The Objective
Ricardo Dudda

Opinar es gratis (y rentable)

«La mejor manera de manipular al lector/oyente/espectador no es a través de la opinión, sino de la omisión: no contándole lo que te perjudica»

Al mismo tiempo
Opinar es gratis (y rentable)

Ilustración de Alejandra Svriz.

Cuando en 2017 José Ignacio Torreblanca me fichó como columnista en El País, el periódico había dado un giro en su sección de opinión: era la época de los politólogos.

Acababan de llegar o estaban a punto de hacerlo Jorge Galindo, Víctor Lapuente, Kiko Llaneras, Pablo Simón. Torreblanca quería analistas, no opinadores. Basta ya de cuñaos, parecía el mensaje; es la hora de los expertos. Es un fenómeno que analizó muy bien Ramón González Férriz en su librito La ruptura.

Aunque yo no era politólogo, intenté copiar a los politólogos (aunque sea citando de vez en cuando a economistas, politólogos, algún libro o paper). Pero, en el fondo, no era más que un opinador, un columnista. Con los años, los politólogos perdieron su atractivo. Quizá no fue más que un espejismo, igual que el movimiento reformista en el que se integraron. Entonces volvieron, aunque nunca se fueron del todo, los opinadores y tertulianos de siempre, que te contaban la actualidad con retranca, sarcasmo y literatura.

Hoy, el opinador es rey. Hay excepciones, claro (todos los que he citado antes siguen escribiendo y analizando, y hay renovación generacional). Pero está claro que, como escribe el periodista Antonio Villarreal en su libro Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España, «Cada vez más […] nuestra fuente primaria de información no es una noticia, sino una opinión: la interpretación que alguien hace de los hechos desnudos que oímos en un programa de radio, televisión o internet que coincide con nuestra visión del mundo».

En una época de acceso a la información casi sin límites, nuestro consumo de actualidad está siempre adulterado: no solo porque hay medios que editorializan sus informaciones, sino porque nos enteramos de la información a través de la opinión. Desde el tertuliano clásico al influencer de política que comenta la actualidad en YouTube, la información nos llega siempre mediada. «La opinión ha fagocitado a la información, y el tertuliano al redactor o reportero», continúa Villarreal. Hoy, los periodistas no solo pican piedra en la mina de la información para alimentar a la IA; también su trabajo sirve para alimentar a los opinadores que crean contenido a partir de información real.

«Uno recibe antes la opinión que el hecho, como cuando en internet ves el chiste antes que el suceso en el que se basa»

Uno recibe antes la opinión que el hecho, como cuando en internet ves el meme o el chiste antes que el suceso en el que se basa el meme. Esta hegemonía de la opinión, dice Villarreal, tiene un efecto dramático en la democracia. «Combatir un hecho es difícil, requiere presentar pruebas que afirmen lo contrario y que, además, resulten convincentes. Sin embargo, cuando el juicio de un ciudadano está edificado sobre opiniones, como tantas veces es el caso hoy en día, desarmarlo es tan sencillo como bombardearlo con otras opiniones».

Yo tengo una visión ligeramente más optimista, quizá por deformación profesional. Opinión no es siempre sesgo, es decir, sesgo ideológico. Pero en una sociedad polarizada, a quien opina se le pregunta rápidamente: «¿Y tú de quién eres?». No se concibe la opinión sin agenda o partido. Carlos Alsina y Sarah Santaolalla opinan los dos. Pero la opinión del primero fiscaliza al poder y la de la segunda está al servicio del poder.

Creo que hay casi más ideología en qué eliges contar que en cómo eliges contarlo: hay noticias que solo te llegan si eres de derechas y otras que solo te llegan si eres de izquierdas. La mejor manera de manipular al lector/oyente/espectador no es a través de la opinión del tertuliano de turno que hace proclamas partidistas y recibe el argumentario directamente del partido, sino de la omisión: no contándole lo que te perjudica. Es decir, haciéndole luz de gas. Por eso fue fascinante observar al lector de los periódicos oficialistas descubrir de pronto, cuando ya sus medios no eran capaces de ocultarlo, que su partido está lleno de corruptos. ¡No me lo habían contado hasta hoy!

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