The Objective
Ricardo Dudda

Vida y pecados de un (ex)periodista

«El documental de Laura Poitras ‘Cover-up’, sobre el famoso periodista Seymour Hersh, encaja bien en esta época de intervencionismo e imperialismo»

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Vida y pecados de un (ex)periodista

El periodista Seymour Hersh, protagonista del documental Cover-up, junto a su directora, Laura Poitras, y su productor, Mark Obenhaus. | Alec Michael (Zuma Press)

Vivimos tiempos interesantes. Eso suele significar que las cosas no van muy bien. Son tiempos muy geopolíticos. Maduro derrocado, Trump imperialista, Irán de los ayatolás al borde del precipicio, Israel de nuevo victorioso. Siempre han pasado cosas, pero ahora pasan de otra manera: lo que antes se hacía en secreto se hace ahora en público. El estreno en Netflix del documental de Laura Poitras Cover-up, sobre el famoso periodista Seymour Hersh, encaja bien en esta época de intervencionismo e imperialismo. Pero, en el fondo, es un documental de otra época, en la que el Gobierno de Estados Unidos al menos ocultaba sus intenciones; una época quizá igual de cruel, pero mucho más hipócrita.

Poitras es sobre todo célebre por dos documentales sobre Edward Snowden (Citizenfour) y Julian Assange (Risk). Y Hersh es sobre todo célebre por su periodismo de investigación: especialmente lo que escribió sobre la matanza de My Lai en 1968, en la que soldados estadounidenses mataron a alrededor de 400-500 civiles vietnamitas, y sobre las torturas en Abu Ghraib. En los últimos años, sin embargo, Hersh ha ido perdiendo progresivamente el respeto de la profesión.

El documental solo aborda su crisis de reputación al final, pero en el fondo está visible en su biografía. Pasó de ser Premio Pulitzer y escribir para The New York Times y The New Yorker a publicar en medios menores como London Review of Books (una de mis revistas favoritas, pero no exactamente un referente en periodismo de investigación) y, después, en su propio blog en Substack. Su decadencia comenzó en 2013, cuando sus investigaciones se volvieron más torpes (con fuentes anónimas poco fiables) y conspiranoicas, a menudo demasiado obsesionadas con refutar el relato oficial. Es algo en cierto modo comprensible en alguien que durante décadas tuvo que enfrentarse a mentiras, conspiraciones y ocultación gubernamental.

En 2013 intentó demostrar que los ataques del Gobierno sirio con gas sarín en realidad fueron provocados por los islamistas de al Nusra. Durante años estuvo obsesionado con absolver a al Assad. En el documental de Poitras admite su equivocación: pensaba que era un buen tipo y me equivoqué, dice. Es una afirmación loable y, al mismo tiempo, extrañísima, como decir en 2026 que Putin te ha decepcionado (y no quizá hace diez años).

«’Cover-up’ intenta ser también un documental sobre el Hersh más humano. Lo consigue a duras penas»

En 2015, The New Yorker se negó a publicarle un artículo que contradecía el relato oficial del secuestro y asesinato de Osama Bin Laden, donde decía que Pakistán había colaborado en la operación. London Review of Books acabó publicándolo, pero poco después también prescindió de sus artículos, que eran cada vez más rocambolescos, conspiranoicos y llenos de fuentes anónimas cuestionables. En 2023, publicó en su Substack personal una exclusiva que también resultó polémica por su falta de fuentes y su torpeza: Estados Unidos estaba supuestamente detrás de la explosión del gasoducto Nord Stream.

Es un final triste para alguien que, según Nixon (en una fascinante conversación telefónica con Henry Kissinger que se reproduce en el documental), era un hijo de puta, pero si publicaba algo es porque tenía razón. Cover-up intenta ser también un documental sobre el Hersh más humano. Lo consigue a duras penas, porque es un tipo serio, severo, a menudo intratable. En algunos momentos, sin embargo, se emociona visiblemente: cuando habla de su mujer, de su padre o de todas las atrocidades que ha desvelado a lo largo de su carrera.

Poitras, que ha colaborado con Hersh en sus documentales, estuvo 20 años intentando convencer a Hersh de que aceptara este proyecto: no le gusta ser el protagonista. Con 88 años sigue escribiendo e investigando, pero quizá debería ya descansar. Al menos para que su legado sea My Lai y Abu Ghraib, y no las torpezas y conspiraciones en el ocaso de su vida.

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