José María Albert de Paco

Chacachoisie

«En efecto, no hubo turra en catalán, la más impositiva de todas por inútil, ya la 'llengua' convertida en un mero atributo del que recelar, otro lazo amarillo»

Opinión

Chacachoisie
Foto: DENIS CHARLET| AFP
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

De 190 euros a poco más de 40. Tal era la diferencia entre una ida y vuelta Madrid-Barcelona en el AVE convencional y el mismo doblete en Ouigo, el tren de alta velocidad de la compañía francesa SNCF, que empezó a operar en España el 7 de mayo. ¿Dónde estaba el quid? ¿Sería ese convoy una suerte de ‘sevillano’ con ínfulas? ¿Un ‘transmiseriano’ para millennials? Media hora antes de partir, un whatsapp trató de infundirme un cierto anhelo de aventura, como si lo que me aguardara fuera un pasatiempo estimulante: «Querido pasajero, ¿qué tal estás? Esperamos que con muchas ganas de comenzar tu viaje porque el embarque de tu tren ya está abierto. […] ¡Que tengas buen viaje!». A la primacía del tuteo no puede oponerse más que un mohín de resignación, e incluso me parece conveniente que así sea, no vaya a confundirse a quienes seguimos cultivando el tratamiento de usted con un novísimo reducto de ofendidos.

Por lo demás, hasta ese momento nada hacía presagiar una experiencia truculenta, susceptible de un artículo airado. Bien es cierto que en el hall de Atocha, el azafato que organizaba la fila nos apremió algo enfáticamente para que lleváramos el billete a la vista y el paso por el control fuera más fluido, pero la inmunidad de rebaño frente a este tipo de lances hace ya tiempo que excede del 90%. ¡Ah, si a mi padre, con mi edad, le hubieran siquiera sugerido ese ‘rapidito, que nos vamos’! En cualquier caso, me dije, ese protocolo, lejos de abaratar el precio parecía encarecerlo, por lo que la trampa, la razón de esos 150 euros de diferencia, debía de aguardar en el interior mismo del tren. ¿Nos darían escobazos en mitad de los túneles? ¿Nos intentarían vender una vajilla a la altura de Guadalajara, como a mi pobre abuela cuando salía de excursión por 10 euros (menú y «café con gotas» included) con el casal de jubilados de la Barceloneta?

Ya en el andén, atisbé una probable explicación: los vagones (Alstom Eurodúplex) disponen de dos alturas («Tierra» y «Cielo», según la nomenclatura fengshui de Ouigo), lo que optimiza el número de plazas hasta alcanzar un total de 509, 105 más que los vehículos de la serie 103 del AVE que cubren el trayecto Madrid-Barcelona. La contrapartida es que los techos son algo bajos (particularmente en la Tierra). Esa nimiedad (simpáticamente contrarrestada con el aire a lo Imaginarium del mobiliario) una vibración algo más perceptible de lo habitual (sobre todo en el Cielo) y el hecho de que el bar, en una flagrante vulneración del Madrid Way of Life, estuviera cerrado, clausuran el capítulo de aprensiones ‘tripadvisor’.

En cuanto a los avisos por megafonía, esa irritante letanía con que las empresas ferroviarias le recuerdan a uno su insignificancia (¡el pop-up desvirtualizado!), son al menos algo más diáfanos que esos intrigantes jadeos de tuberculoso del tren de toda la vida; además, presentan trazas de la fraseología de Vueling. Al arrancar, un maquinista llamado Fernando nos dio la bienvenida en nombre de la tripulación, y aun nos informó, en una exótica contorsión aérea, de la «duración aproximada del viaje». Primero en español y luego en inglés. En efecto, no hubo turra en catalán, la más impositiva de todas por inútil, ya la llengua convertida en un mero atributo del que recelar, otro lazo amarillo. Jubilosamente, la omisión (esto es, el desdén) coincidió con la noticia de la prohibición en Francia del lenguaje inclusivo y de la inmersión lingüística, por lo que me dije que al fin España iba a conocer el jacobinismo en todo su esplendor, y que tal vez Ouigo fuera, además, una escuela low cost contra el asterixmo. Un avantage peut en cacher un autre.

El chasco me lo llevé a la vuelta, en que sí hubo versión en catalán (¿dependería el protocolo de la ciudad de origen, según la secular distinción entre locales y visitantes?). Con todo, que la Norma (escribo para mis coetáneos) nos hablara, no en el estándar de costumbre, sino en concupiscente valenciano, alivió el trance, e incluso hubo en ello algo de goce.

Este, claro está, es un artículo en pruebas.

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