Julia Escobar

De la eutanasia a la solución final

«Estas decisiones individuales podrán parecernos objetables o no, pero no son comparables en peligrosidad con la aplicación sistemática e ideológica, por parte del Estado, de una política de eugenesia selectiva e implacable como la llevada a cabo por los nazis»

Opinión

De la eutanasia a la solución final
Foto: Eric Koch / Anefo| Wikimedia Commons

El pasado lunes se presentó en modo virtual el libro de Henry Friedlander, Los orígenes del genocidio nazi. De la eutanasia a la solución final (Ediciones Cinca), traducido del inglés por Borja Folch, y propiciado por el Centro Sefarad y el Comité español de Representantes de personas con discapacidad (CERMI) . Es muy de agradecer la ingente labor que ha significado traducir y publicar esta obra fundamental para intentar entender lo que supuso ese espanto dentro de los horrores del «Feroz siglo XX», como tituló Robert Conquest su ensayo sobre la destrucción de las ideologías, aún no traducido al español. 

La eutanasia, la eugenesia, el derecho a elegir la propia muerte (por cierto, entre los partidarios de la muerte asistida pocos aceptan como tal morir cuando te toque o cuando Dios quiera), es un tema que a nadie deja indiferente. Koestler, reconocido anti totalitario, autor de la famosa «tesis Rubashov», a quien Orwell definía como «un pesimista a corto plazo», había fundado Exit, una sociedad para la muerte voluntaria. Enfermo de Parkinson, se suicidó a los 77 años en Londres el 1 de marzo de 1983 junto a su mujer de 56, que estaba en perfecto estado de salud; desconcertante decisión la de ella que originó cierta polémica en aquel momento. Desde siempre, y en las legislaciones que consideraban estos casos como asesinatos, ha habido numerosos juicios contra aquellos que ayudaron a morir a parientes o amigos que se lo habían pedido. Estas decisiones individuales, podrán parecernos objetables o no, pero no son comparables en peligrosidad con la aplicación sistemática e ideológica, por parte del Estado, de una política de eugenesia selectiva e implacable como la llevada a cabo por los nazis, o nacionalsocialistas, como no deja de señalar Henry Friedlander (a no confundir con Saul Friedländer, el otro gran investigador del Holocausto, ambos supervivientes de Auschwitz), en su esclarecedora Nota sobre el lenguaje.  

El autor se detiene a examinar las teorías científicas eugenésicas y de higiene racial, tanto en Estados Unidos, en Gran Bretaña y Alemania, como caldo de cultivo necesario para que luego, con el triunfo del Partido Obrero Nacional Socialista Alemán en 1933, fuera posible la implementación de la utopía de la higiene racial. En julio de 1933 se promulgó la llamada Ley de Esterilización que sirvió como modelo hasta 1944 a toda la legislación eugenésica por medio de la cual se introdujo la esterilización obligatoria para personas que presentaban distintos trastornos mentales y físicos y definió los grupos que debían ser excluidos de la comunidad nacional. Se trataba de la «destrucción de la vida indigna de vida» o vidas sin valor. 

Es muy grande la tentación de querer proyectar en el presente algunas de las tendencias investigadas en esta monumental obra, y aún más pensar en sus posibles repercusiones en el futuro, pero quienes creemos en la evidencia del mal sabemos que «el vientre del que ha surgido la bestia inmunda sigue fecundo», siendo la bestia no un dictador determinado o un iluminado que toma el poder, si no el Estado. 

Lo más significativo y valioso de la obra de Friedlander es el haber centrado el riguroso, y exhaustivo relato de los orígenes del genocidio nazi que hace aquí en el asesinato en masa de aproximadamente 70.000 ciudadanos alemanes con discapacidades físicas, intelectuales y mentales durante el llamado programa de «eutanasia», iniciado en 1939, que llevaría a la solución final con sus más de seis millones de víctimas, entre hombres, mujeres y niños. En dicho relato, a través de una amplia y detallada documentación, podemos ver con pruebas irrefutables cómo los políticos, los médicos y los científicos nacionalsocialistas lo pusieron en práctica de la manera más cruel en centros de exterminio e instituciones hospitalarias, por mucho que lo disfrazaran con eufemismos. Muchos de esos asesinos fueron juzgados y ejecutados, pero otros salieron de rositas.

Entre estos monstruos que fingen ser personas quiero destacar a Heinrich Gross, mencionado en el libro como uno de los médicos asesinos, cuya historia, muy significativa, se ha repetido también posteriormente, tras la caída del muro de Berlín, en los países excomunistas del Este con muchos de los torturadores y cómplices de la era soviética. Gross era un psiquiatra que se dedicó a experimentar con niños deficientes e incapacitados en el hospital vienés de Spiegelfund durante los años cuarenta. El caso contra él no se cerró porque en realidad nunca se llegó a abrirse. Cuando murió, algunas de sus víctimas vivían todavía y durante muchos años intentaron procesarlo en vano. Siempre consiguió zafarse de las acusaciones e incluso gozó durante décadas de la protección del Partido Socialista austriaco, llegando a recibir, en 1975, la Cruz al Mérito Científico, aunque se la retiraron en 2003. Se le atribuyen –censadas– 789 muertes de «vidas sin valor». En los años noventa una de sus víctimas le reconoció y descubrió que trabajaba para el Ministerio de Justicia austriaco como perito judicial y psiquiatra. Fue inculpado, pero se le declaró incapaz por su mala salud y el 28 de diciembre de 2005 moría en su cama con más de 90 años. 

Para terminar con lo que todo esto puede representar en el presente y en el futuro, me gustaría reproducir lo que contestó la investigadora Rosa Sala Rose, cuando a raíz de la publicación en 2005 de su «Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo» la preguntaron en una entrevista sobre qué es lo que pervivía en nuestros días del nazismo:

«Lo que llama más la atención son los «skinheads», pero lo más grave es la negación del Holocausto por los neonazis (acotación mía: ¡si sólo fueran los neonazis!, pero sigo). Tenemos muchas herencias: La publicidad de perfumes en blanco y negro y la mirada perdida en el horizonte: pura estética Riefestahl (segunda acotación: no parece muy grave…); el ecologismo, que es muy alemán, anterior al nazismo y se vincula al nacionalismo étnico: los primeros parques nacionales se fundaron en la época nazi… Y la medicina alternativa: recordemos el Hospital Rudolph Hess, que se sustentaba en la medicina natural y homeopática. 

Esto, a mi entender, es lo más inquietante, porque, en efecto «el vientre del que ha surgido la bestia inmunda sigue siendo fecundo». 

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