Anna Maria Iglesia

Carnés, Carabias y De Burgos: tres 'flâneuses' de nuestras letras

"Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos o Luisa Carnés se han reivindicado precisamente como tales, como mujeres que, desde una perspectiva crítica, han ocupado el espacio público"

Zibaldone Actualizado:

Carnés, Carabias y De Burgos: tres 'flâneuses' de nuestras letras
Foto: Dominio público
Anna Maria Iglesia

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.

Con el concepto de flâneuse se describe habitualmente la figura de la mujer que convierte el paseo en un ejercicio de reivindicación y de transgresión, en una forma de intervención crítica en el debate público, en el relato, como diríamos hoy, hegemónico. En este sentido, la flâneuse es la paseante, pero también la escritora, es decir, aquella mujer que se erige como sujeto del discurso para intervenir en él a través de su propia voz. En resumen, la flâneuse es la mujer que deja de ser objeto para reivindicarse como sujeto a través de la intervención en la esfera pública, ya sea a través del arte -la escritura, la pintura, la fotografía- ya sea, como bien señala Rebecca Solnit, a través de la ocupación física de la ciudad. Reivindicada por George Sand, Delphine de Girardin, Flora Tristan, Virginia Woolf o Jean Rhys, la flâneuse es una figura recurrente en la obra de todas estas autoras, entre las cuales también podríamos añadir y por derecho propio a Henry James, que en La princesa Cassamassina dio vida a Millicent Henning, y a George Gissing, autor de Mujeres sin pareja. 

Pero, entre tantos nombres, ¿dónde están las flâneuses en nuestras letras? Desde un punto de vista meramente terminológico, el concepto de “flâneuse” se ha incorporado tardíamente a las letras españolas. Sin embargo, las flâneuses no solo han protagonizado los relatos de más de una escritora a caballo entre el XIX y el XX, sino que autoras como Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos o Luisa Carnés se han reivindicado precisamente como tales, como mujeres que, desde una perspectiva crítica, han ocupado el espacio público.

«Como Sylvia Pankhurst a través de la pintura, Carnés convierte a una mujer obrera en sujeto de la mirada»

“Antes creíamos que la mujer sólo servía para zurcir calcetines al marido y para rezar. Ahora sabemos que los lloros y los rezos no sirven para nada. (…) Hoy sabemos que las mujeres valen más que para remendar ropa vieja, para la cama y para los golpes de pecho; la mujer vale tanto como el hombre para la vida política y social. Lo sabemos porque muchas hermanas nuestras han sufrido persecuciones y destierros”, reflexiona Matilde, la protagonista de Tea Rooms, novela de la escritora y periodista Luisa Carnés, ante sus compañeras de la fábrica. Sus palabras no solo deben inscribirse dentro de las reivindicaciones laborales, sino que deben entenderse como una vindicación de la libertad de la mujer, una libertad total, que pasa, obviamente, por el mundo laboral, pero que lo trasciende. A través de su personaje, Carnés hace hincapié en la necesaria legitimación de la mujer como sujeto político y, por tanto, en su libertad de participar en la esfera pública, una participación que comienza con la incorporación en el mundo laboral, pero que debe proseguir con el reconocimiento de la legitimidad de la mujer de intervenir y participar en cualquier ámbito de la esfera pública. 

Como Sylvia Pankhurst a través de la pintura, Carnés convierte a una mujer obrera en sujeto de la mirada: en sus recorridos por Madrid, de camino a la fábrica, Matilde observa el entorno urbano y reflexiona sobre ese lugar de invisibilidad que ocupa ella como mujer y como clase trabajadora. Desde esa invisibilidad, Matilde se erige como observadora y también desde la invisibilidad que le otorga el texto, Carnés convierte la escritura en una forma de reivindicación de la mujer como agente del discurso, así como en una forma de intervención en esa misma esfera pública que su protagonista reclamaba como propia. El caminar y el escribir se convierten en las dos caras de una misma manera y no porque, por fácil que sea, el caminar pueda ser leído como una metáfora -ya muy gastada, dicho sea de paso- del escribir. Sino porque ambos ejercicios implican una intervención o, mejor aún, una ocupación del espacio público: la abierta prohibición o la censura moral, que no deja de ser otra forma de prohibición, de la presencia de la mujer en determinados espacios públicos o su presencia tutelada en lugares como los jardines urbanos, la ópera o, incluso, los grandes almacenes subrayan aún más si cabe el gesto transgresor de la paseante solitaria que no atiende a fronteras ni a muros, pero también al gesto transgresor de la escritora que con la palabra interviene ahí donde se le es negado el acceso.  

«Se apropiaron de la ciudad para contarla y, al contarla, incorporaron a la mujer en un relato urbano del que estaba ausente»

Carnés, sin embargo, no era la única: ahí estaban también Clara Campoamor, Josefina Carabias, Victoria Kent o Carmen de Burgos; todas ellas, comenta Neus Miranda Samblancat, entran en “diversos ámbitos de la esfera pública, a través de su actuación o del uso de la palabra oral o escrita”, hecho que les termina otorgando “el calificativo de ‘intelectuales’”. Como la autora de Tea Rooms, Josefina Carabias y Carmen de Burgos hacen de la escritura su manera de ocupar la esfera pública, de intervenir en ella para reivindicar un contra-modelo de mujer, es decir, una mujer sujeto activo y ya no objeto, una mujer, en definitiva, emancipada de todo tipo de tutela. En un artículo de 1931, La mujer no debe obediencia al marido, Carabias no solo se hacía eco de la reforma legislativa que permitía la disolución del matrimonio “por mutuo disenso o a petición de cualquiera de los cónyuges”, sino que hacía hincapié en la importancia de que las mujeres conocieran dicha reforma y, por tanto, fueran conscientes del derecho conquistado. Convencida de que no bastaban las reformas legislativas, sino que era necesaria una mutación de los valores hasta entonces asumidos, a través de sus artículos Carabias alentaba a sus lectoras a tomar conciencia de que había otra manera, mucho más libre, de ser mujer y que esta nueva manera pasaba por la asunción de incorporación con plenos derechos al espacio público. Pero para que esta incorporación sea factible, Carmen de Burgos subrayaba la importancia de que “los Códigos marchen de acuerdo con las costumbres y no pretendan fijar la vida en textos inmóviles”. Para De Burgos, “se necesita que la libertad conquistada en las costumbres esté garantizada por las leyes”. 

Frente aquellas guías de viajes en las que se recomendaba que las “mujeres respetables” evitaran los lugares “de dudosa moral”, optando por las salas de té, las pastelerías o los grandes almacenes, Carnés, Carabias y De Burgos rompen a través de la escritura cualquier muro y, sin esconderse ni con vestimentas ni con seudónimos tras ninguna identidad masculina, como sí tuvieron que hacer George Sand o Delphine de Girardin, ocupan la esfera pública, del que la mujer es su legítima ocupante. Como afirmaba en un artículo de 1933 Luisa Carnés, la mujer debe emanciparse “de toda influencia, en unos casos, de la voluntad del padre; en otros, del marido; del patrono de la fábrica; del jefe de la oficina”. Y esta emancipación pasa por la escritura como expresión de ese pensamiento crítico que, lejos de refugiarse intramuros, salta a la esfera pública, para ocuparla, para erigirse como discurso discrepante y nunca acomodaticio. Pasa, sin embargo, también por el caminar, entendido como ocupación física de los espacios negados, pero también como forma de reivindicarse en tanto que sujeto de la escritura y de la observación: Carnés, Carabias, De Burgos, a las que también podríamos añadir Pardo Bazán, ejercieron el periodismo, es decir, se apropiaron de la ciudad para contarla y, al contarla, incorporaron a la mujer en un relato urbano del que estaba ausente.

Más de este autor

Los diarios de mujeres: confinamiento y transgresión

“Cuanto me alegra escapar, para venir a mi página libre” escribía Virginia Woolf el 9 de noviembre de 1939 en su diario, que había comenzado en 1915 y que redactaría hasta el final de sus días, hasta que el 28 de marzo de 1941 decidiera quitarse la vida en las aguas del río Ouse. Escrito […]

Zibaldone

Entre la ficción y la pragmática

“Muchos libros aparecen con un retrato en la tapa. ¿Esto indica que son los que tienen autor?”. La pregunta de Macedonio Fernández adquiere en estos días particular actualidad con la polémica surgida a raíz de la novela Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro. Parafraseando a Macedonio, ¿el retrato de García Morales en la portada indica que el libro tiene como protagonista a la autora de El Sur? De la misma manera que la pregunta de Macedonio ponía en discusión la referencialidad entre el nombre de portada y la primera persona de la narración, la pregunta sobre la portada de la novela de Navarro obliga a interrogarse sobre la referencialidad entre la fotografía e, incluso, el título de la novela con el personaje y, a su vez, con la persona que fue García Morales. Dejando de lado valoraciones críticas acerca de la obra de Navarro y asumiendo, inocente sería no hacerlo, los mecanismos de promoción utilizados por todo sello editorial (evidentemente es más fácil vender un libro en cuya portada aparezca el nombre y el rosto de una persona reconocible), en el debate suscitado a partir del crítico artículo de Víctor Erice, se han mezclado dos ámbitos distintos.

Opinión

Más en El Subjetivo

Jorge Freire

El enfenestrado

«Cuando a un político lo defenestran, lo destituyen; cuando a un ciudadano lo enfenestran, lo restituyen: en concreto, a una garita en la que le toca hacer guardia permanentemente»

Opinión