José Antonio Montano

Doble de Ventoux

«La relación del Mont Ventoux con el amor, por la Provenza y por Petrarca, se combina con su relación con la muerte»

Opinión

Doble de Ventoux
Foto: ANNE-CHRISTINE POUJOULAT| AFP
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

Este 7 de julio se desafía en el Tour un viejo proverbio provenzal: «Quien sube al Ventoux no está loco. Sí lo está quien repite». Los ciclistas repetirán en la misma tarde, porque se sube una vez detrás de otra. Nunca se había hecho.

En el perfil parecen dos tetas, pero son la misma teta, desplegada: con su pezón además, que es lo que semeja la torre de telecomunicaciones que la corona. Pero esta torre, y el monte entero, lo que emite son metáforas, símbolos. Sensualidad (sexo) y amor, pero también muerte y ética, mística, riesgo, conocimiento de uno mismo. 

La carrera está liquidada, porque –salvo caída o pájara improbable– ya la ha ganado Pogacar, de manera que el Tour, liberado de la competición, queda para el placer contemplativo y la minihistoria de cada etapa. Todos son enanos a hombros de Pogacar, pero los enanos también tienen sus cuitas.

Con Indurain pasaba lo mismo, solo que como el campeón era el nuestro la pura contemplación se daba con dificultades: los minutos transcurrían en el escenario de la victoria. Con Pogacar esta es ajena, y así podemos recrearnos en lo importante.

He leído el Breviario provenzal de Vicente Valero (Periférica), que tiene el acierto de empezar por el Mont Ventoux. Su viaje prosigue por otros escenarios provenzales, tras el rastro de –además de Petrarca– Mallarmé (que también subió al Ventoux), René Char, Camus, Picasso, Francis Ponge, Rilke o Van Gogh. Y Cézanne, que pintó obsesivamente la otra gran montaña de la región, Sainte-Victoire.

Valero recuerda la subida inaugural de Petrarca al Ventoux, a pie con su hermano, en 1336, con la que nace «nuestra moderna conciencia estética del paisaje». Conciencia que deriva en autoconfesión: «lo que la contemplación de la belleza del paisaje ha provocado en Petrarca ha sido el recogimiento, el recuerdo y una reflexión sobre el rumbo que ha tomado su vida». La consulta al azar que hace en la cumbre de las ‘Confesiones’ de san Agustín le convence de la necesidad, ante todo, del conocimiento de sí mismo.

La relación del Mont Ventoux con el amor, por la Provenza y por Petrarca, se combina con su relación con la muerte: subiendo el monte por la zona pelada de roca que parece nieve (nieve que quema en julio como en los poemas del amor cortés) murió el ciclista Tom Simpson en el Tour de 1967. 

En “Mitologías del Mont Ventoux”, uno de los artículos que he recogido en ‘Inspiración para leer’ (Jot Down Books), establezco una asociación icónica con el «ciclista ético» de Duchamp de su dibujo ‘Tener el aprendiz al sol’. Cuyo esfuerzo absorto sería complementario del descanso (¡soberano!) que propone el Ricardo Reis de Pessoa: «Siéntate al sol. Abdica / y sé rey de ti mismo».   

A todas estas «emisiones» estaré atento durante la etapa. Esta vez, además de la doble subida al Ventoux, hay el estímulo de la doble bajada, ya que no termina en alto. Así se completa el monte, pues quienes lo han subido lo bajan después. Petrarca cuenta que lo hizo «pensativo y silencioso». 

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