La quema de Iglesias
«Ya no quemamos iglesias porque estamos dispuestos a quemar en plaza pública, sin juicio, ni presunción de inocencia a uno de los más universales españoles vivos»

Julio Iglesias en un concierto. | Europa Press
«…amo así la vida, y tomo de todo un poco
Me gustan las mujeres, me gusta el vino.
Y si tengo que olvidarlas, bebo y olvido»
Julio Iglesias
Nuestra historia es también la historia de la quema de iglesias. Elementos incontrolados —algunos piensan que sincronizados extremistas, verdaderos forajidos de la izquierda radical— quemaron centenares de iglesias por toda España. Más de una decena en Madrid. Algunas me son muy cercanas, muy queridas. La hermosa y barroca iglesia de San Andrés en La Latina, al lado de la Plaza de la Paja. Esa capilla que ardió en los primeros días de la Guerra Civil, era una joya del barroco y un triunfo sobre el clasicismo. Visitamos y admiramos lo salvado hasta avanzados los años 80 del pasado siglo.
Otra, aún más cercana que veo cada día desde mi casa, es la llamada Colegiata de San Isidro, durante mucho tiempo «provisional» catedral de una capital que no tenía una verdadera catedral. De iglesia de jesuitas dedicada a San Francisco Javier a Colegiata después de la expulsión de la orden. En la quema, además de perderse lienzos de Francisco Ricci y Luca Giordano, se hundió la espectacular cúpula, la primera con estructura de madera de la arquitectura española.
Ligada a mi adolescencia, a mis picardías y mis juegos, recuerdo con emoción la que fuera más importante iglesia de Alcalá de Henares. No está claro quién la quemó, aunque sí se sabe de la salvajada incontrolada posterior en que fue saqueada. En esa iglesia, en la llamada Capilla del Oidor se encontraba la pila bautismal de Miguel de Cervantes. Hoy se pueden ver los restos de la quema, su campanario y la reconstruida capilla con la pila reinterpretada. Historia central de nuestra cultura, prueba recuperada y testimonio de por qué sabemos que Cervantes nació en Alcalá. La partida de bautismo se salvó de «milagro». El párroco salvó in extremis el Libro de Bautismo, y lo entregó a un familiar llamado Juan Raboso, poco antes de ser asesinado. Tuvo la prudencia de guardarlo en una metálica caja de galletas, aislarlo e introducirlo en un pozo de una casa cercana. Los alcalaínos —uno es de dónde hizo el bachiller— le debemos ese ingenio y esa valentía.
No corrían buenos tiempos para iglesias ni religiosos. Muchas obras se perdieron. En Madrid, además de las citadas, tenemos que lamentar la destrucción de cuadros de Mengs, Goya o Tiziano. Aquellos tiempos de las quemas, los saqueos o de robos de patrimonio pertenecen a nuestra memoria, a nuestra historia que debemos conocer y no olvidar. Algunos/as pretenden seguir haciendo «arder las calles» pero ya tienen poca clientela que siga aquellas viejas consignas de los descontrolados, de los fanáticos.
Ya no quemamos iglesias porque estamos dispuestos a quemar en plaza pública, sin juicio, ni presunción de inocencia, a uno de los más universales españoles vivos. No les viene mal para que se distraiga la propuesta montaraz, desigual, insolidaria de Montero y sus servidumbres. Para que se olviden o se diluyan sus comportamientos poco ejemplares con las mujeres, con sus agredidas y no denunciadoras, sacamos los tribunales de la inquisición con esas denuncias, que tendrán que poder demostrarse, de supuestos delitos, agresiones o abusos de algunos de nuestros más reconocidos artistas o políticos que no militan en el progresismo.
«Denunciaron a Plácido Domingo, embarraron su biografía, no le quitaron la voz, se conformaron con quitarle el dinero»
Denunciaron a Plácido Domingo, embarraron su biografía, no le quitaron la voz, se conformaron con quitarle el dinero. Soy partidario de aquel antiguo dicho: «El que la hace, la paga». Plácido pagó y se quedó sin cargos aunque siempre le quedará la carga de la sospecha. Lo mismo que sucedió con Michael Jackson, pagó para el olvido. Potestad que tienen ricos y famosos de poder borrar supuestas manchas. Que tienen otros sospechosos, ni tan ricos ni tan famosos, que si pertenecen al universo de la izquierda ya se creen merecedores del beneficio de la duda, del perdón o del olvido.
La cancelación, el Me Too, el «yo sí te creo», se aplica con alguno de los nuestros, de los progresistas, mucho más que con los no adscritos. Se llamen Polanski o Woody Allen. Se llame Adolfo Suárez, juzgado, condenado y denigrado después de muerto. Nos olvidamos de Bill Clinton como nos podemos olvidar de los tocamientos de Ortega y Gasset. Pero la pira popular, la quema está que arde y ahora le ha tocado al confeso truhan de Julio Iglesias. No a todas las iglesias se les aplica la misma tea. Al Iglesias, Julio, hay que explotarle a diario, llamar a los escolares y a los maduros de la vida y la moral para volver a la quema de Iglesias.
No pienso disculparme por mis dudas sobre el asunto Iglesias, no creo en su santidad, ni creo que tenga una moralidad que pase un examen del feminismo activista. Ni le aplaudo, ni le denigro. Ni soy autor de su hagiografía ni me apunto a su cancelación. Así como no espero que Javier Cercas o José Manuel Lorenzo tengan que retirar lo favorable que han contado de Suárez; tampoco esperaba el arrepentimiento tan difundido y rápido de su admirador y último biógrafo, mi amigo Ignacio Peyró. Me consta que gusta de las mujeres, del vino y de la buena vida. Cada uno con su estilo, pero en eso somos muy afines a Julio, a este Iglesias que no será fácil quemar.
No he leído el libro de Peyró pero lo haré. Siempre he sido muy seguidor de Julio Iglesias, de parte de su vida y de muchas de sus músicas. No es Dylan pero me gusta. Siempre me gustó a pesar de su madridismo, de su estilo de pijo del Barrio de Salamanca, aunque —como yo— naciera en Mesón de Paredes, un accidente de barrio popular que no repitió. Tampoco en eso nos parecemos. Ni en su manía por ser el más moreno y el que mejor lleva la ausencia de calcetines.
«De Julio Iglesias, menos de su equipo de fútbol, me han interesado muchas cosas. Su arrolladora simpatía, su pasión por la vida»
Durante mucho tiempo fui un progre muy ecléctico. Me gustaban Raimon y Paco Ibáñez, sin olvidar a Raphael o Julio Iglesias. Como me gustan Billie Holiday y Concha Piquer, María Dolores Pradera o Édith Piaf. No sigo, la lista de mis eclecticismos es demasiado larga. Tuve la fortuna de conocer a algunos de esos mitos, no a la Piaf pero sí a Juliette Gréco. Y de Julio Iglesias, menos de su equipo de fútbol me han interesado y complacido muchas cosas. Su arrolladora simpatía, su amor por los buenos vinos, por las hermosas mujeres, Galicia y su pasión por la vida.
Lo conocí y disfruté hace décadas. Tuvimos algunos amigos comunes, dos personas importantes en mi vida profesional y personal. Uno era Juan Cueto, absolutamente moderno desde su particular «vetusta» cultura y mitomanía pop. El otro Feliciano Fidalgo, insólito, libérrimo, generoso e independiente periodista y amigo. Ambos muy amigos de Julio y con los dos tuve la fortuna de compartir horas, comidas, bebidas, viajes y risas con el artista ya universal. Nunca olvidaré dos viajes que hicimos en su avión privado, un lujo fuera de nuestro alcance, pero sin duda alcance de nuestra afición por disfrutar.
El primero fue a uno de sus conciertos en Oviedo, la ciudad de Cueto y dónde pasamos larga noche en el Reconquista y regreso con resaca a nuestra realidad. Otro fue un improvisado viaja con Feliciano Fidalgo, cargados de vino Pesquera y con meta en la Brasserie Lipp de Saint-Germain para comer una popular andouillete, con ese vino del Duero que Julio puso en la escena. Tampoco debo olvidar esas bolas negras pequeñas que venían del este, ni aquellas ostras que llegaron de La Vendée. Hay cosas que no se olvidan, espumas felices de aquellos días, generosidad de Julio, felicidad de sus amigos y de tantas hermosas que querían hablar, estar, beber, reír o lo que sea con el más universal de nuestros cantantes.
Me quedo con ese Julio, amigo de Sinatra y Aznavour, de Diana Ross o de Willie Nelson, de Feliciano y de Cueto. Divertido, curioso, mundial, madrileño, gallego y españolazo que algunos ahora pretenden llevar a la hoguera, al olvido o al desprecio. Lo que tenga que ser será. Que las cosas que dicen las demuestren. Que Julio las explique. Que siga contando y cantando. Que no le apaguen su sonrisa, que el fuego sea fatuo, que se extinga pronto. Que no quemen más iglesias.
Podía prometer, pero no prometo, contar algunas historias poco edificantes que conozco de cercanos artistas de la izquierda. No quiero ser cantamañanas mientras me libre del fuego enemigo, o del fuego amigo. Estoy en el ardor pero no me quemo, la vida nunca sigue igual, a veces es peor y aparecen las viejas hordas que quieren seguir quemando iglesias o a Julio. Ojalá sea el ninot indultado de esta falla populista, mediática y algo sospechosa. Que pueda seguir su vida sin rencor. Hey.