Daniel Capó

El hombre que habitaba consigo mismo

«El misterio del ciclismo es el misterio del hombre, que vive con los demás y depende de los demás, pero que al final son sus propias fuerzas lo que cuenta porque, en ese momento que llamamos decisivo, uno se encuentra solo frente a su destino»

Opinión

El hombre que habitaba consigo mismo
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Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Para los que nacimos en la década de los setenta, el ciclismo llegó a nuestras vidas como un cometa caído del cielo. El deporte se reducía al perímetro de un campo de fútbol o quizás -como era mi caso- al de una cancha de tenis, pues mi madre es sueca y aquellos eran los años en que Björn Borg inauguraba la estética IKEA. Pero el ciclismo nos resultaba desconocido y lo fue hasta que, a principios de los ochenta, el televisor empezó a regalarnos las etapas del Tour y de La Vuelta, con nombres –ahora ya míticos– como los de Ángel Arroyo, Perico Delgado, Alberto Fernández, Álvaro Pino, Vicente Belda o Marino Lejarreta, que sustituían en el imaginario de los aficionados españoles los de Bahamontes, Ocaña, Poblet, Julio Jiménez o del genial Tarangu. Fue la televisión la que suscitó este fervor (recuerdo que las primeras etapas que vi fueron las del Tour en el que Ángel Arroyo quedó segundo, y La Vuelta que perdió Alberto Fernández frente a Éric Caritoux); pero sobre todo fue la radio, hora a hora en los boletines informativos, con aquel inolvidable «¡adelante, compañeros!» y la voz inconfundible de Javier Ares en Antena 3 retransmitiendo las etapas.

Javier Ares –en aquel entonces jovencísimo– es y ha sido el gran inventor en España de la retransmisión ciclista. Como suele suceder en estos casos, ha tenido innumerables imitadores para disgusto del oyente, que muy pronto descubría que ninguna copia supera al original. Es sabido que, en el campo del arte, el manierismo ha dado escasos frutos y el verbo de Javier Ares tenía poco de manierista y sí mucho de creador. Su castellano era pulcro, preciso, nítido y diáfano, sin renunciar a algún que otro ribete barroco que reflejaba la intensidad del ciclismo, su épica quiero decir. A su estilo no le era ajena una imaginación poderosa que iluminaba la realidad de la carrera, y la proyectaba hacia cotas más sublimes. Un campeón se convertía en un coloso; un gregario, en una figura mitológica. El genio poético de Petrarca convivía en las rampas del Mont Ventoux con la astucia de Ulises o la quijotesca generosidad española. Podía definir a los ciclistas como patricios del pedal, para a continuación rememorar el ascenso de El Tarangu a las Tres Cimas de Lavaredo o la elegante prestancia de un Anquetil. Estoy convencido de que la de Javier Ares era y es una imaginación enferma de literatura, consciente de las posibilidades infinitas de la creatividad humana. No sé si fue «un muchacho pálido,/ triste, con la tristeza del que sueña/ días de gloria» –como cantó Miguel de Unamuno–; pero sí estoy seguro de que fue un niño que habitó largas horas consigo mismo en los reinos de la fantasía, junto a un libro, escuchando el transistor o jugando con sus hermanos y amigos en el patio de casa. Habitar la interioridad me parece el sello de la personalidad verdadera, no prestada, y Ares era esto y mucho más: un creador radiofónico a la altura de la épica del ciclismo.

Hablo en pasado cuando debería hacerlo en presente –Javier Ares sigue retransmitiendo las carreras y formando una dupla magnífica con Alberto Contador–, pero ese es el privilegio de la memoria. Mi hijo pequeño lo escucha con avidez en el televisor o en su canal de YouTube, mientras en una libreta anota el trazado de una vuelta sin sentido, una geografía imaginaria que enlaza el Iseran con el Tourmalet o el Gavia con los Lagos. A veces, cuando salimos a pasear por la montaña, le explico que el misterio del ciclismo es el misterio del hombre, que vive con los demás y depende de los demás, pero que al final son sus propias fuerzas lo que cuenta porque, en ese momento que llamamos decisivo, uno se encuentra solo frente a su destino. Javier, mi hijo, sonríe como si no supiera muy bien de qué le hablo y entonces demarra en cualquier cuesta y empieza a retransmitir, con la voz de Javier Ares, un ataque que le conduce en solitario a la cima. Y me deja atrás, en el espacio y en el tiempo, como es propio de la condición de padre. Y entonces soy yo quien sonrío y doy gracias.

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