Daniel Capó

Contra toda esperanza

El emperador va desnudo y por emperador no entiendo sólo al gobierno Sánchez, sino a una sociedad cuyas ideologías reinantes, además de sentimentales y divisorias, aparecen ahora en toda su banalidad.

Opinión

Contra toda esperanza
Foto: SUSANNA SAEZ
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

La historia se alimenta de símbolos y de imágenes; también de palabras, mitos y relatos. Los hay dotados de fuerza icónica; otros, en cambio, resultan sombríos hasta rozar la infamia. Algún día, por ejemplo, los historiadores del futuro juzgarán con dureza la frivolidad de un gobierno que confundió la dignidad con el activismo y que se dedicó a azuzar la participación en las manifestaciones del 8-M, en lugar de exigir a la ciudadanía responsabilidad y prudencia. Ya habrá tiempo de hablar de ello antes de que el olvido –como una damnatio memoriae– caiga sobre una clase política que en su conjunto se ha mostrado incapaz y efébica, es decir, infantilizada hasta niveles que ni podíamos imaginar a pesar de tantas advertencias acumuladas. Pecamos de ceguera porque el hombre necesita creer: lo anhela de forma incesante, en contra de toda evidencia. Fue Marc Bloch quien ya advirtió de que el fracaso social responde siempre a errores de inteligencia, a marcos cognitivos claramente fallidos. Hay algo trágico en el modo en que las sociedades persiguen obstinadas su autodestrucción. Por supuesto no siempre, sólo a veces. Ahora, pongamos por caso.

Hay un abismo entre la actitud responsable y la frívola estupidez. La primera es prudencial; la segunda, orgullosa e ignorante. La primera respeta los límites y se dedica a contener las emociones; la segunda alimenta la ira y desconoce la piedad. La llegada de un shock externo, de magnitud inaudita, hace aún más patente el mal que nos corroe internamente. El emperador va desnudo y por emperador no entiendo sólo al gobierno Sánchez, sino a una sociedad cuyas ideologías reinantes, además de sentimentales y divisorias, aparecen ahora en toda su banalidad. Es el tiempo de la unidad, del esfuerzo y de la fortaleza. Vienen meses muy duros, sin los deberes hechos y sin un trabajo previo de concienciación. Pero saldremos adelante, por supuesto que lo haremos. Esa fue la gran convicción del siglo XX; la de Nadiezhda Mandelstam, que fue capaz de esperar contra toda esperanza, de esperar a pesar de todo, porque sabemos que la esperanza es el futuro del hombre y es también nuestro futuro: el íntimo, el personal, el colectivo.

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