Josu de Miguel

El Gobierno como lobby

«Los indultos han demostrado la capacidad del Gobierno de la Nación para empujar sin rechistar a sindicatos, empresarios, Iglesia, tertulianos y prescriptores digitales hacia una misma dirección»

Opinión

El Gobierno como lobby
Foto: JUAN MEDINA| Reuters
Josu de Miguel

Josu de Miguel

Abogado de causas perdidas y profesor de universidad, donde enseña derecho público.

‘Lobby’ suele adquirir en España un sentido peyorativo: nos imaginamos, casi siempre, a un oscuro y avieso grupo de presión que quiere influir en las decisiones de un gobierno o un parlamento. Quien más quien menos –yo mismo- suele dignificar la política recurriendo a una autonomía que, como demostró Marx tempranamente, no deja de ser función de unos intereses concretos. Hasta Arendt tenía una concepción purista de lo político, renegando de la aburrida administración de las cosas. En las sociedades complejas admitimos y normalizamos que los sectores ajenos al circuito institucional traten de hacer valer corporativamente sus propuestas ante los representantes elegidos democráticamente. Luego nos escandalizamos según convenga.

Al líder de la oposición, Pablo Casado, uno de esos grupos de interés, el Cercle d´Economia, le leyó la cartilla hace unos días a cuenta de los indultos de los presos independentistas. La praxis del lobby, como he dicho, invita a actuaciones arcanas: las enmiendas legislativas se compran y se venden en los restaurantes aledaños a las Cortes, mediante conversaciones discretas, reuniones informales … recuerden las desventuras de aquel empresario de porteros automáticos en La escopeta nacional de Berlanga. El Cercle, sin embargo, decidió presionar en público a Casado y este reaccionó en la radio quejándose de la falta de independencia de la política: ¡nos han vaciado de competencias las Cortes Generales! A buenas horas. Creo que el partido que dirige no es precisamente un dechado de soberanía frente a los elementos socioeconómicos que pretenden traducir sus reivindicaciones en decisiones concretas.

Todo esto que les cuento tiene muchas derivadas. Por ejemplo, podríamos hablar de la famosa sociedad civil catalana. Desde 2012, cuando se puso en marcha, de forma calculada y racional, el proceso de separación de Cataluña de España venía oyendo entre mis amistades barcelonesas eso de que «el mundo de la empresa pondrá en su sitio a los independentistas». Naturalmente, nada de eso ocurrió. Los empresarios catalanes no movieron un solo dedo para torcer la voluntad de los políticos nacionalistas y la Generalitat disciplinó sin apenas resistencia todos los resortes de la «sociedad civil». Siguiendo la estela del nacionalismo vasco, puso en orden a los movimientos sociales, sindicatos, mundo empresarial, medios de comunicación, Iglesia catalana y universidad. Todos a una con el derecho a decidir salvo honrosas excepciones.

Si uno lo piensa bien, la experiencia procesista demuestra que el mantra del sometimiento de la política a esferas ajenas a ella tiene sus días contados en el contexto del tiempo populista. Normal que la izquierda abrace el modus operandi independentista. Los indultos han demostrado la capacidad del Gobierno de la Nación para empujar sin rechistar a sindicatos, empresarios, Iglesia, tertulianos y prescriptores digitales hacia una misma dirección: el perdón es concordia y hay que volver a empezar en Cataluña, porque todos somos un poco culpables. El mundo que viene es consecuencia del deseo de politizar la vida, pero también de una reconstrucción del poder donde la crisis justifica la colonización de una sociedad inerme: más vale tener los asientos contables en orden, que andar pleiteando por principios abstractos como la autonomía de la voluntad o la libertad.

Más de este autor

Tiempo de apocalipsis

«La ilusión progresista acabó justo cuando tiempo y espacio pasaron a ser medidas objetivas y homogéneas para toda la humanidad»

Opinión

Juana Rivas: caso abierto

«El caso Juana Rivas tiene sentencia firme, pero es un caso abierto para nuestra sociedad y clase política»

Opinión

Más en El Subjetivo

David Mejía

Garzón y los juegos del hambre

«Lo peor de Venezuela no es la tiranía, sino la cleptocracia que ha arruinado a un país, literalmente adelgazándolo, mientras engordaba los bolsillos de una minoría, feliz de lucrarse con el hambre ajena»

Opinión

Andrea Fernández Benéitez

La derecha que se agota

«Una de las claves del que podría ser un cambio en los marcos ideológicos a nivel mundial es precisamente la enorme producción de ideas típicamente progresistas que han acompañado a los acontecimientos de los últimos años»

Opinión

Aloma Rodríguez

Haz como que los escuchamos

«El Consejo Estatal de Participación de la Infancia y de la Adolescencia, según lo desarrolla el BOE, se parece a esas visitas escolares a los parlamentos regionales o al Congreso: te dejan sentarte en los sillones, te enseñan dónde está el botón para votar y en el mejor de los casos hasta te ponen el micro»

Opinión