Diego S. Garrocho

El último verano

«Es probable que este verano ni siquiera sea tan feliz como luego lo recuerden, pero nunca nadie podrá enmendar el patrimonio memorativo que están a punto de construir»

Opinión

El último verano
Foto: Elizeu Dias| Unsplash
Diego S. Garrocho

Diego S. Garrocho

Diego S. Garrocho es profesor de Ética en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de 'Sobre la nostalgia' y de 'Aristóteles. Una ética de las pasiones' es, también, el presidente del comité académico del think tank Ethosfera.

El último verano siempre llega de repente. Como en el título de la obra de Tennessee Williams, que luego inspiraría otra excelente película dirigida por Joseph L. Mankiewicz, este último verano nunca avisa: Suddenly, Last Summer. Si la trama hubiera sido otra, casi habría merecido la pena sumar un signo de exclamación para marcar lo abrupto del acontecimiento. Y es que hay cosas que, incluso sabiendo que van a llegar, tienen la capacidad de sorprendernos.

Se equivocaban, por ello, las civilizaciones antiguas que describían un tiempo cíclico y repetido en torno a las estaciones del año que siempre vuelven regularmente. En la vida de cualquier persona suele haber, a lo más, dos o tres veranos que coinciden con los dos o tres amores que nuestra memoria será capaz de administrar falazmente. Vendrán, por supuesto, nuevos días y otros descubrimientos pero si seguimos hablando de veranos en la vida adulta es por una suerte de analogía. Los veranos forman parte de las cosas que antes nos pasaban y que ahora recordamos. Y lo peor es que está bien que así sea.

El verano de todos los veranos es, qué duda cabe, el verano de la mayoría de edad. Existen, es verdad, eternos y felices períodos estivales durante la infancia pero entonces uno es demasiado pequeño para valorar lo excepcional de aquellos días. Al final de la pubertad, sin embargo, uno empieza a distinguir que todo lo que amamos acabará y el verano comienza a manifestar su condición de insólito milagro.

Hace tres días fui testigo de cómo comenzaba ese verano superlativo para cientos de chicos. La transición entre el instituto y la universidad dura apenas unos días pero es una de las transformaciones más fabulosas en la biografía de cualquier persona. La Selectividad es la ceremonia terminal, el final boss de todos los terrores de infancia que alumbra, exactamente a su término, el mejor verano de todas nuestras vidas. Tendrían que haber visto aquel rebaño de adolescentes jubilosos tras días de nervios y esfuerzos. Llegaron al campus como niños y, al término de la prueba, sentían haber adquirido el certificado de su condición madura. Amarga victoria.

Nunca más volverán a ser tan parecidos a sus compañeros de pupitre. Las generaciones se rompen en el momento en que una clase de chicos, habituados hasta entonces a compartir materias, deciden emprender el rumbo concreto y distinguido de cualquier especialización. Allí donde antes había una clase con afanes compartidos, asignaturas y miedos comunes, pronto habrá arquitectos, economistas, ingenieros o filósofos. Tener que estudiar materias que no nos importan, con el tiempo todos lo sabremos, es una de las cosas más nobles que habremos hecho en nuestra vida.

Hace apenas unas horas, los estudiantes festejaban el final del examen y los profesores los mirábamos embargados por la envidia y la nostalgia, que son dos rasgos bíblicamente humanos. Despreocupados en su celebración inconsciente, estos chicos sabían lo que ganaban pero no tenían ni la más remota idea de lo que estaban a punto de perder al abandonar la última etapa de la infancia. La vida adulta es una ficción forzosa en la que casi nos obligamos a prescindir de las primeras veces y estos chavales se encontraban, de algún modo, al borde del precipicio.

Y es ahora, a la espera de los resultados del examen, cuando todo dará comienzo. Los más privilegiados saldrán hacia la costa y a otros se les presentarán oportunidades más modestas. Poco importa. Les esperan unos meses determinantes en el asentamiento de no pocas mitologías capitales para su vida futura. Es probable que este verano ni siquiera sea tan feliz como luego lo recuerden, pero nunca nadie podrá enmendar el patrimonio memorativo que están a punto de construir.

Si confío en la humanidad es porque todavía soy capaz de reconocer algunos pactos entre generaciones. Me reconforta la generosidad con la que se custodian algunos secretos y el modo en que se procura no desvelar antes de tiempo algunas certezas. Por este motivo les ruego que no digamos nada y que disimulemos. Es tentador avisar a los nuestros y regalarles algún consejo o experiencia. Pero no lo hagamos, ya se darán cuenta ellos. Que a nadie se le ocurra advertir a ninguno de estos jóvenes la cruel y terrible verdad que todos sabemos: que están a las puertas del que probablemente sea su último verano.

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