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Ricardo Dudda

El club de los trágicos

«Franzen me vuelve a convencer de ser parte de esa comunidad de lectores y escritores que se dicen que las cosas no son fáciles, pero tampoco tan difíciles»

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El club de los trágicos

El novelista y ensayista estadounidense Jonathan Franzen. | Wikimedia Commons

En un artículo reciente en Abc, la periodista Helena Farré, que tiene el estupendo podcast literario Una pregunta, literal, hace un elogio entusiasta de la lectura. «Es el cosquilleo de saberse reconocido, de saberse acompañado. Es la experiencia de un encuentro». Me recordó inmediatamente (y digo inmediatamente porque lo leí, casualmente, dos días antes) a un estupendo ensayo de Jonathan Franzen que publicó en la revista estadounidense Harper’s en 1996. Se titulaba Why bother? (¿Por qué molestarse?), pero originalmente se llamaba Perchance to Dream: In the Age of Images, a Reason to Write Novels (Tal vez soñar: en la era de las imágenes, una razón para escribir novelas). Ese subtítulo es revelador. Aunque se escribió hace casi 30 años, parece escrito hoy: basta sustituir la primera guerra de Irak de la que habla (gran parte de lo narrado transcurre en 1991) por la de Gaza, la televisión por las redes sociales, las menciones genéricas a la tecnología por algo más específico como la Inteligencia Artificial. «Para justificar su reclamo de nuestra atención, los órganos de información y cultura de masas se ven obligados a ofrecer algo ‘nuevo’ cada día, incluso cada hora». Esto provoca, dice Franzen, que el novelista que quiere de alguna manera ser el cronista de su época sea incapaz de hacer una foto fija de ella.

«Imaginemos que a la existencia humana la define un Dolor: el de no ser, cada uno de nosotros, el centro del universo; el de que nuestros deseos superan siempre a nuestros medios de satisfacerlos», escribe. «Si consideramos que la religión y el arte son los métodos históricamente preferidos para capear este dolor, ¿entonces qué ocurre con el arte cuando nuestros sistemas tecnológicos y económicos, y hasta nuestras religiones comercializadas, se vuelven tan sofisticadas que nos convierten a cada uno en el centro de nuestro universo de opciones y gratificaciones?». De nuevo, es un ensayo escrito en 1996. Faltaban más de diez años para que Steve Jobs anunciara el iPhone, y algunos más para que todos tuviéramos dispositivos electrónicos de bolsillo que nos convirtieran inmediatamente en «el centro de nuestro universo de opciones y gratificaciones».

En el texto Franzen, que está deprimido y desanimado con la literatura y su escasa influencia cultural (unos años después se convertiría en el Nuevo Gran Autor Americano con Las correcciones), consulta a la socióloga Shirley Brice Heath, que lleva años encuestando a lectores por todo Estados Unidos. Para Heath, una de las cualidades más relevantes de las obras literarias elevadas es su carácter imprevisible. «Hay, por supuesto, un cierto grado previsible en lo imprevisible de la literatura. Eso lo comparten todas las obras importantes. Y los lectores me dicen que se aferran a ese elemento previsible, a una sensación de estar acompañado en esta gran empresa humana». Se parece a lo que decía la escritora Flannery O’Connor, que escribió que «el objetivo de la ficción» es «expresar el misterio a través de la conducta».

Franzen entonces sufre una progresiva reconversión. Pasa de un «realismo depresivo», que es paralizante, a un «realismo trágico»: la literatura nos vuelve seres trágicos. Y eso está bien. «Confío en que quede claro que por ‘trágico’ entiendo solo cualquier tipo de narrativa que suscite más preguntas que respuestas: cualquiera en la que un conflicto no se resuelve en hipocresía», escribe. «Llamo trágica a la narrativa seria para subrayar la distancia que la separa de la retórica del optimismo que tanto impregna nuestra cultura. […] El realismo trágico preserva el convencimiento de que siempre se mejora gracias a un esfuerzo; de que nada dura para siempre; de que si lo malo del mundo supera a lo bueno, es por un ligerísimo margen».

Parece una defensa amarga y resignada de la literatura y el arte, pero me resulta iluminadora y profunda: me vuelve a convencer (porque, como Franzen, también tengo mis desánimos y mis pérdidas de apetito) de formar parte de esa comunidad de seres trágicos, lectores y escritores, que se dicen a sí mismos y entre ellos que las cosas no son tan fáciles, pero tampoco tan difíciles.

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