Julia Escobar

Aquellos editores de antaño

«Es evidente que a la incuria española (las editoriales no saben lo que quiere decir la palabra historia) hay que añadir lo difícil que resulta mantener una memoria cuando se pertenece a un pueblo al que no le dejan instalarse en paz en ningún lugar»

Opinión

Aquellos editores de antaño
Foto: Roman Kraft| Unsplash

Mientras preparaba la conferencia que pronuncié anteayer en el Instituto de Estudios Madrileños, enmarcada en los fastos del centenario de la muerte de doña Emilia Pardo Bazán, entre los muchos documentos que tuve que consultar estaba la correspondencia de esta última con Lázaro Galdiano, amigo y amante de la escritora, con el que compartió numerosas aventuras editoriales. Mi conferencia versaba sobre distintos momentos de la vida de doña Emilia relacionados con la ciudad de Madrid, pero es sabido que cuando se prepara un trabajo de este tipo, recabamos más material del que luego utilizamos para redactarlo.

En esta conferencia, no me detuve demasiado en el trabajo editorial de doña Emilia, ni en el que realizó con Lázaro Galdiano, tampoco en el que llevó ella adelante por cuenta propia, pero entre los numerosos personajes que se mencionaban en la documentación por mí recabada en esa y otras lecturas, aparecía de vez en cuando una persona que, aunque olvidada, tuvo mucha importancia en la industria editorial de la época. Se trata de Ignacio Bauer, uno de los personajes más fascinantes y emprendedores de esta comunidad del momento.

Yo sabía de su existencia por las memorias de Rafael Cansinos Asséns (La novela de un literato) que habla de él y su importante papel en el mundo editorial. Por eso no me extrañó verle mencionado en el libro de Jacobo Israel Garzón y Uriel Macías Kapón, La comunidad judía de Madrid. Textos e imágenes para una historia. 1917-2001, que presentó Jon Juaristi en la sede de esa Comunidad en 2002 y de donde saqué muchos datos. En este libro se trazaba la llegada a España de los judíos tras la expulsión, casi todos ellos procedentes del Norte de África y de Hispanoamérica y pude completar muchos datos que ignoraba sobre Bauer que me ayudaron a comprender mejor su presencia en España.

Es interesante comprobar las fluctuaciones de la siempre escasa población judía en España a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Al analizar ciertos mitos, Garzón y Macías ponen en cuestión la supuesta ayuda de Franco y descubren algunas cosas curiosas, como la existencia de un cementerio judío creado en el año 20 y escasamente utilizado con posterioridad, de forma que muchos judíos fueron enterrados en un sector del cementerio británico de Madrid. También se refieren a una Asociación Femenina Israelí de la que no se tiene otra mención que la carta, fechada en 1935, de Rebecca de Aguilar, la mujer del editor Manuel Aguilar (que era judía) a Rafael Cansinos Asséns invitándole a dar una conferencia. Hay en este documento una alusión a las damas «que residen en España desde hace poco (proceden de la clase intelectual perseguida por el hitlerismo) y que por consiguiente no dominan aún muy bien el castellano», alusión ciertamente turbadora por las preguntas que nos suscitan sobre su incierto destino. ¿Puede alguien decirnos qué pasó con esas señoras y dónde están ahora sus descendientes?

Presidía precisamente dicha asociación Olga Bauer, la mujer de Ignacio Bauer, el cual procedía de una familia asquenazi de banqueros, representantes de la casa Rothschild en España. Su abuelo recibía en su palacio de San Bernardo a lo más granado de la política y de la intelectualidad: Cánovas, Sagasta, Silvela, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán etc., y desempeñó un papel importantísimo en la vida cultural y editorial madrileña.

En 1920, Bauer, fundó la Comunidad Israelita de Madrid, de la que fue primer presidente. También fue presidente y fundador, en 1901 de la Sociedad Filarmónica de Madrid que trajo a esta ciudad a los mejores artistas del momento, como la pianista Wanda Landowska. La razón por la que yo lo conocía tiene que ver principalmente con su actividad editorial ya que, junto a sus hermanos, fue el creador del primer gran grupo editorial español, la CIAP, la Compañía Iberoamericana de Publicaciones que, mientras duró, fue uno de los grupos editoriales más poderosos y constituyó una etapa fundamental para el desarrollo de la edición y de las letras españolas.

Con él colaboraron personas como Pedro Sainz Rodríguez, que fue el director literario durante una época, y Rafael Altamira, quien dirigió la colección «Documentos Inéditos para la Historia de Hispanoamérica». También publicaron las «Bibliotecas Cervantes», que acogían títulos de la literatura universal en ediciones populares y destacaron especialmente en las publicaciones infantiles y juveniles. Por si fuera poco, practicaron una novedosa política de pagos de derechos de autor en exclusiva y organizaron una extensa red de librerías con delegaciones en América. El grupo aplicó con gran eficacia la política de absorción e integró en sus filas a editoriales como Renacimiento, Mundo Latino, Atlántida, Estrella, Hoy, Mercurio y Fernando Fe, cuyos fondos gestionaba y distribuía, como también hacía con otras editoriales como Ulises, Zeus, América y Signo, la francesa Baudinière y la Sociedad General de Librería para América. Tras la quiebra de la casa alemana, Bauer y Cía, este imperio editorial se desmanteló por completo, afectando gravemente al sector. Como ven, no hay nada nuevo bajo el sol.

De la vida y obra de este hombre sólo se tienen retazos. Sus sobrinos-nietos, a quienes conocí, me contaron que la familia no conservaba nada sobre él, ni una carta, ni un documento, pero, al menos me pudieron contar su final. Ignacio Bauer regresó a España después de la guerra (estaba en el extranjero cuando estalló) e intentó dar clases en la Universidad. La intransigencia religiosa de la época le impidió ser catedrático y decidió marcharse de nuevo. Murió en Israel en 1961.

¿Qué pasó con toda la literatura que tuvo que generar una actividad como la de Ignacio Bauer? ¿Por qué hay tan poca documentación sobre los judíos españoles? Ya sé que la primera pregunta es meramente retórica porque las obras de Bauer, conocido africanista, son numerosas y figuran en las bibliotecas, para empezar en la del Ateneo y, por supuesto, en la Biblioteca Nacional, pero es evidente que a la incuria española (las editoriales no saben lo que quiere decir la palabra historia) hay que añadir lo difícil que resulta mantener una memoria cuando se pertenece a un pueblo al que no le dejan instalarse en paz en ningún lugar, ni en ningún momento de su historia.

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