Primer amor y primeras penas
«’August’, la última y brevísima novela de la escritora alemana Christa Wolf es una historia de amor y también una bella y contenida carta de despedida»

Christa Wolf. | Wikimedia Commons
El protagonista de August (publicada en 2011 y ahora rescatada por Libros del Asteroide), la última y brevísima novela de la escritora alemana Christa Wolf, me recuerda mucho a mi padre. Ambos nacieron en Prusia Oriental durante la Segunda Guerra Mundial y ambos fueron niños refugiados, aunque mi padre consiguió reunirse con sus padres tras la guerra y August se quedó huérfano. Ambos eran niños esqueléticos; a mi padre le decían que se podía tocar el acordeón con sus costillas. Y ambos soñaban con patatas hervidas y, sobre todo, con caramelos de remolacha: ese fue el regalo que le hizo mi abuela a mi padre en su quinto cumpleaños, en mayo de 1945. A finales de los años 40, mi padre vivió en un castillo que expropió el Estado para alojar a familias de refugiados, y en la misma época August vivió en un castillo lleno de enfermos pulmonares. Allí conoció a la adolescente Lilo, trasunto de Wolf, que vivió tras la guerra en ese «castillo de las polillas», rodeada de niños y jóvenes que morían poco a poco por la tuberculosis. Allí todo el mundo arrastraba una pena, pero muy pocos la purgaban en público. «Son cosas que uno debe resolver consigo mismo», dice uno de los personajes.
De Wolf lo que más ha trascendido, desgraciadamente, es su posición política: su literatura más o menos comprometida con la RDA (pero nunca mecánica ni remotamente parecida al realismo soviético), su polémico libro Lo que queda tras la caída de la URSS, donde desvela que la Stasi la espió. En esta pequeña novela no hay nada de eso. Es la historia de un «hombre superfluo», conductor de autobús viudo del Este de Alemania, que rememora su infancia de refugiado. No siente la nostalgia prusiana que comparten muchos de los expatriados de esa región, que desapareció con la guerra. No ha vuelto nunca al pueblo de su infancia: «Ya ve lo que quiere ver» en su imaginación, donde siempre es verano. A veces el personaje de August recuerda al protagonista de Stoner, la novela de John Williams, o a alguna más reciente como la estupenda Brian, de Jeremy Cooper: son seres solitarios, sencillos, sin grandes pretensiones, en cierto modo niños grandes.
Pero August es sobre todo una historia de amor, de un primer amor no correspondido. «Quizá aprendió lo más importante de toda su vida muy pronto, con la ayuda de una persona por la que sentía algo que no sabía expresar con palabras», escribe Wolf. El joven August tiene ocho años y tiene celos de los pacientes a los que cuida con cariño Lilo, que ejerce de enfermera aunque está en el hospital como interna.
Y es, también, una bella y contenida carta de despedida. «¿Qué puedo escribirte, querido, salvo unas cuantas hojas carcomidas de recuerdos de la época en la que aún no nos conocíamos?», le escribió Christa Wolf a su marido Gerhard el 28 de julio de 2011. La novelita August era su regalo de aniversario de boda. «Sin ti sería otra persona. Pero eso ya lo sabes. Las grandes palabras no son habituales entre tú y yo. Solo diré esto: he tenido suerte». Unos pocos meses después, el 1 de diciembre de 2011, falleció a los 82 años.