José Antonio Montano

Bienvenido, Bosé

«Ahora el tiempo nos ha traído a Bosé, que ya es como nosotros. No sé si a él le quedará el consuelo de que nosotros nunca fuimos como él, cuando brillaba»

Opinión

Bienvenido, Bosé
Foto: SERGIO PEREZ| Reuters
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

El Bosé destruido, gutural, de la entrevista de Évole era lo contrario de aquel Bosé fulgurante de las entrevistas de los setenta, ochenta y aun noventa. No puede percibirse ya que aportó una nueva elocuencia, desenvuelta, osada, transparente, que nunca se había visto en España. Era una elocuencia con su punto tramposo, demasiado elocuente quizá, pero tan brillante que seducía. Si alguna vez ha habido algo parecido a una «nueva masculinidad» fue aquello. Yo creo que empujó bastante en el cambio de mentalidad de este país.

Luego la Movida se tragó sus logros en cierta manera, y también la elocuencia que llegó enseguida de Almodóvar, que además estaba suscrita por una obra y una rebeldía más evidente; pero Bosé se mantuvo como aquel Tadzio que atraía a hombres y a mujeres, el hombre envidiable que se lo podía follar todo.

Yo solo lo vi una vez en persona, en la inauguración de aquel inolvidable bar que tuvo su hermana Paola en la calle Colmenares de Madrid, el Corazón Negro. Y tuve un amigo que a los veinte años lo imitaba con sus faldas. Aquello del hombre que se ponía faldas era muy fuerte, entonces. Aunque tal vez lo fuese más ahora. Hacía falta, sí, echarle «cojones», como le dijo Bosé a Évole que decía su padre, por afianzar su estirpe.

En los sótanos de las clases bajas y media-bajas resultaba muy raro un faisán así, tan líquido, tan elevado. Pero lo más raro era su articulación, cómo hacía en directo el relato de su vida, de su cotidianidad, de sus emociones, de sus ambiciones y vulnerabilidades, con un amaneramiento sin duda «mariquita» (como se decía en esos sótanos), pero tan fluido, tan seguro de sí mismo, tan sin consideración hacia el juicio ajeno, que conquistaba. Y turbaba: porque estaba lejísimos de nosotros. No porque quisiéramos ser como él, sino porque exhibía una articulación de la que nosotros carecíamos incluso para lo que queríamos ser. (El problema de fondo es que esto tal vez tampoco lo sabíamos.)

Como ejemplo de aquel Bosé, valga el  diálogo que tuvo con su madre en un programa de 1981. Al final, Carmen Maura lo despide con un «gracias, Miguel, por tu belleza y tu juventud». Y él asiente, como si fuesen dones perdurables.

En el cuento de Onetti «Bienvenido, Bob» se recrea la complacencia resentida de un viejo hacia el joven que lo humilló con su juventud, cuando pasados los años este reaparece viejo también y destruido. En general, solo hay que esperar a que el tiempo haga su trabajo. Ahora el tiempo nos ha traído a Bosé, que ya es como nosotros. No sé si a él le quedará el consuelo de que nosotros nunca fuimos como él, cuando brillaba.

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