El fijo discontinuo, el gran parche estadístico de la reforma laboral
«El gráfico lo resume mejor que cualquier eslogan: dos periodos, dos medias claramente distintas y un muro en 2022»

Uno de los principales argumentos esgrimidos para defender la reforma laboral aprobada en 2021 ha sido el fuerte aumento del empleo indefinido. Sin embargo, cuando se analiza con detalle la información procedente de las estadísticas oficiales, el balance resulta bastante menos optimista. El crecimiento del indefinido descansa de forma muy significativa en una figura concreta: el contrato fijo discontinuo, cuya expansión ha permitido mejorar los indicadores sin modificar sustancialmente la realidad del empleo efectivo.
El gráfico que acompaña este texto ilustra con claridad el cambio de modelo. La composición porcentual del empleo indefinido permite aislar el fenómeno y evitar equívocos. Entre 2015 y 2021, el peso de los fijos discontinuos sobre el total de asalariados indefinidos se mantuvo estable, acotado por debajo del 4% en promedio. Esa estabilidad se rompe con violencia a partir de 2022, coincidiendo con la entrada en vigor de la reforma laboral.
La comparación entre periodos es elocuente. La media del porcentaje de fijos discontinuos en el conjunto del empleo indefinido durante los años 2015-2021 se sitúa muy por debajo de la registrada entre 2022 y 2025. No se trata de una tendencia gradual ni de una transición suave, sino de un salto de un 70%, perfectamente identificable tanto en las barras anuales como en las líneas de promedio que delimitan ambos periodos. La reforma marca un antes y un después nítido.
Este comportamiento no responde a una transformación estructural del tejido productivo ni a un cambio profundo en la organización del trabajo. Es, fundamentalmente, el resultado de la ingeniería estadística asociada a un rediseño normativo que penaliza la contratación temporal y empuja a las empresas —especialmente en sectores estacionales como hostelería, turismo, comercio o educación— a reconvertir contratos temporales en fijos discontinuos. El contrato cambia de nombre; la lógica económica subyacente, no.
Los datos de contratación del Servicio Público de Empleo Estatal refuerzan esta interpretación. Desde la reforma, una parte muy relevante de los contratos indefinidos firmados cada mes corresponde a fijos discontinuos. Sin embargo, ese elevado flujo de contratos no se traduce en un aumento proporcional del empleo continuo, sino en una mayor rotación dentro de una modalidad que, por definición, alterna periodos de actividad e inactividad.
Aquí reside el núcleo del problema estadístico. El fijo discontinuo computa como contrato indefinido durante todo el año, pero solo aparece como empleo efectivo cuando el trabajador está en periodo de actividad. En los meses de inactividad desaparece de la afiliación a la Seguridad Social, aunque mantiene el vínculo contractual. El resultado es una ilusión de estabilidad: la temporalidad medida se reduce, pero la discontinuidad real del empleo persiste.
Desde el punto de vista del trabajador, los ingresos siguen concentrándose en determinados meses, la incertidumbre no desaparece y la capacidad de planificación vital apenas mejora. Desde el punto de vista estadístico, en cambio, el mercado laboral aparece más sólido, con una proporción creciente de empleo indefinido que no siempre se corresponde con trabajo efectivo a lo largo del año.
Conviene subrayar que el contrato fijo discontinuo no es, en sí mismo, una figura a eliminar. Es una herramienta útil y legítima para actividades estacionales. El problema surge cuando se convierte en el eje central de una reforma presentada como estructural, y cuando se utiliza para construir un relato de éxito que no se sostiene al analizar la composición del empleo.
El gráfico lo resume mejor que cualquier eslogan: dos periodos, dos medias claramente distintas y un muro en 2022. La reforma laboral ha cambiado la estadística, pero no ha resuelto el problema de fondo de un mercado de trabajo que sigue dependiendo de la estacionalidad y la discontinuidad. El fijo discontinuo se consolida, así, como el parche estadístico perfecto: mejora los indicadores, sin transformar la realidad.
