Todos contra el odio
«Sánchez odia la sinceridad contrastada, a los jueces independientes, a los medios que no tiene domesticados, a todo lo que puede acortar su estancia en la Moncloa»

Ilustración generada mediante IA.
Las iniciativas gubernamentales para entretener a las masas no tienen punto de comparación con los Sanfermines o la Semana Santa de Sevilla. No dudo de su buena intención —suscitar apoyo electoral para nuestro cada vez menos Amado Líder—, pero su resultado tiende peligrosamente hacia el ridículo. El domingo pasado fue una jornada feminista que demostró que no hay un solo feminismo, sino 40, todos opuestos unos a otros con auténtica saña.
Los lemas más repetidos insistían en la necesidad de defender lo ya conseguido (conquistas de hace décadas que nadie amenaza ni apenas discute, a diferencia de las imposiciones ideolátricas y sectarias de Irene Montero e Ione Belarra, que la mayoría de los ciudadanos/as están deseando sacudirse del lomo) y clamaban «No a la guerra», sin especificar si era la del Peloponeso o la de los Treinta Años, aunque ninguna goza de especiales simpatías populares ni desde luego tiene mucho que ver con el feminismo (al menos desde que Esquilo puso voz a las mujeres del bando derrotado).
El feminismo oficial solo reconoce el machismo puesto en práctica entre oscuros concejales populares, cuando el turbión de altos cargos socialistas puteros desbraguetados podría justificar una segunda parte de Las ciento veinte jornadas de Sodoma…
El 8 de marzo ha decaído con los años hasta convertirse en una kermés cada vez menos numerosa y más irrelevante, por lo que ha llegado el momento de reforzar su declinante brillo con otro festejo complementario. De ahí viene que ayer se celebrase la primera Cumbre Internacional contra el Odio, gran feria intelectual poblada de «expertos y afectados», aunque sinceramente yo no sabía que hubiese expertos en odio (aunque es una disciplina que probablemente tiene cada vez más estudiosos desde que llegó a la presidencia Pedro Sánchez) y afectados a ver, somos todos, ¿no?, porque quién no ha sido odiado un poquito alguna vez y quién no se ha permitido odiar cierto día, aunque no sea más que al árbitro que pitó aquel penalti a todas luces injusto a nuestro inmaculado equipo…
Realmente no parece fácil organizar una cumbre contra un sentimiento o un vicio del espíritu, como se prefiera: ya puestos, ¿por qué no organizar una cumbre contra la envidia o contra la desconfianza? El odio es de dos tipos, según lo describen quienes lo detestan o quizá le temen (detestar, temer… posibles temas para las próximas cumbres, si nos da por ahí). Según Spinoza, el odio puede ser la tristeza que acompaña cierta idea de una cosa exterior. Este odio es algo íntimo, lo opuesto al amor, una pasión negativa que se nos queda dentro y roe ante todo nuestras propias entrañas. Quien odia así se pone en peligro a sí mismo, no a los demás. Pero más peligroso para la colectividad es el odio, que consiste en una forma de ira contra algo exterior. Este odio es destructivo, una pasión, desde luego, pero que quiere expresarse en acciones de las que buscan víctimas.
«No faltan especialistas, empezando por Sánchez, cuya capacidad para detestar a quienes se le oponen está demostrada»
El psiquiatra Enrique Baca Baldomero es autor de un excelente ensayo sobre este tema, La construcción del enemigo, editado por el Colegio Libre de Eméritos. En él puede verse, entre otras muchas cosas sustanciosas, cómo el odio no siempre brota de bajas pasiones, sino también en ocasiones de impulsos de raíz noble como el afán de justicia o el deseo de ver de una vez a la moral triunfante en el mundo.
No parece, en cambio, que la Cumbre de este miércoles haya ido por esos derroteros. Hay demasiados ministros en su plantilla como para suponerle nobleza de origen. No faltan, desde luego, especialistas, empezando por el propio Pedro Sánchez, cuya capacidad para detestar a quienes se le oponen o le llevan la contraria está sobradamente demostrada. Y también la analista (ahora las llaman así) Sarah Santaolalla, excelente caso práctico de odio al periodista Vito Quiles, que la llevó a inventarse una agresión por parte de este, a pesar de que el vídeo del enfrentamiento demuestra sin lugar a dudas que no existió el mínimo roce físico entre ellos. Pero es que el odio lo puede inventar todo…
En fin, ganas de perder el tiempo y de crear cortinas de humo tóxico para que los ciudadanos se distraigan y no se fijen más de lo debido (o sea, nada) en los casos flagrantes de corrupción que rodean al Gobierno. El presidente Sánchez odia muchas cosas, tantas como para encaramarse hasta la cumbre de la Cumbre: odia la sinceridad contrastada, odia la responsabilidad, odia a los jueces independientes (de él), odia a los medios de comunicación que no tiene domesticados a base de subvenciones y regalías, odia todo lo que puede acortar su estancia en la Moncloa.
Pero además se ha rodeado de apoyos parlamentarios a los que hace todo tipo de favores políticos y que son aún peores, porque odian por encima de todo a España. El odio a España, tan evidente en estos tiempos, tan multifacético y tan imposible de disimular entre la basura política y artística. De ese odio tan preocupante creo que no se habló en la Cumbre…