The Objective
Ricardo Dudda

Todos somos conservadores

«En una época de aceleración radical es comprensible el conservadurismo emocional. No siempre el miedo al cambio es un rechazo al progreso y al bienestar»

Al mismo tiempo
Todos somos conservadores

Ilustración de Alejandra Svriz.

Cada vez que veo en redes sociales el lamento por la pérdida de identidad de un barrio (porque ha cerrado una mercería de toda la vida y ha abierto una cafetería de especialidad, porque van a derrumbar un edificio neomudéjar para hacer un edificio cebra, porque el parque donde jugabas de niño ahora es peligroso), pienso en Michael Oakeshott. El pensador conservador escribió (quizá) el mejor tratado sobre el conservadurismo: Ser conservador (Alianza lo publicó hace unos años como Ser conservador y otros ensayos escépticos, con un estupendo estudio crítico de Jorge del Palacio). Creo que sobre todo deben leerlo quienes no son conservadores, o quienes creen que el conservadurismo es lo mismo que el reaccionarismo o que una especie de contrarrevolución (hay mucho conservador contemporáneo que tiene un deseo de ruptura casi leninista).

El ensayo de Oakeshott no aborda el conservadurismo desde la ideología, sino desde la psicología. Es lo que llama «disposición conservadora». En uno de los pasajes más poéticos del texto dice algo con lo que podemos estar de acuerdo desde progresistas a reaccionarios: la disposición conservadora «es aversión al cambio, que siempre aparece primero como pérdida. Una tormenta que barre una arboleda y transforma nuestro paisaje favorito, la muerte de los amigos, el adormecimiento de la amistad, la caída en desuso de hábitos de comportamiento, la jubilación del payaso favorito, el exilio involuntario, los reveses de fortuna, la pérdida de habilidades de las que se han gozado y su reemplazo por otras: se trata de cambios, quizá ninguno sin sus compensaciones, que el hombre de temperamento conservador inevitablemente lamenta».

«Hay cambios y desapariciones que me deprimen, y me niego a que se justifiquen con el progreso»

Esa aversión no es para luchar dogmáticamente contra todo cambio (como dice Oakeshott, «la identidad de un hombre no es más que una continua repetición de contingencias»), sino para adaptarse mejor a ellos. Y, creo, también, para asumir que no siempre el miedo al cambio es un rechazo al progreso y al bienestar.

En una época de aceleración radical (si uno mira los vídeos de IA de 2023 y los de hoy, el cambio es bestial y provoca un vértigo ontológico), es comprensible este conservadurismo emocional. Como escribía Hannah Arendt en La condición humana, «la realidad y confiabilidad del mundo humano se basan en que estamos rodeados de cosas más permanentes que la actividad que las produce, e incluso que quienes las producen». Hoy, la permanencia es imposible y la velocidad de los cambios vertiginosa. La única respuesta humana es la melancolía, el cinismo o el radicalismo.

Desde esta perspectiva, entiendo perfectamente el conservadurismo. Hay cambios y desapariciones que me deprimen, y me niego a que se justifiquen con el progreso. La principal es el declive de los cines. Me cuesta mucho convencer a mis amigos menos cinéfilos de que vayan al cine en una sala; para algunos, ir al cine es algo que uno hace una vez al año, no una vez a la semana o al mes. Cuando Netflix intentó comprar Warner Bros, el CEO de la plataforma de streaming dijo: «¿Qué nos quiere decir el consumidor? Que le gustaría ver películas en casa, gracias». También dijo que la idea de la sala de cine estaba «anticuada». En este tema, entonces, soy anticuado y conservador. El cine es lo que se ve en los cines. Lo demás es televisión.

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