Juan Claudio de Ramón

El silencio y las palabras

«Para escuchar precisamos silencio, y para leer, la escucha más intensa, necesitamos un nivel superior de silencio, un silencio interior que cada vez nos cuesta más lograr»

Opinión

El silencio y las palabras
Foto: Nicolas Häns| Unsplash
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

El silencio agoniza. Carece ya de rendijas urbanas –la desaparición del motor de explosión podría volver a hacerle un hueco– y su existencia es también precaria en el campo, donde siempre cae cerca una carretera o aeropuerto. Para encontrarlo hay que irse a lugares cada vez más recónditos, y al llegar, la quietud nos asusta y encendemos la radio o la tele. Del sónar militar a la pesca con dinamita, un hilo acústico recorre la profundidad del océano, estresando a los animales. La noche tampoco es ya su refugio: acechan las vuvuzelas del teléfono, gleba del individuo tecnodependiente. Alguien, no me pregunten cómo, ha calculado que en los últimos cincuenta años el volumen sonoro del planeta ha crecido quince decibelios. En Tacet, su bello ensayo, Giovanni Pozzi, el gran estudioso de la mística italiana, ha sugerido que el alejamiento del silencio en la experiencia cotidiana corre en paralelo al retroceso de la oscuridad en el mundo moderno. Al debilitarse la intermitencia entre el día y la noche, se pierde el momento propio del silencio, predisponiendo al hombre al insomnio. («Conticinio» es la desacostumbrada palabra que en español designa la hora de la noche en que todo está en silencio). La penumbra induce el silencio (por eso los arquitectos de hoteles proponen iluminaciones tenues en los pasillos). La luz artificial es el ruido de la vista y el oído, por probables razones evolutivas, es el único sentido que nunca descansa. El tímpano es como una alarma siempre puesta.

No esta claro a qué oponer el silencio. ¿A la vida? (Pero las plantas son silenciosas) ¿Al lenguaje? (Pero el silencio es capaz de comunicar). ¿Al sonido? (Pero el silencio necesita, para su disfrute, de una consistencia física hecha de mínimos sonidos: el rumor de la ola, el chasquido de la nieve, el tecleo de la lluvia. El ser humano no puede experimentar el silencio absoluto. El compositor John Cage lo buscó en una cámara anecoica: su oído supo de su respiración y pulso. El silencio total no existe, y de existir sería inhumano: demasiado silencio mata el silencio, convirtiéndolo en una afonía metafísica, inhabitable e inhabitada).  El envés del silencio es la palabra. Aparecen juntos y siempre opuestos, como trama y urdimbre. Una palabra colinda con dos silencios y el silencio de uno es condición de la palabra de otro. El silencio refiere sensaciones ante las que la palabra es estéril, y es también la garantía de que las palabras no agotan el orden de lo comprensible. Para escuchar precisamos silencio, y para leer, la escucha más intensa, necesitamos un nivel superior de silencio, un silencio interior que cada vez nos cuesta más lograr, como también oír del tirón una película u obra de teatro. Entrar en un libro es como entrar en un monasterio (no en balde el silencio de los claustros se inventó para escuchar la palabra de un dios escondido). En un mundo refractario a la soledad, las vocaciones lectoras escasean tanto como las religiosas.

El silencio tiene no pocos defensores, que lo convierten en sinónimo de prudencia. «A pocas palabras, pocos pleitos», dice Gracián. Pero también tiene sus críticos, que tras la falta de palabras adivinan la falta de caletre o de coraje. Todos parecemos pertenecer a una de estas dos especies: la de los locuaces –la opción, por defecto, de los españoles– y la de los callados. A veces nos arrepentimos de una palabra dicha, a veces de un silencio precavido (una palabra retenida); a veces nos atormenta un mutismo y otras una palabra nos desgarra como un garfio. Hay, en suma, un tiempo para callar y otro para decir. El gesto del dedo en los labios, presente en todas las culturas, y que llama a callar momentáneamente, sobre todo en momentos rituales solemnes –perpetuado en ese minuto de silencio que hoy nadie se toma en serio–, sugiere una cierta superioridad del silencio frente a la palabra para abordar los pasajes más inescrutables de la vida. El silencio es algo que se guarda. Es, al mismo tiempo, una manera de dar valor a la palabra, como el más valioso de los dones, que no hay que devaluar profiriendo necedades.

Wordswordswords. Si bien, ante la no despreciable posibilidad, como también dejó escrito Shakespeare, de que el resto sea silencio, resulta recomendable que nada importante quede por decir.

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