La Moncloa, ni de Preysler ni de Sánchez
«Hay un momento para saber dejarlo y permitir que ese pueblo que vive lejos de palacios decida quién debe habitar ese lugar lleno de secretos y de historia»

Fachada del Edificio del Consejo en el Complejo de La Moncloa. | Pool Moncloa/Borja Puig
«Que no conocía lo sagrado, que no recordaba la compasión,
que no amaba nada, que despreciaba la libertad,
que no tenía patria alguna…»
Alexandr Pushkin
El Palacio de la Moncloa ha pasado de ser un lujoso meublé a un lugar de citas, refugio de sospechosos, garito de trileros y plató de imitadores de Isabel Preysler, en más hortera, chulesco y falso. Donde la Preysler sabe moverse, seducir con su amable y elegante impostura, el habitante provisional del Palacio de la Moncloa resulta falso hasta en las tomas falsas. Tiene la habilidad de hacer que no nos creamos nada. Verle actuar en vídeo reportaje, en televisión o en el escaso tiempo concedido a sus directos parlamentarios, nos produce aburrimiento, desafección y ganas de cambiar de canal, de actor, de director, de música y letras.
Cuando Sánchez sale por la pantalla y pretende imitar a «la Preysler» yo me evado con canciones de Julio Iglesias, vinos del Marqués de Griñón, charlas con Miguel Boyer o lecturas de Vargas Llosa. La Moncloa se jodió hace tiempo. La jodienda no tiene enmienda. Y el señor del Palacio de la Moncloa no tiene quien la asesore ni con el espíritu del cinema verité ni con la falsa modernez de las aplicaciones chinas de los TikTok. Todo suena a impostado, todo malinterpretado y mal conocido. Gratis le ofrezco unas lecciones históricas de ese palacio que merecen ser conocidas.
Fue famosa casa de labor, rica en huertas y situada en admirable paisaje a las afueras de Madrid. Finca del ecijano señor de La Monclova; lugar que conoció la propiedad de nobles y el requerimiento de los frailes jerónimos. Un primer ministro de Felipe IV, el marqués de Eliche, la convierte en palacio y abandona su condición de casa de campo.
Con el marqués de Eliche empieza la historia galante de La Moncloa que la construyó para su recreo y retiro. Su mujer, María Antonia de la Cerda, de merecida fama de casquivana, prefiere quedarse en la Corte y hacer de cariñosa anfitriona de caballeros franceses o nacionales. Una liberalidad que se correspondía con la vida libertina de su marido, el marqués. Era muy buen amigo de correrías del rey Felipe IV y en Moncloa organizaban encuentros con cómicas y cortesanas libertinas. El marqués de Eliche era manirroto y jugador. Por sus muchas aficiones y riesgos terminó perdiendo en palacio y los favores reales.
La Moncloa pasó por otros propietarios, pero la que hizo un uso más galante y continuado de ese lugar de retiro fue María Ana de Silva y Sarmiento, duquesa viuda de Arcos, señora «de muy buen ver y mejor tomar», según definición de algún cronista. Arregla el palacio y los decora con frescos de sátiros, venus y dianas cazadoras. Muere repentinamente la duquesa y el palacio pasa a las castizas manos de Cayetana de Alba, divertida hija de su madre, seguidora de sus inclinaciones festivas y amatorias.
«La duquesa de Alba convierte la Moncloa en el retiro cortesano más hermoso de Madrid»
La duquesa de Alba convierte la Moncloa en el retiro cortesano más hermoso de Madrid. Famosas y festivas reuniones con sus amigos toreros, intelectuales, cortesanos y con debilidad por un pintor, un hombre fuerte y hosco como un toro llamado Francisco de Goya. En La Moncloa, «en la soledad de dos sin compañía», Goya y su noble maja pasaron muchos días en aquellas salas, aquellos jardines y, sobre todo, en aquellas alcobas. En La Moncloa- también en el Coto de Doñana- fueron felices, se despojaron de vestimentas y el artista hizo el desnudo más famoso de nuestra pintura.
Goya, sin dejar de ser familiar, ni patriota, ni liberal, supo ser imprescindible para las dos cortesanas más famosas, majas y vivaces de su época. La de Alba y su amiga- y rival- condesa de Benavente que hizo que Goya saltara del palacio de La Moncloa al del Capricho, el palacete de la de Benavente. No todo eran joviales y compartidos encuentros. Tenían una poderosa rival, la reina María Luisa de Parma, que soportaba mal la belleza, ni los éxitos amorosos y sociales de las dos aristócratas.
La desdentada reina no puede disimular sus celos con la de Alba, y mucho menos permitirla sus acercamientos a su adorado Godoy. El casquivano Príncipe de la Paz se llevaba demasiado bien con la de Alba y la reina se sentía humillada. La duquesa muere inesperadamente y en la Corte se levantan toda clase de rumores, de sospechas. Se habla de celos, de venganza, venenos. Nada está claro.
Libre de su rival, la reina María Luisa, solicita de su complaciente marido la compra de La Moncloa. Once días después de la muerte de su propietaria, aquel lugar de citas pasa la familia real y María Luisa pudo gozar en aquellas alcobas dónde había sido precedida por su contrincante. Poco duraron los placeres en La Moncloa, llegaron los franceses y se lo apropiaron. Fue lugar preferido para las expansiones amorosas de Murat y para el Rey José I que- en palabras de Sainz de Robles- mientras su hermano el emperador «se las arreglaba con Marte, él se las apañaba con Venus».
«Por más esfuerzos que hiciera el francés, el pueblo no quería un Bonaparte»
José Bonaparte, el rey intruso- Pepe Botella, Pepa Plazuelas, José I, el bizco, el feo- no era nada de eso. El rey francés era masón, enciclopedista, abstemio, mesocrático, culto, afable y enamoradizo. Mucho disfrutó en Madrid, en Palacio y en la Moncloa. Se esforzó, pero el pueblo patriótico, castizo y tozudo, seguía pensando en el regreso de «el Deseado», el muy controvertido Fernando VII, gran error. Por más esfuerzos que hiciera el francés, el pueblo no quería un Bonaparte. Nada importó que José I urbanizara la ciudad, animara los teatros, suprimiera la Inquisición, permitiera los bailes de máscaras, redujera la población frailuna que pululaban por la Corte, permitirá las reuniones en el Prado, en las riberas del Manzanares y no persiguiera la prostitución. No fue suficiente, el pueblo vive en la escasez, hay hambruna y miles de mendigos, pedigüeños y prostitutas comparten las calles con el ejército francés.
Y llegó el «Deseado», rey traidorzuelo, cobardón, intrigante, antiliberal, anticonstitucional, absoluto e incapaz de decir, prometer y jurar en falso por mantenerse en el poder. Me suena, se repite como la morcilla. También es un disfrutador de las retiradas y discretas dependencias y alcobas de la Moncloa. Larga historia de un palacio que ocultó secretos de alcoba y dejaciones de las obligaciones en el uso del poder. En Madrid no se podía hablar francés. El «rey neto», limpio de Cortes, Parlamento, Constitución. El Madrid de «vivan las cadenas», de «muera la libertad» y vuelta de la Inquisición. De la Corte hizo camarilla. Y no pasó mucho tiempo en que aquel pueblo que había luchado contra los franceses y por «el Deseado» ya empezaba a sentir el peso de sus cadenas, la falta de sus libertades y notar que sus antiguas hambres no se calmaban nunca. El deseado se trastocó en el odiado.
El Palacio de la Moncloa siguió siendo un refugio para esconder pasiones y permitir negocios. Así continuó en los tiempos de la inclasificable Isabel II, tan castiza como libertina, tan popular como corrupta. Nos parece ridículo, cursi, hacer pública una visita tan naif a ese lugar de tantas historias de nuestra historia. Que los asesores se lo curren más. Que el progresista señor de La Moncloa aprenda de la propia historia de ese lugar que provisionalmente habita. Que no incumpla promesas, ni maniobre leyes o desvirtúe la Constitución.
Hay un momento para saber dejarlo, mudar de casa, abandonar palacio y salir a la calle. Permitir que ese pueblo que vive lejos de palacios y de moncloas, se exprese y decida quién debe seguir habitando ese lugar lleno de secretos y de historia. Me cae bien Isabel Preysler, pero prefiero un país que no se mire ni en su espejo, ni en el del habitante de la Moncloa. Y que no se cumpla el vaticinio de Ferlosio: «Vendrán más años malos y nos harán más ciegos». Feliz año.