The Objective
Fernando Savater

El año intransigente

«Tengo ya muchas canas pero todavía bastantes ganas. Y en vez de mirar a las cosas y las personas con irónica benevolencia, cada vez tiendo más a la intransigencia»

Despierta y lee
El año intransigente

Ilustración de Alejandra Svriz.

La comparación de nuestras vidas con ríos que desembocan en el mar de la muerte se ha reiterado muchas veces, desde la justamente célebre de Jorge Manrique. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, compara la vejez con un amplio estuario en el que la vida se ensancha antes de acabar y dejamos atrás nuestras mezquinas preocupaciones personales para ocuparnos de los grandes problemas sociales y las incógnitas metafísicas. Ahora que ya soy viejo, me gustaría aportar mi testimonio en apoyo de esta opinión de Russell, de quien siempre me he considerado indigno discípulo, pero francamente no puedo. Más bien diría que todo lo contrario.

Ahora me río de los esfuerzos por enmendar el camino de la humanidad y remediar sus males seculares, y no digamos de la pretensión de despejar las incógnitas del destino humano. Me limito a intentar aliviar los dolores que aquejan a los que me rodean, a los que más quiero, entre los que me incluyo en lugar destacado. Siento no tener un alma tan generosa como la de lord Russell: la vejez me ha hecho más recelosamente egoísta, menos quijotesco y más sanchista (de Sancho Panza, claro, no de Sánchez).

De modo que la llegada del 2026 no me encuentra afilando mi lanza y buscando a Rocinante para salir a campo abierto donde ajustaré las cuentas a brujos y malandrines, sino sentado en mi sillón favorito con las piernas envueltas en una manta, porque hace ahora bastante fresco en Donosti. Y mientras llega la hora de ir a ver la peli que hoy tengo en la tele (creo que es La venganza de Ulzana, con Burt Lancaster nada menos), repaso con inevitable fervor los acontecimientos del pasado inmediato y lo que se nos viene encima desde comienzos de 2026.

Una de las cosas que últimamente me ha sorprendido constatar es lo poco contemporáneo que soy. Hace pocas semanas, han muerto casi a la vez dos rockeros, Robe Iniesta y no sé qué Martínez, cuya desaparición han sentido casi como una desgracia familiar gente de toda edad y condición. A punto ha estado de declararse luto nacional por tan sensible pérdida. Pues bien, debo confesar que ni me suenan sus nombres (bueno, Martínez sí, pero creo que son otros) ni soy consciente de haber oído nunca sus trinos. Es más, del tal Robe se han citado con arrobo algunos fragmentos de sus letras en las necrológicas y me ha pasado lo que otras veces con versos o párrafos de novelas muy encomiados: que me quitan del todo el interés por el resto del producto.

Pero en fin, son fatigas de no ser del todo contemporáneo. Lo mismo me ocurre con cuestiones que en apariencia despiertan unanimidad ideológica, como el desalojo del instituto desafectado de Badalona, okupado por 400 indigentes: el alcalde Albiol se ha ganado los peores dicterios como tirano municipal, propinados por almas generosas con lo ajeno y que viven confortablemente lejos del problema. Si no fuera por artículos como el de Sonia Sierra publicado en TO (y muy adecuadamente titulado Badalona y la hipocresía progre) o el de Gonzalo Quintero, siempre preciso, aparecido en Almacén de derecho con el título El desalojo de inmigrantes ilegales, sería cosa de considerarme una especie de caníbal político, partidario de la inhumanidad más despiadada.

«Los años no me han traído el sosiego de los sabios ni ese distanciamiento de las pasiones»

Pero con los años he aprendido que no es lo mismo ser muy humano que voluntariosamente muy ignorante, aunque exhibiendo ignorancia como humanidad se ganan muchos aplausos.

Al llegar al definitivo estuario de la vejez, no me siento inclinado a la serenidad de esos grandes interrogantes que uno se plantea con la tranquilidad de que nadie los responderá jamás, como parecía recomendar Russell (que tampoco ni joven ni viejo fue de temperamento plácido). Admito que los años no me han traído el sosiego de los sabios ni ese distanciamiento de las pasiones que permite vivir sin sobresaltos ni arrebatos.

Tengo ya muchas canas pero todavía bastantes ganas. Y en vez de mirar a las cosas y las personas con irónica benevolencia, cada vez tiendo más a la intransigencia, sea a favor o en contra. Por eso me gustan tanto esos versos de Dylan Thomas (que me sorprendió tan gratamente encontrar en el Interstellar de Christopher Nolan):

«No entres dócil en esa buena noche.

La vejez debería arder y delirar al final del día;

rabia, rabia contra el ocaso de la luz»

Amigos lectores, a los jóvenes con envidia y a los viejos con fraternidad, os deseo un año 2026 intransigente contra el ocaso y enamorado de la luz.

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