff —escribió Milanovic—, que está intentando salvar al socialismo (a pesar de sí mismo)».

—Pero si yo estoy intentando enterrar el socialismo —protestó Sachs después de leerlo.

Milanovic intentó esbozar una justificación, pero Sachs se impacientaba, la pila de libros amenazaba con venirse abajo y tuvo que dejarlo marchar.

Casi medio siglo después, ha aprovechado el prefacio de La Gran Transformación Mundial para completar el razonamiento que las prisas de Sachs le impidieron terminar. Su tesis era que el Pacto de Varsovia sufría la versión comunista de la Gran Depresión y, del mismo modo que el capitalismo había sobrevivido gracias a la administración de una dosis de Estado, a la Unión Soviética y sus aliados les correspondía ahora ingerir una ración de mercado. Esa convergencia hacia un régimen mixto que «prometía rebajar la disputa ideológica y facilitar la paz» era el rumbo que, en su opinión, enfilaba el planeta.

«Lo cierto —admite hoy— es que la realidad siguió derroteros distintos».

Lejos de darse una confluencia, la caída del muro de Berlín que tuvo lugar meses después, en noviembre de 1989, marcó el triunfo de la revolución conservadora. «Las políticas de [Ronald] Reagan prosiguieron con George H. W. Bush y se consolidaron con Bill Clinton, mientras [Margaret] Thatcher se convertía en la premier británica más longeva de la era moderna».

Los cinco continentes adoptaron «un capitalismo inequívocamente neoliberal» que ha logrado la mayor reducción de la pobreza de la historia, pero que es actualmente víctima del que quizás haya sido su mayor éxito: el enriquecimiento de China y su consecuente emergencia como gran potencia.

«El factor decisivo —me explica en la Fundación Rafael del Pino, donde unas horas después impartirá una conferencia magistral— fue la normalización de relaciones entre Pekín y Washington. Hay quien afirma que los chinos podían haber abrazado el modelo de crecimiento orientado a la exportación mucho antes, en los años 60, y que no lo hicieron por ceguera ideológica, pero me parece totalmente ahistórico. ¿Adónde iban a exportar? ¿Y con qué tecnología? La Casa Blanca les había impuesto un embargo casi total. Hasta 1956 contaron con el apoyo soviético», pero Nikita Kruschov inauguró la llamada coexistencia pacífica tras la muerte de Stalin y Mao lo acusó de revisionista y de traicionar las esencias de marxismo-leninismo y rompió con él. «Se habían quedado solos».

PREGUNTA.- Estados Unidos rescató a China de aquel aislamiento.

RESPUESTA.- Absolutamente, y no porque a Washington le apeteciera sacar a China de la miseria. Como queda muy claro en las memorias de Henry Kissinger [ex secretario de Estado de Richard Nixon], la normalización se concibió como una forma de atraer el país a su órbita y engordar el bloque antisoviético. Había una intencionalidad política muy clara.

P.- La China actual es, en cierto modo, una criatura de la Guerra Fría.

R.- Exactamente. La diplomacia del pimpón fue una maniobra para establecer alianzas tácticas.

«Asistimos al fin de la globalización. El mundo ha comprendido que estrechar vínculos con Occidente es peligroso, porque lo aprovecha para presionarte en caso de conflicto »

P.- El auge de China está íntimamente ligado al malestar con la globalización.

R.- Su reverso es la pérdida de empleos, ingresos y autoestima de muchos ciudadanos occidentales, que han visto cómo China los desplazaba con sus exportaciones baratas o se quedaba directamente con sus fábricas. El soporte ideológico del neoliberalismo se quebró definitivamente tras la crisis de 2008, cuando se hizo evidente no solo que las ganancias de la globalización no se habían repartido equitativamente, sino que algunos de sus principales beneficiarios [como los banqueros de inversión estadounidenses] habían manipulado a los Gobiernos para socializar sus pérdidas. Surgieron en casi todos los países desarrollados coaliciones de descontentos [Occupy Wall Street, 15-M, Diciembre griego] impulsadas por el estancamiento salarial y el resentimiento hacia unas élites que despreciaban y culpaban de su propio fracaso a quienes la globalización había dejado atrás. En su mayoría eran clases medias que veían cómo millones de asiáticos se encaramaban a los deciles altos de la distribución de la renta, desplazándolos.

«La militarización de la economía se ha vuelto habitual. Unos 60 países sufren algún tipo de sanción por parte de Estados Unidos»

P.- ¿Cree que a la gente le preocupa en qué decil se encuentra?

R.- No, claro, prácticamente nadie sabe qué lugar ocupa en la escala de ingresos, pero la realidad estadística se acaba imponiendo por otros medios, como tu capacidad decreciente para acceder a determinados bienes y servicios. Piense en un resort en Tailandia. Es un destino vacacional al que solían ir mucho los alemanes, ya fueran ingenieros, trabajadores cualificados e incluso no cualificados. Ahora se ha vuelto más difícil para parte de ese público, porque su nivel de vida ha disminuido respecto de ciudadanos chinos que están dispuestos a pagar más. Lo mismo ocurre con los grandes eventos deportivos, el iPhone o unas zapatillas de moda, y no digamos ya con la vivienda: en ciudades como Venecia, los extranjeros ricos están comprando los apartamentos con vistas al mar que antes estaban al alcance de la población local.

P.- Aquí en Madrid ocurre algo parecido con la gentrificación de ciertos barrios, cuyos vecinos tradicionales se han visto desplazados.

R.- Exacto. Uno no se entera de su empobrecimiento relativo consultando las estadísticas del Banco Mundial. «Caramba, antes estaba en el percentil 82 y he caído al 75». Simplemente descubre que ciertos bienes se han vuelto inasequibles, y eso le genera malestar.

«Y no es solo Estados Unidos. En Europa ha ocurrido algo parecido con la incautación de los activos a ciudadanos rusos»

P. Hay una paradoja en todo esto: vivimos mejor que en cualquier otro momento de la historia.

R.- La renta per cápita global es más alta que nunca y la desigualdad global ha descendido, pero hay que analizar el fenómeno en varios niveles. Desde un punto de vista geoeconómico, la actividad se ha desplazado hacia Asia. Si le digo que en 1985 entre la India y el Reino Unido producían el 3% del PIB mundial y que hoy la India produce el 9% y el Reino Unido el 2%, convendrá conmigo que es un cambio enorme. El peso de Occidente ha disminuido, y eso se refleja en los ingresos personales. Los italianos son una buena muestra. Sus salarios reales apenas se han movido en las dos últimas décadas y, mientras, ven cómo millones de chinos e indios progresan y, por si eso no bastara, el 1% más rico de su país acapara más y más millones.

Tenemos así dos capas de conflicto: el internacional y el doméstico. Y eso ocurre pese al descenso de la desigualdad global, porque lo que ha caído es la desigualdad entre países, no dentro de los países. [El asalariado medio de China o India ha recortado distancias respecto del asalariado medio de Occidente, pero en todos lados se ha agigantado la brecha entre el obrero de la fábrica y el superrico tecnológico].

«El soporte ideológico del neoliberalismo se quebró definitivamente tras la crisis de 2008»

P.- Hace unos años, en esta misma fundación, me dijo usted que la lucha contra la pobreza tenía que ser nuestra principal preocupación, pero que eso no significa que debamos desentendernos de la desigualdad, porque tiene consecuencias. ¿Cuáles?

R.- Las más obvias son la agitación social y el auge de los populismos que presenciamos en Occidente. Y en el ámbito internacional, cuando uno observa el ascenso de China, es difícil imaginar que algo tan colosal pueda materializarse sin fricciones. Una transformación de semejante calibre exige una redistribución del poder político entre los estados y del poder económico entre las personas. Es demasiado grande y, por desagradable que resulte recordarlo, me parece a mí que el conflicto es inevitable.

«Las ganancias de la globalización no solo no se han repartido equitativamente, sino que sus beneficiarios convencieron a los Gobiernos para socializar las pérdidas»

P.- ¿Y por qué está seguro de que asistimos al fin de la globalización? Igual no es más que una crisis coyuntural.

R.- No lo es por un cambio ideológico, que se manifiesta en el uso militar de los aranceles. Donald Trump los empezó a utilizar contra China durante su primer mandato, pero Joe Biden no dio marcha atrás; al contrario, convirtió la coerción económica en un recurso ordinario. En la actualidad, unos 60 países están sujetos a algún tipo de sanción por parte de Estados Unidos: embargo total [Cuba, Irán, Corea del Norte, Siria], bloqueo de fondos [Venezuela], restricciones sectoriales o individuales [Afganistán, Yemen, Sudán, Zimbabue]… La última ocurrencia de Trump ha sido la congelación de las cuentas a los jueces del Tribunal Penal Internacional, algo verdaderamente inaudito. Y no es solo Estados Unidos. En Europa ha ocurrido algo parecido con la incautación de los activos a ciudadanos rusos.

Estas prácticas se han vuelto habituales y muchos Gobiernos han llegado a la conclusión de que estrechar los vínculos con Occidente no es prudente, porque te expones a que aprovechen esa dependencia para presionarte en caso de conflicto. Por eso no creo que asistamos a un episodio puntual. Es el fin de la globalización tal y como la conocemos.

Ahora bien, el subtítulo de mi libro es «Liberalización de los mercados nacionales en un mundo multipolar», lo que significa que el neoliberalismo seguirá desempeñando un papel importante en el plano doméstico. La desregulación, la reducción del Estado o las rebajas tributarias (especialmente a los ricos), todo eso va a seguir en la mayor parte de Occidente. El cambio se va a dar en las relaciones internacionales, donde se impondrá un neomercantilismo. [El mercantilismo, una corriente dominante entre los siglos XVI y XVIII, defiende que la riqueza de una nación se mide por el superávit de su balanza exterior y promueve, por tanto, el proteccionismo].

En resumen, vamos a tener mucho liberalismo de puertas adentro y muy poco de puertas afuera. Alguien que reseñó mi libro lo expresó muy bien hablando del «liberalismo en un solo país» [parafraseando el socialismo en un solo país que Stalin defendía frente a la exportación de la revolución que preconizaba León Trotski]. Esa es exactamente la idea.

«Muchos ciudadanos occidentales ven cómo millones de asiáticos se encaraman a los deciles altos de la distribución de la renta, desplazándolos»

P.- ¿No cree que cuando Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping desaparezcan del escenario recuperaremos la normalidad?

R.- Lo dudo. Ninguno de los tres habría sido, por sí solo, capaz de conducirnos a la situación actual. Sería anticientífico creer que individuos aislados pueden provocar algo semejante. Se han limitado a articular en un discurso político más o menos coherente un descontento que ya existía y que refleja una alteración de las condiciones subyacentes [aumento de la desigualdad, emergencia de China]. Incluso aunque los tres desapareciesen mañana, no volveríamos a donde estábamos en 1990. En absoluto.

P.- No es usted optimista.

R.- No. No lo soy.

«Los alemanes, ya fueran ingenieros, trabajadores cualificados e incluso no cualificados, solían ir de vacaciones a Tailandia. Ahora se ha vuelto demasiado caro»

P.- ¿Qué países han adoptado ya ese «neoliberalismo dentro y mercantilismo fuera» que describe en su libro?

R.- Me he inspirado sobre todo en Estados Unidos, donde ese modelo podía identificarse claramente, no ya con el primer Trump, sino con Biden. Pero también veo a Francia en una senda similar. Emmanuel Macron ha impulsado una reforma de las pensiones profundamente neoliberal, mientras ha adoptado posiciones muy duras en comercio exterior [criticando, por ejemplo, la ingenuidad de abrir Europa a los productos del Mercosur].

«En ciudades como Venecia, los extranjeros ricos están comprando los apartamentos con vistas al mar que antes estaban al alcance de la población local»

P.- Las restricciones a la libertad de circulación no afectan solo a los bienes y los servicios, sino también a las personas. La hostilidad hacia la inmigración es cada vez mayor.

R.- Tiene cierta lógica. Mucha gente cree que los extranjeros deprimen sus salarios o les roban el trabajo.

P.- ¿Y es cierto?

R.- No, no lo es, pero no hace falta que algo sea verdad para que la gente esté convencida de ello. Los estudios que conozco concluyen que los inmigrantes generan empleo neto. Aunque pueden apropiarse de algunos puestos de baja cualificación [limpiadores, albañiles y camareros], liberan para los nativos otros mejor retribuidos [a menudo en esos mismos sectores, como encargados de equipos de limpieza, jefes de obra y responsables de turno en hostelería]. Tampoco es verdad que cuesten dinero a las arcas del Estado: en la UE aportan al sistema fiscal más de lo que reciben.

Por desgracia, si uno coincide con personas que no se parecen a él en, pongamos, un centro de salud, las recuerda luego con más facilidad que a quienes son como él. Eso genera una distorsión cognitiva, que explica la brecha entre lo que demuestran los estudios y lo que la gente piensa.

Alguien me dijo una vez: «Lo que escribes sobre los inmigrantes está muy bien, pero cada vez que voy a mi ambulatorio, solo veo extranjeros». Lo que ocultaba es que también muchos de los médicos y enfermeros eran extranjeros y que sin ellos la atención empeoraría.

«En 1985, entre la India y el Reino Unido producían el 3% del PIB mundial; hoy la India produce el 9% y el Reino Unido el 2%. Es un cambio enorme»

P.- ¿Está en peligro la democracia?

R.- Es difícil decirlo. En el caso de Estados Unidos, hay un claro descenso, aunque algunos elementos del entramado institucional, como los tribunales, han mostrado una gran resistencia. Trump no ha conseguido ganar todos los pleitos.

No creo, de todas formas, que la degradación llegue como en los tiempos de Mussolini o Hitler, mediante un decreto que suprima todos los partidos salvo el fascista o el nazi. Se manifestará más bien en la erosión gradual de ciertas funciones: la justicia, las reglas de representación, el gerrymandering [rediseño de las circunscripciones para concentrar o dispersar votantes y alterar el resultado electoral]… El tipo de transformaciones que se mueven en la frontera entre lo legal y lo ilegal.

«Seguiremos teniendo neoliberalismo, pero de puertas adentro. De puertas afuera se va a imponer un neomercantilismo»

P.- Frente a la nueva realidad mundial, ¿qué modelo está mejor posicionado: el estadounidense, el chino, el europeo?

R.- Muchos argumentan que el mejor es el europeo, porque combina una elevada protección social y más tiempo de ocio, todo lo cual me parece, en principio, positivo. Ahora bien, si en un entorno tan competitivo como el actual no se trabaja lo suficiente y no se incentiva la innovación [con las fabulosas fortunas que, por ejemplo, se embolsan los emprendedores en China o Estados Unidos], la UE puede acabar perdiendo la batalla.

P.- ¿Qué nos recomendaría?

R.- El régimen al que yo aspiraría es uno muy socialista en cuanto al acceso a la sanidad, la educación y las necesidades básicas; que controle la desigualdad mediante la fiscalidad y que, al mismo tiempo, estimule el trabajo duro y la innovación.

P.- ¿Algo como Suecia, donde un mercado muy eficiente sostiene a un generoso estado de bienestar?

R.- Posiblemente. Suecia es siempre la respuesta fácil, pero sí, algo parecido.

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