The Objective
Fernando Savater

Los cien contra Urtasun

«Ese centenar de chavales y chavalas de la Escuela Taurina no piden a las autoridades que desdichadamente nos gobiernan sino que no les roben sus sueños»

Despierta y lee
Los cien contra Urtasun

Ilustración de Alejandra Svriz

Hace bastantes años en Epsom tuvieron la notable idea de instalar un hotel en el mismísimo corazón del famoso hipódromo. El albergue se parecía demasiado a los demás hoteles ingleses, pero flaqueaba imperdonablemente a la hora del desayuno y solo ofrecía como bonus track el placer grandioso (para los aficionados medio chiflados como yo) de abrir la ventana al despertar y ver como paisaje la noble pista en que se han disputado tantos derbis. El hotel duró poco, creo que no llegó a cinco años, porque fuera de los días de carreras (unos diez por temporada) solo era frecuentado por parejas londinenses, evidentemente clandestinas y por tanto muy deseables, que dedicaban los fines de semana a montar, pero obviamente no a caballo.

Yo cumplí, sin embargo, mi mayor deseo: recorrer desde el poste de salida hasta el de llegada la célebre pista que ha servido para seleccionar las genealogías más insuperables del turf. A la mañana siguiente de mi llegada, tras un desayuno mediocre y temprano, me puse en marcha. Fui hasta la salida, humilde y casi vulgar, y desde allí inicié la mítica trayectoria de 2.400 metros en que aseguraron su gloria Hyperion y Mill Reef, Relko y Nijinsky, Sea Bird y Grundy… «La categoría de los grandes caballos no la deciden los expertos en linajes ni las recomendaciones de los propietarios cargados de millones, sino un simple trozo de madera: el poste de llegada del derbi de Epsom». Así opinó el más grande entrenador del siglo XX, Federico Tesio, y no hay nada que objetar.

Pues bien, era verano y hacía un rico calorcillo inglés. Yo caminaba algo sudoroso por el lateral de la gran pista, porque ya me habían advertido que no debía mancillarla con mis pisotones sin herraduras. Entonces comenzaron a pasar a mi lado los grupos de entrenamiento que operaban en el gran hipódromo: una hilera de purasangres, encabezada por el preparador y seguida por los caballos del turno, montados por los jóvenes aprendices —jovencísimos a veces— de la cuadra.

Al pasar junto a mí, el governor saludaba tocando su gorra, «Good morning, sir», y a continuación todas las frescas y simpáticas voces juveniles repetían la jaculatoria, del primero al último. Porque estaban aprendiendo su oficio y allí no solo se les enseñaba a montar y cuidar al caballo, sino también la cortesía y buenos modales que correspondían al trato de caballeros, es decir, de los que van a caballo. También en otros países los aprendices de jockeys pasan por la misma escuela, como cuenta Paul Vialar en su inolvidable L’éperon d’argent.

No sé si en otros deportes también la formación atlética se acompaña de cierta disciplina moral. Supongo que sí, aunque me cuesta admitirlo en el caso del fútbol, pese a que mi querido Albert Camus sostiene que aprendió ética en ese juego. Pero lo que sin duda es una escuela de la vida y sus mejores virtudes es desde luego el toreo. Lo ha explicado muy bien Víctor Gómez Pin y también se trasluce en la célebre biografía de Juan Belmonte que escribió Chaves Nogales.

«Ser torero exige una compostura (lo contrario al postureo), una cortesía, un arrojo sin fanfarronería»

El pasado domingo publicó ABC un formidable reportaje de Rosario Pérez sobre la Escuela Taurina José Cubero Yiyo. Dirigida por el maestro Fernando Robleño, congrega a un centenar de chicos y chicas de entre 11 y 17 años, que se reúnen semanalmente en la Venta del Batán, en plena Casa de Campo madrileña, para aprender no solo a torear, sino a ser toreros. Porque ser torero exige una compostura (lo contrario al postureo), una cortesía, un arrojo sin fanfarronería, una humildad para aprender que se convierte en pundonor a la hora de demostrar lo aprendido.

Lo que antes se llamaba buena educación, vamos, cuando aún no se había renunciado a educar como ahora, que solo se acumulan prohibiciones (¡las redes sociales, figúrense! o los toros, tanto para niños como para mayores) y a fomentar la pereza y la renuncia al esfuerzo. Desde Aristóteles, sabemos que educar no es instruir (lo siento, Ferlosio, pero sigo creyendo que estabas equivocado), sino fomentar la prudencia y superar el miedo.

Ese centenar de chavales y chavalas de la Escuela Taurina, que por supuesto compaginan sus estudios académicos habituales con su vocación por la tauromaquia, no piden a las autoridades que desdichadamente nos gobiernan, sino que no les roben sus sueños. No aspiran probablemente a ser ministros, sobre todo los de ahora, porque saben que eso solo se consigue degenerando. Quieren ser libres como es su derecho, quieren ser valientes porque pertenecen a la tradición española y quieren que les respeten porque ellos han aprendido a distinguir el respeto que se debe a los humanos y a los animales. Respetan a los toros, claro que sí, y hasta a los cabestros, para que vean.

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