The Objective
Fernando Savater

¡Aló Madre Tierra!

«Como ya la fábula del apocalipsis climático despierta cada vez menos apoyo, ahora va a pasarse al cuento infantil, por medio de una campaña para sacar cuartos»

Despierta y lee
¡Aló Madre Tierra!

Cartel publicitario del Gobierno sobre la Madre Tierra. | Ministerio de Medio Ambiente

Comienzos de año. Según dice la estadística, en España tenemos una letal epidemia silenciosa de suicidios. Bueno, tan silenciosa no es porque he leído la noticia esta misma mañana en tres periódicos diferentes. Se suicidan muchos más varones que mujeres, y sobre todo jóvenes. Lo de los varones es lógico, porque solemos creer —¡pobrecillos!— que lo que ocurre es responsabilidad nuestra: una forma como otra cualquiera de darnos importancia, pero que en determinadas épocas puede resultar peligrosa.

Que los suicidas sean más bien jóvenes es algo muy interesante y significativo, pero también de lo más lógico. Verán, los viejos no le vemos suficiente gracia a empuñar la muerte contra nosotros mismos, salvo dolores físicos atroces (los psicológicos son peores, pero acompañan más): a cierta edad, por fin, nos convencemos ya de que somos mortales, no como especie sino como individuos. ¡Anda que no nos ha costado enterarnos! Que un individuo convicto de mortalidad se dé la muerte es algo bastante redundante, una manifestación intempestiva de urgencia: ¿a qué tantas prisas? Los clásicos recomendaban al viejo sentarse a la puerta de su casa a ver pasar el cadáver de su enemigo (yo he visto pasar bastantes y enseguida he simpatizado con ellos sin poderlo remediar). Pues no te sientes, túmbate y pronto será el tuyo el que pase, aunque no lo veas…

El caso de los jóvenes, en cambio, ya es otra cosa, porque lo que caracteriza a los jóvenes es creerse inmortales. Aceptan la muerte, pero de un modo genérico y declamatorio; la de los demás. «Murieron otros, pero fue en el pasado, estación propicia a la muerte…». Confiar en la propia inmortalidad es muy satisfactorio en los momentos de dicha, como las primeras etapas del enamoramiento. Pero aumenta pavorosamente el alcance de las contrariedades, que se hacen infinitas y, por tanto, insoportables. Una buena imagen del infierno puede ser un paraíso que no nos gusta del todo y del cual ya no podemos escapar porque somos inmortales… O sea, la juventud.

Pero no empecemos el año teorizando sobre el suicidio. Recordemos mejor las cosas nobles y hermosas que todavía vemos a nuestro alrededor. Personas admirables, aunque con frecuencia traicionadas por quienes debían serles fieles, como el excelente Zelenski (al que muchos de sus falsos amigos critican hoy para justificar su vergonzoso abandono), o la corajuda María Corina Machado, sometida al mismo maltrato por quienes no le llegan ni al tobillo. Por no mencionar a las heroicas rebeldes iraníes, protagonistas de la insurrección más emocionante y digna de apoyo que hay hoy en el mundo, aunque las den de lado las activistas de tres al cuarto como la Greta Thumberg y los clericaloides antisionistas que se ocupan de proclamar lo adecuado de las banderas entre nosotros.

«El mejor motivo para no ceder sea cual fuere nuestra edad a las tentaciones autodestructivas es la fidelidad a la risa»

O tantos y tantas —bueno, quizá no sean tantos ni tantas, pero en fin— que en el País Vasco no se dejan arrastrar por la ola acomodaticia que otorga certificado de buena conducta a los etarras y servicios auxiliares que hayan decidido de momento no matar. En Euskadi hemos tenido gentuza de tal calibre que han funcionado como etarras pero sin siquiera atreverse a serlo. También levantan el ánimo periodistas decentes como Chapu Apaolaza contestando ante las cámaras a ese miserable que ha llamado gusanos y fascistas a los exilados venezolanos en España. O a los que, sea en papel o en digital, han denunciado el chantaje perpetrado desde Cataluña por el fariseo Illa en compañía de otros para romper la solidaridad que constituye el latir del corazón de España. Y vergüenza para los apesebrados que han pretendido maquillar desde la prensa y las tertulias semejante indecencia: dan asco y pena.

Sin embargo, el mejor motivo para no ceder sea cual fuere nuestra edad a las tentaciones autodestructivas es la fidelidad a la risa. La carta que los suicidas suelen dejar dirigida al señor juez y que tradicionalmente empieza «no se culpe a nadie de mi muerte» debería mejor poner «cúlpese de mi muerte a todos los que se empeñan en tomarse este mundo en serio». Porque incluso los peores bribones, como también son incurablemente imbéciles, suelen siempre dar motivos de carcajada. Por ejemplo, este titular, leído —cómo no— en El País: «El Gobierno lanza una campaña para dar voz a la Madre Tierra».

En efecto, como ya la fábula del apocalipsis climático despierta cada vez menos apoyo entre la gente sensata, ahora va a pasarse directamente al cuento infantil, por medio de una campaña publicitaria para sacar cuartos (pero… ¿ha sido alguna vez otra cosa?). Claro que no todo es broma, porque la charleta de la Madre Tierra tiene un presupuesto de dos millones de euros, que sacarán de apuros a algunos frescos de la recua sanchista. ¡Aló, aló, Madre Tierra! ¿Cuándo se cobra? En fin, volvamos a morirnos, pero de risa: ¡mátame, camión!

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