The Objective
Fernando Savater

Acusaciones

«Primero se ve denunciado, luego chantajeado para que cese el acoso y finalmente pierde el dinero y el prestigio. Y en ocasiones sin que exista una denuncia formal»

Despierta y lee
Acusaciones

Ilustración de Alejandra Svriz.

Introducir en la sociedad un arma nueva y de efectos eventualmente aniquiladores es una enorme responsabilidad que sin duda merecería ser castigada con el infierno si tal lugar de veraneo existiese. Los seres humanos nos necesitamos y buscamos unos a otros con exigencia, nada puede realmente satisfacernos salvo nuestros semejantes, pero por eso mismo precisamente siempre hay un fondo de rencor por la demanda frustrada en nuestras relaciones. Queremos tanto a los demás, esperamos tanto de ellos que a menudo no los podemos ni ver. El amor es lo único que justifica la vida, pero cuando falla o falta, el gran vacío exige venganza.

Por eso hay que evitar crear armas nuevas, sobre todo si además son fáciles de manejar, no exigen fuerza ni puntería ni desde luego valor: al contrario, las armas más letales se cargan de cobardía y resentimiento. Desde luego, quienes las manejan se inspiran en su desdicha. No son buenos, pero mucho menos felices. La criatura monstruosa fabricada por Frankenstein le declara en la más escalofriante de sus noches: «Soy malo porque soy desgraciado». Es una explicación, aunque no una excusa. La maldad debe ser castigada, desde luego, pero también compadecida. El humanismo consiste en ser capaz de lo uno y de lo otro.

La más dañina de las armas contemporáneas es solo para uso doméstico: no sirve para repeler a los invasores ni conquistar a los vecinos, sino que funciona pudriendo los vínculos que nos ligan a quienes nos acompañan en el parque de la vida. No muerde en la carne ni derrama sangre, sino que destruye cosas aún más vitales, como la confianza en la palabra o el respeto a la integridad ajena, salvo pruebas en su contra.

Me refiero a ese mundo de delaciones y acusaciones que funcionan destructivamente antes de comprobación alguna y que se vienen englobando bajo la rúbrica hollywoodense de Me too. Su carácter venenoso no depende de los hechos denunciados, que de ser ciertos pudieran ser delictivos, ni de las pruebas de culpabilidad que existen contra los acusados, sino de que nada más formulada la denuncia ya es públicamente aceptada como verdadera por personas influyentes que descalifican a quienes muestran dudas sobre el caso, mientras los medios de comunicación escandalófilos —o sea la mayoría— agitan el asunto a más y mejor.

Se acepta como regla general incuestionable, algo así como una ley natural de la sociedad, si tal cosa pudiera existir, que los varones pretenden imponerse siempre a las mujeres, sea por las buenas o por las malas, es decir por la rutina tradicional o por la fuerza bruta. De modo que las denuncias por malos tratos o violencia de género no son sino confirmaciones particulares de la pauta previamente asumida como norma genérica. Quien cuestiona la culpabilidad de un varón incriminado está en realidad dudando de la norma universal que ha emancipado a las mujeres del patriarcado secular. Y si ese varón al que quiere absolverse es además una persona de relevancia social por cualquier motivo, al reforzamiento del patriarcado se le une además la complicidad con el poder, arrogante y abusivo por naturaleza.

«Todo parte de un malentendido de base: al denunciar un abuso, uno o una se convierte en denunciante, no en víctima»

Finalmente, los que no suscriben la condena del acusado —de cualquier acusado— acaban siendo peor considerados que aquellos a los que se pone en la picota. Hay un último ingrediente, de importancia no desdeñable: el interés económico. Si el denunciado es un pez gordo, se le puede sacar pasta, a cambio de dejar de armar jaleo a su costa. Primero se ve denunciado, luego chantajeado para que cese el acoso y finalmente pierde el dinero y el prestigio. Y en ocasiones, sin que haya existido siquiera una denuncia formal ante la instancia debida.

Todo parte de un malentendido de base: al denunciar un abuso, uno o una se convierte en denunciante, no en víctima. Y eso no cambia porque cierto número de personas proclame estruendosamente: «¡Yo sí te creo!». Bueno, ¿y qué? ¿Quién le ha llamado a usted para meter el cazo en este guiso? ¿Qué autoridad tiene usted para respaldar o rechazar la denuncia de otro? ¿Qué quiere usted pescar en ese río revuelto? A partir de la publicación del necesario libro de Soto Ivars, que es un estudio documentado y no un rebuzno emocional, sabemos que hay muchas denuncias falsas, como el sentido común nos advertía ya desde el principio.

A mí me resultan poco fiables todas las denuncias de supuestos atropellos ocurridos hace nosécuantos años. Cuando a uno le roban la cartera, corre a comisaría a denunciarlo, no espera cuatro años antes de decidirse. Pero vamos, si hasta al difunto presidente Suárez le quieren meter una querella en la tumba… ¡Qué vergüenza que se dé pábulo a semejante farsa! Y la ministra de Igualdad, bello elemento, se interesa enseguida por esa olla podrida, como si supiera algo del caso o tuviera alguna autoridad en el asunto.

Y no digamos si el acusado es Julio Iglesias, señalado por unas supuestas víctimas (¡porque usted lo vale, señora!) movilizadas por una Sociedad Benéfica al lado de la cual la Camorra parece un dechado de transparencia. Y todos los medios desinformativos que padecemos dedicados a hacer juegos de ingenio sobre el aquejado, lo del truhan y el señor, ya saben, y contándonos muy ufanos lo que piensan sobre él. Mientras, las mujeres en Irán sufriendo de verdad, y las paticortas de por aquí diciendo implícitamente: «Hermana, yo ni te creo ni te dejo de creer, es que lo tuyo me da igual».

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