Omar Lugo

El perdón y el olvido son distancias inmensas

Algo patético perdura en un hombre despojado de la majestad a la cual estaba acostumbrado.  Tal vez sea ese atisbo de arrogancia, de desafío, al lejano eco de otros tiempos cuando era dueño y señor de su mundo.

Opinión

El perdón y el olvido son distancias inmensas
Omar Lugo

Omar Lugo

Periodista a tiempo completo, dedicado a temas de Economía desde 1986. Desde marzo de 2014 es director general del portal El Estímulo.

Algo patético perdura en un hombre despojado de la majestad a la cual estaba acostumbrado.  Tal vez sea ese atisbo de arrogancia, de desafío, al lejano eco de otros tiempos cuando era dueño y señor de su mundo.

Suele pasar con reyes caídos y dictadores defenestrados, con políticos olvidados, con esbirros y torturadores desarmados, con delincuentes sin balas y sin dientes.

Acaso se deba al paso del tiempo y a ese olvido que tiende a suavizarlo todo y hace menos tormentoso el llanto y los gritos de los desaparecidos.

La vejez es ese final absoluto y natural al que todos nos enfrentaremos, si es que antes no nos atravesamos en el camino de una bala perdida, o en la furia de un puñal, en la ira de un militar, en las prisa de un asaltante, o en la sorpresa de un semáforo en rojo.

Acaso por cierta empatía y autocompasión por adelantado, mucha gente se doblega ante la ancianidad y sus solidaridades automáticas.

Esa misma piel curtida, esos párpados caídos, esas manos huesudas, parecieran armar también una piel edulcorada, que oculta las garras de ciertas fieras y opaca la persistencia de su maldad.

Entonces pocos se detienen a interrogar el pasado de viejos anónimos cuando los ve abandonados en cárceles y asilos, ya cubiertos con el salvo conducto de las canas, el andar encorvado y el olvido de quienes los conocieron.

Yendo más lejos, un “indulto humanitario por razones de salud” a un asesino viejo es el tipo de perdones que intentan apelar a esas debilidades. Se pretende que un juez, o un presidente sea capaz de ceder ante esa especie de espejo del futuro que los emplaza a la misericordia.

Pero ese tipo de argumentos equivaldría a perdonar a un hombre de la llamada “tercera edad” -en el lenguaje políticamente correcto- que haya asesinado a sus hijos porque ahora no tendrá quien lo asista en sus achaques de los últimos años.

Es que ni más allá de los calendarios hay razones para estos olvidos.

Si ese tipo de perdón se solicitara con la sangre aún fresca de los torturados, con la tierra peruana recién removida de las fosas comunes, con las cuentas recién abiertas en bancos extranjeros con dinero público, ¿se tocarían las mismas fibras de la compasión?

No. Y además sería improbable que a un reo o a sus abogados se atrevieran a pedirlo y a pretender que se ignore ese rosario de víctimas inocentes del abuso de la fuerza y del desprecio por los otros.

Quien sabe si por  fin convencido de la inutilidad de su petición, o de la irreductible de sus propios acusadores, Alberto Fujimori, el ex presidente y ex dictador del Perú, parece haber recapacitado, o haber juntado sus últimas reservas de soberbia, para recordar que el verdugo no pide clemencia.

 

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