David Mejía

El patriarcado y el tablón de madera

«Dudo que nuestra sensibilidad de género esté preparada para esta nueva masculinidad, pero quizá sí para preguntarse cuántas víctimas masculinas se cobra el famoso patriarcado»

Opinión

El patriarcado y el tablón de madera
Foto: 20th Century Fox
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Las generaciones de adolescentes que lloraron con Titanic llevan veintitrés años haciéndose la misma pregunta: ¿cabía Jack en el tablón de madera? Y durante esos veintitrés años han ignorado el verdadero dilema: ¿por qué -si sólo cabía uno- tenía que salvarse Rose?

Cuando los defensores de Rose insisten en que Jack no cabía, siempre pienso lo mismo: «no, amigos: la que no cabía era Rose». Les recuerdo que el tablón lo encuentra él, cuando ambos bracean entre los restos del naufragio junto a un millar de futuros cadáveres. Y tras encontrarlo, se lo cede a ella, sacrificando su propia vida. Y esto a todo el mundo le parece muy normal, ¿por qué? Simple: Jack es un hombre y Rose una mujer.

La hegemonía patriarcal obliga a los hombres a abrir puertas, pagar facturas, y a morir de hipotermia. En un mundo no patriarcal, Rose sería la que habría muerto. Por su parte, Jack habría hecho carrera en Nueva York y, ya viejito – quizá interpretado por un Paul Newman o un Robert Redford- nos habría relatado sus peripecias en el Titanic. Con voz profunda y aterciopelada narraría cómo logró no ceder ante las imposiciones del patriarcado y dejó morir congelada a la mujer que amaba.

Dudo que nuestra sensibilidad de género esté preparada para esta nueva masculinidad, pero quizá sí para preguntarse cuántas víctimas masculinas se cobra el famoso patriarcado. Soy consciente de que entrar en este debate es tan placentero como un chapuzón en las gélidas aguas del Atlántico Norte, pero últimamente proliferan discursos preocupantes -delirantes, incluso- sobre el género masculino y conviene aportar un poco de cordura.

La escritora Pauline Harmange ha publicado recientemente un breve ensayo titulado Moi les hommes, je les déteste (en resumen: «Odio a los hombres»). Por fortuna para ella, la misandria (aversión al varón) tiene mejor prensa que la misoginia o el racismo; el libro está arrasando. Por lo demás, la autora está casada con un hombre, al que no sabemos si odia.

En una entrevista en The Guardian, Harmange dice que su apología de la misandria es una reacción contra la misoginia, que está en la raíz de la violencia sistémica contra las mujeres, y desde ahí defiende el derecho de las mujeres «a que no les gusten los hombres». Y luego la estadística: más del noventa por ciento de los condenados por causas violentas son hombres. Estos datos, como el que revela que el 85,8% de las víctimas mortales a manos de su pareja o expareja son mujeres asesinadas por hombres, son ciertos. Pero la imagen que proyectan no necesariamente lo es: la probabilidad de ser agredido por un hombre es muy baja. Además, quienes más probabilidades tienen de ser víctimas de la violencia masculina son otros hombres. Mal que nos pese, hay dramas inherentemente masculinos que a menudo son ignorados.

Oriel FeldmanHall, hoy profesora en la Universidad de Brown y entonces investigadora en la Universidad de Nueva York, publicó un estudio en 2016 que concluía que es más probable que sacrifiquemos a un hombre que a una mujer cuando se trata de salvar las vidas de otros y de perseguir nuestros propios intereses. «Nuestro estudio», precisaba Feldmanhall, «indica que creemos que el bienestar de las mujeres debe preservarse por encima del de los hombres». ¡Bien lo sabe Jack!

Este sesgo moral explica la indiferencia que provocan algunas estadísticas en una población hipersensibilizada por las violencias sistémicas. En un artículo de 2015, titulado «Cuatro rompecabezas sobre la igualdad de género», el profesor Philippe van Parijs alumbraba las dimensiones en que los hombres estaban en desventaja en relación con las mujeres: viven menos años, en muchos países tienen menos formación que las mujeres y tienen mayor propensión al mal comportamiento, lo que provoca que constituyan la práctica totalidad de la población reclusa. Estas desventajas derivan de «un rasgo no elegido compartido por una categoría de seres humanos: el hecho de ser hombres». Otras estadísticas muestran que los hombres suponen el 95% de las muertes por accidente laboral en España y un 77% de los suicidios en Europa. Si se trata de corregir fallas estructurales no deberíamos obviar estos datos. ¿Por qué los hombres monopolizan los trabajos peligrosos? ¿Por qué son más propensos a trastornos que les llevan a atentar contra su propia vida?

Nadie discute que la mujer haya estado subordinada al varón durante siglos, pero eso no implica que todo hombre, por el mero hecho de serlo, sea violento, ni mucho menos privilegiado. La masculinidad tiene sus propias complicaciones, muchas veces resultado del mismo sistema perverso. ¿Por qué aceptamos con tanta naturalidad que Jack renuncie al tablón de madera?

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