Gregorio Luri

El consentimiento y el puritanismo

«Aplaudo al puritanismo que considera que ningún consentimiento infantil exonerara al adulto de las responsabilidades propias de su edad»

Opinión

El consentimiento y el puritanismo
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Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

A principios de año, la jurista Camille Kouchner reveló los abusos sexuales infligidos a su hermano gemelo por parte de su padrastro, el político socialista Olivier Duhamel. Los hermanos contaron lo que estaba sucediendo a su madre, la escritora y politóloga Evelyne Pisier, que les respondió con la acusación de querer desestabilizar la familia. La víctima, ni antes ni ahora ha querido denunciar a su padrastro.

Una semana después de que el caso se hiciera público, el filósofo Alain Finkielkraut se refirió al mismo en un programa de la televisión francesa. Comenzó condenando a Duhamel porque «no cometió solamente un acto reprensible. Lo que hizo es muy grave». Pero a continuación pasó a tratar del consentimiento, resaltando la dificultad de establecer si existía o no, especialmente tratándose de adolescentes. A mi modo de ver, fuese la que fuese la actitud del hijastro, lo verdaderamente relevante es la conducta del adulto responsable legal del menor.

A Finkielkraut le ha caído una buena. Lo han acusado de justificar una violación y se recuerda que, en su momento, sostuvo que Polanski no podía ser considerado un pedófilo porque su supuesta víctima, Samantha Geimer, de 13 años, «no era impúber, tenía novio». Es decir, porque podría haber dado su consentimiento. Centrémonos en este término.

Le Consentement es el título de un libro publicado en enero del 2020 en el que su autora, la editora Vanessa Springora, denuncia sus relaciones sexuales con el famoso escritor Gabriel Matzneff. Se conocieron cuando ella tenía 13 años y él 49. Los 20.000 ejemplares de la obra se agotaron en cuatro días. Matzneff, ganador de diversos premios literarios, nunca ocultó su atracción por «los menores de 16 años». Nadie criticó su pedofilia cuando publicó Les Moins de seize ans y cuando fue entrevistado en Apostrophes, el programa literario de culto dirigido por Bernard Pivot, nadie le hizo el menor reproche. Pero tras la aparición del libro de Springora le abrieron dos procesos judiciales y se dejaron de distribuir sus obras. Tres meses después de la publicación de Le Consentement, otra mujer, Francesca Gee, de 62 años, reveló al New York Times que, con 15 años, ella también había mantenido relaciones sexuales Matzneff.

Hay quien ante estos hechos se lamenta del creciente puritanismo social. Yo, por el contrario, lamento la falta de puritanismo cuando el 26 de enero de 1977 apareció en Le Monde una carta a favor de las relaciones consentidas con menores firmada, entre otros, por Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. ¿Es que acaso el consentimiento del menor libera al adulto de responsabilidades?

Lamento que en 1993 se acusara a Bianca Lamblin de resentida por contar en sus Mémoires d’une jeune fille dérangée cómo fue seducida por su profesora de filosofía, Simone de Beauvoir, y cómo descubrió que este icono del feminismo «elegía en sus clases la carne fresca de las niñas que ella probaba antes de pasársela […] a Sartre». Un crítico se sorprendió por la incapacidad de Lamblin para entender las relaciones «socráticas».

Lamento que en los años sesenta y setenta del siglo pasado hubiera escuelas en Alemania, como la Rote Freiheit de Berlín, que llegaron a pensar que el niño que negaba su consentimiento no era sexualmente sano. En estos centros se utilizaban revistas pornográficas como material didáctico y se estimulaban los juegos sexuales. Bajo el supuesto de que la represión sexual era la causa última de toda neurosis y de la agresividad inherente al sistema capitalista, había que liberar preventivamente a los niños lo quisieran o no. Uno de los textos pedagógicos del momento, Revolution der Erziehung (1971), criticaba abiertamente «el tabú del incesto». Había que desmontar el «control venenoso» de la vergüenza por parte del sistema. Quizás a algunos familiarizados con la llamada «biopolítica» les suene esta idea. Los juegos sexuales entre adultos y niños se fomentaban en la Comuna 2 de Berlín y en varios kindergartens de Frankfurt, Berlín y Hamburgo. Quien quiera más información, puede acudir al capítulo 9 de la autobiografía de Daniel Cohn-Bendit, Der grosse Basar (1975). O puede buscar sus declaraciones en el programa Apostrophes del 23 de abril de 1982.

Lamento que en el año 1985, los Verdes, en su convención de Lüdenscheid, defendieran que una sexualidad “no violenta” entre niños y adultos debería estar permitida, sin restricciones de edad.

Aplaudo al puritanismo que considera que ningún consentimiento infantil exonerara al adulto de las responsabilidades propias de su edad.

 

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