The Objective
Fernando Savater

¡Ponle freno!

«De lo mucho que Félix Ovejero ha escrito contra la mísera mermelada teórica nacionalista, quizá ‘La invención del agravio’ sea su esfuerzo más completo y mejor»

Despierta y lee
¡Ponle freno!

Ilustración de Alejandra Svriz.

En uno de los innumerables relatos de Mark Twain que leí hace mucho y ya no tendré tiempo, ¡ay!, de releer, un personaje secundario protestaba contra los que protestan incansables de las inclemencias meteorológicas: «El mal tiempo, el mal tiempo… Oigo a todos quejarse del tiempo que hace, pero no veo que nadie intente remediarlo». En política, son muy frecuentes las denuncias contra los abusos y la deslealtad de los nacionalistas regionales, pero por lo general se asumen como algo inevitable, a lo que debemos resignarnos como a las borrascas o los terremotos.

Lo más que nos atrevemos a decir es que «los nacionalistas son así» y a intentar hacerles algunas concesiones apaciguadoras para que no se encrespen más de la cuenta y exijan el todo o nada. O peor: decimos que «los catalanes» o «los vascos» son así y nos encogemos de hombros, la mayor y más irrecuperable concesión que puede hacerse al separatismo.

Como si catalanes y vascos, por serlo, debiesen compartir casi por naturaleza la animadversión a la ciudadanía igualitaria española, que solo deben soportar en la medida en que puedan obtener privilegios y ventajas sobre los demás. Hay gente de buena voluntad que, aunque en el fondo detestan a los separatistas, también los admiran porque se salen con la suya, y hasta procuran imitarlos, no sea más que en categoría de aficionados. Enfrentarse rotundamente a sus aspiraciones sería antidemocrático, incurrir en el pecado simétrico de nacionalismo español, o aún peor, de «españolismo», que es más grave que ser español como tener apendicitis es peor que tener apéndice.

Todo viene de lo mismo, es decir, de la ignorancia: de no saber qué relación hay entre la ciudadanía democrática y las identidades culturales, qué actitud puede y debe tomarse frente al separatismo desde la izquierda o la derecha, que, en fin, lo verdadera y letalmente antidemocrático es asumir la autodeterminación secesionista como derecho del demócrata fetén. Y contra la ignorancia no hay mejor remedio o, al menos, paliativo que leer a los que saben. De eso va esta nota que hoy les ofrezco.

Seguramente habrán oído hablar del «conflicto territorial» que amarga desde sus inicios la vida a la democracia española. Los nacionalistas hablan del conflicto territorial como de una lamentable evidencia que los partidarios a ultranza de la unidad de España —y la propia Constitución española— se empeñan en negar. Los separatistas (o sea, los nacionalistas con metástasis) consideran el conflicto territorial no solo como evidente, sino como insultante para cualquier sensibilidad democrática, pues implica invasión, ocupación militar, expolio de recursos y por ahí todo seguido.

«No son los territorios los que se enfrentan en España, sino los ciudadanos empeñados en mutilarles la ciudadanía a los demás»

Pero lo más chocante es que los constitucionalistas y, por tanto, antisecesionistas también hablan del conflicto territorial, aunque sea para aliviarlo, hacerlo «conllevable» (¡Ortega!) o describirlo como una reacción lógica pero a veces desmesurada contra los excesos del uniformismo español.

Pues bien, abróchense el paracaídas porque el conflicto territorial es un mito ideológico (perdonen el pleonasmo) del mismo porte que el apocalipsis climático que solo se cura renunciando a la avaricia capitalista. Y digo lo del paracaídas porque yo he repetido muchas veces lo de que no hay conflicto territorial en España y me he llevado la del pulpo o, peor, se lo han tomado como una humorada marca de la casa. Y no, claro que no. No hay ningún problema inscrito ontológicamente en regiones españolas enfrentadas por agravios ancestrales ni tampoco por incompatibilidades que prohíban la patria común. No son los territorios los que se enfrentan en España, sino los ciudadanos empeñados en mutilarles la ciudadanía a los demás en ciertos territorios que proclaman suyos por derecho divino o algo peor.

O sea, no es que las naciones existan ineludibles y eternas como ideas platónicas, sino que son inventadas, incompatibles y reivindicativas por políticos ambiciosos que quieren aprovecharse del negocio de su segregación. Lo aprendí de Ernest Gellner: lo primero no son los territorios nacionales defendidos por nacionalistas, sino los nacionalistas que inventan y después defienden o se apoderan de territorios aún sin «nacionalizar». Esta es también la tesis central del último libro del profesor Félix Ovejero: La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española (Alianza Editorial).

Ovejero es un personaje singular y, por tanto, imprescindible en nuestro panorama intelectual. Nadie ha escrito análisis tan finos y a la par contundentes de la ideología nacionalista (una religión sustitutoria que cuenta con muchos devotos en España, unos académicos y otros pandilleros, pero todos con una fe que mueve montañas, sobre todo de subvenciones). El nacionalismo semiseparatista o separatista frenético es ante todo un buen negocio: da a sus feligreses algo por lo que vivir, pero sobre todo algo con lo que medrar.

«No hay razones ni medio convincentes para aceptar el nacionalismo como algo ‘natural’»

Desengáñense, no hay secesionistas desinteresados: puede que los hubiera, pero no sobrevivieron a Franco. Lo peculiar del posicionamiento de Ovejero, cuyo antinacionalismo le ha perjudicado indudablemente en su carrera académica en la Universidad de Barcelona, viene a ser que su crítica despiadada y, por supuesto, nunca refutada de la religión sustitutoria la hace siempre desde las posiciones de la izquierda ilustrada tradicional.

No solo no considera que la izquierda debe hacerse separatista —¡de algo hay que vivir!—, sino que la ha criticado acerbamente por buscarse un acomodo que a la larga le será letal en el rincón más reaccionario del espectro (nunca mejor dicho) político. De lo mucho que Ovejero ha escrito contra la mísera mermelada teórica nacionalista, quizá La invención del agravio sea su esfuerzo más completo y mejor. Empecemos por lo primero: no hay razones ni medio convincentes para aceptar el nacionalismo como algo «natural». No lo es: ni desde la historia, ni desde el sentimentalismo tardoherderiano, ni mucho menos desde el progresismo. Y por supuesto es falso que todo el mundo que apoye su país de ciudadanos sea también nacionalista de signo opuesto.

Los nacionalistas no quieren unir, sino segregar: los auténticos nacionalistas catalanes o vascos se niegan a compartir ciudadanía con los supuestos «españolistas», que en cambio exigen saberse catalanes, gallegos y lo que haga falta para ser españoles por completo. La pregunta final del libro de Ovejero, y no puede reprochársele que la deje en parte sin responder, es «¿qué debemos hacer y sobre todo votar para ponerle freno al nacionalismo?». Desde luego, nada de darles la razón ni bailarles el agua para que se sosieguen, porque alimentar con yogur y fresas a los devoradores de hombres no les hace olvidar que son carnívoros.

Este martes, en la celebración del 47º aniversario de nuestra Constitución, presidida por los Reyes, han estado presentes todos los grupos políticos, salvo los separatistas graves y leves de Cataluña, Euskadi y Galicia. Estos renegados nos han hecho saber con su habitual gravedad que «no hay nada que celebrar». En efecto, mientras ellos existan, cualquier celebración se frustra en parte, pero hay que seguir celebrando nuestra ciudadanía española hasta que tengan que admitir que es mayoritaria y definitiva.

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