The Objective
Fernando Savater

Lucidez moral

«La tiranía que emplean los gobernantes contra los ciudadanos que no desean someterse es el peor desorden, nacional e internacional»

Despierta y lee
Lucidez moral

Ilustración generada mediante IA.

Muchas cosas se le pueden reprochar a Trump —y agradecerle también algunas, luego veremos—, pero hay que reconocerle un mérito indudable: habernos salvado de Kamala Harris. Lo he recordado viendo a Susan Sarandon en el aquelarre de los Goya, tan Kamala que peor, y leyendo esa curiosa expresión, «lucidez moral», que por lo visto aplicó a nuestro Pedro el Grande. Hay expresiones tan erróneas que aciertan si se las lee del revés y esta es una de ellas. Y no solo aplicada al señor presidente, sino a tantos moralistas que nos acosan.

Veo un comentario en un periódico local sobre el documental 2+2=5, centrado en Orwell y su 1984, que empieza diciendo que esa distopía está más de actualidad que nunca dado el actual peligro que supone la extrema derecha… ¡Y el bueno de Orwell, que quería alentar contra el comunismo y su falsificación del lenguaje moral!

Todo el carnaval de los Goya exultó de lucidez moral. Dejando de lado el numerito cómico-musical del principio interpretado por Luis Tosar, un buen actor con tanta vis cómica como Salvador Illa (confieso que lo único que vi), el resto consistió en conceder un minuto a cada premiado para demostrar su lucidez moral: los extenuados amigos que dormitaron el castigo hasta el final me aseguran que la mayoría aprovecharon dócilmente su oportunidad (¿a quién que se le ofrece una ventana de oportunidad no se tira por ella?).

Uno se pregunta por qué actores y actrices muestran una estupidez tan superior a la media. Yo creo que se debe a la dichosa ventana de oportunidad en los Goya, los Oscar o en los varios festivales del ramo. Ya sabemos que en griego el oficio de actor se llamaba hypocrités, que suena a lo que suena. Pero yo no creo que se trate de hipocresía, o solo en algunos casos: prefiero suponer estupidez, que proviene de tener que hablar de lo que no saben. Si los jockeys, los notarios, los afinadores de pianos o los bomberos tuvieran festejos anuales en los que debiesen dar su opinión sobre el devenir sociopolítico del mundo ante mucha gente, probablemente se les despertaría la maldita lucidez moral, que tanto daño hace al sentido común.

Mi ejemplo preferido es el actor Carlos Cuevas, al que no tenía el gusto de conocer, que desde la alfombra roja nos arengó así: «Vienen curvas, creo que la ultraderecha está subiendo mogollón, hay que leer y espabilar, hay que pensar mucho y hay que ver cómo nos movilizamos, cómo nos quejamos ante lo que no está bien». Más lucidez, ni el Papa. Y además una revista comentaba que el señor Cuevas, nada que ver con ningún empresario, cuidado, había ganado el premio al reloj deportivo más elegante de los Goya 2026. Ahí es nada: además de libros, sabe leer el reloj…

«Hay que ponerse del lado bueno de la historia, como exige Kamala Sarandon, poniendo como ejemplo a Pedro Sánchez»

Hay que aprender a quejarse de lo que no está bien, recomienda Cuevas. O sea, hay que ponerse del lado bueno de la historia, como exige Kamala Sarandon, poniendo como ejemplo a Pedro Sánchez, que además de moralmente lúcido es alto y guapo. Ese lado soleado y apetecible comienza en Palestina y el genocidio que padece, tal como tanto se ha predicado. Muchos goyescos llevaban puesto su pin de Free Palestina, como Alá manda.

Pero por pocas horas se perdieron la causa que después se ha puesto de moda, la de Irán. Me refiero al inicuo bombardeo americano que ha costado la vida a Jamenei, ese santo varón, claro. También están las mujeres martirizadas durante décadas por no ponerse bien el velo y las 30.000 personas liquidadas por los Guardianes de la Revolución en las protestas contra el régimen teocrático. Pero de eso hablaremos quizá en los Goya del año que viene o en el Festival de San Sebastián.

Para que se vea que los titiriteros no tienen la exclusiva de la lucidez moral, basta con leer y escuchar a los opinadores de nuestros medios. No elogian a los ayatolás, desde luego, aunque reconocen que tenían a su favor el orden internacional que se ha saltado Trump, pero la agresión yanki es intolerable y no hará más que empeorar la situación de los iraníes rebeldes. ¿Y ellos cómo lo saben? ¡Ah, pues por lucidez moral pura y dura!

Como no tengo ese don maravilloso, yo me resigno a preguntarles a los nativos que hasta ahora padecían a esos tiranos tan injustamente neutralizados. Si se trata de Venezuela, no pregunto a Ione Belarra ni mucho menos a Zapatero, a pesar de sus méritos, sino a María Corina Machado o Leopoldo López y los encuentro, a ellos y a la mayoría de los venezolanos que conozco (que no son pocos), con más esperanzas para la democracia de su país desde que Maduro fue fumigado. Con miedo, claro, con dudas y recelos, pero con gratitud porque por fin se ha hecho algo contra el chavismo y no simplemente reconvenirle sus malos modos.

«En muchas situaciones el orden internacional no hace más que proteger a los malvados»

Si se trata de Irán, resulta que he leído hace pocas semanas una entrevista (Causeur, febrero 2026) a Iraj Mesdaghi, preso en las cárceles de la república islámica, torturado y testigo de millares de ejecuciones. Después de un azaroso calvario, logró exiliarse en Suecia, donde reunió pruebas para lograr la condena internacional de uno de sus torturadores. Pues bien, Mesdaghi sostiene que para liberar a los iraníes «hay que apuntar al único centro de gravedad del régimen, es decir, Alí Jamenei en persona. Si él cae, todo el sistema se hunde».

Pues yo le creo a él y no a nuestros perspicaces y sobrevenidos expertos que exponen con alambicadas razones lo malas que son las intenciones de Trump e Israel al llevar a cabo lo que tantos y sobre todo tantas iraníes estaban deseando. ¿Y el orden internacional, fuera del cual todo es barbarie, dónde queda? Decía Álvaro de Laiglesia que la castidad es como esas láminas de cristal que protegen los extintores, donde pone «Rómpase en caso de incendio».

Pues creo que el orden internacional es algo parecido: una guía bienintencionada y valiosa, pero que en muchas situaciones no hace más que proteger a los malvados. La tiranía que emplean los gobernantes contra los ciudadanos que no desean someterse es el peor desorden, nacional e internacional. Y sin lucidez política, pueden guardarse los expertos su lucidez moral donde les quepa.

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