David Mejía

El 11S, veinte años después

«El éxito del 11S no fue el derribo de las Torres Gemelas, sino el derrocamiento de un régimen emocional»

Opinión

El 11S, veinte años después
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David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Entonces nadie podía anticipar, mucho menos yo, adolescente despistado, que el mundo jamás sería el mismo. Porque la Historia no la dirigen los acontecimientos, sino los estados de conciencia colectiva que provocan. Y las mentalidades no se revierten fácilmente: se puede vengar una agresión, pero eso no remedia el trauma de reconocerse vulnerable.

Ya saben lo que, en su vejez, repetía el príncipe de Talleyrand: quien no ha vivido el antiguo régimen no conoce la dulzura de vivir. No fueron los noventa tiempos tan dulces como algunos pintan, pero para la mentalidad americana fueron años de convicciones robustas, de triunfalismo, la fiesta del fin de la Historia. Fueron días dorados para el liderazgo global estadounidense, como quedó demostrado en la rúbrica de los Acuerdos de Dayton. El mundo era imperfecto, pero parecía estable. Los americanos eran feroces pero irreducibles, despiadados pero mejores que sus adversarios.

El 11S acabó con este orden mundial. El ataque no se planeó en los sótanos del Kremlin, ni en una base secreta en Siberia, sino en las grutas de Afganistán: el único ataque que ha sufrido Estados Unidos en suelo continental se gestó en una cueva sin luz eléctrica. Esto no es anecdótico, pues magnifica el impacto moral del atentado; al terror se añade la humillación de ser noqueado por un enemigo premoderno. El éxito del 11S no fue el derribo de las Torres Gemelas, sino el derrocamiento de un régimen emocional.

Después vinieron la ira y el miedo. 63 días después del 11S, cayó Kabul. Demasiado pronto para saciar la sed de venganza. La invasión de Iraq y sus falsos pretextos despojaron a Estados Unidos de su insólita condición de víctima. La barbarie de Guantánamo y el Patriot Act, que se convirtió en la llave para espiar masivamente a sus ciudadanos, evidenciaron que los derechos individuales habían sido supeditados a la seguridad nacional; el miedo había ganado a la libertad.

Años después, la indecisión para intervenir en Siria confirmó que el centinela había abandonado el puesto. La ingenuidad que llevó a la generación anterior a creer que la democracia podía exportarse, como un bien de consumo, se había esfumado. Hace unas semanas, los talibanes volvieron a Kabul.

Algunos críticos minusvaloran el impacto de aquella mañana de septiembre en el orden mundial. Es cierto que la burbuja económica de los noventa se prolongó hasta la caída de Lehman Brothers en 2008. Pero el espejo del optimismo Occidental se rompió siete años antes. El colapso del sistema financiero fue la metástasis de un cuerpo enfermo.

La Historia ha demostrado que los cambios no se consuman cuando cae un muro o se toma una ciudad, sino cuando se alteran los estados de conciencia. En otras palabras, cuando se desploma el andamiaje intelectual sobre el que ordenamos el mundo.

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