The Objective
Javier Rioyo

Los trenes de nuestra vida

«Perdí a dos amigos, Óscar Toro y María Clauss, periodistas, solidarios y votantes del Gobierno del ‘progreso’. Que resultó ser del relato, de los enchufes y las mentiras»

El verso suelto
Los trenes de nuestra vida

Tren.

«Yo para todo viaje

—siempre sobre la madera

de mi vagón de tercera—

voy ligero de equipaje»

Antonio Machado

No coincidimos en el tren con Machado, pero en estos días regresa la memoria de algunos trenes de nuestra vida. Aquellos primeros trenes que cruzaban como ruidosos dragones los pueblos, los campos, las sierras, los andenes de solitarias estaciones; aquellos que nos parecían veloces y seguros a pesar de sus traqueteos o del ruido de su frenada al llegar a la estación. El placer de alejarnos después de oír el silbato del factor y descender, como viajeros una noche de invierno, en un lugar desconocido, entre el humo de la máquina, la cantina entre brumas y parroquianos que bebían aguardiente, en una estación de azulejos y el destacado rótulo en la pared de ladrillo con el nombre de la ciudad. Veíamos partir a los desconocidos compañeros de viaje con sus viejas maletas y los abrazos de quienes les estaban esperando.

Mi novia y yo nos habíamos escapado, casi furtivamente, de una Sigüenza helada y llegamos a una congelada y nevada Soria. Después del viaje había que buscar una pensión que no nos pidiera el «libro de familia». Era el tiempo de los trenes de tercera, de las fugas secretas, de la ilusión del viaje y de la ilusión de una aventura que comenzaba en la vieja estación de una antigua ciudad castellana. Una con tren y Machado, una más de su vida errante. Comenzar la escalada al centro de la ciudad casi solitaria, aquella sensación de estar en una película, que no era de la nouvelle vague, pero tenía un guion que para nosotros representaba la sensación de vivir libres en aquel temprano final de nuestra escapada.

No era tan fácil, el país estaba lleno de vigilantes, éramos sospechosos de ser jóvenes y felices, el tren había hecho posible la huida y la ilusión de la aventura a lomos de un caballo mecánico que nos había dejado restos de partículas de hollín. No había leído La paradoja del interventor de Hidalgo Bayal y las estaciones me parecían la antesala de inicios de emociones desconocidas.

Merecía la pena, aunque los trenes, como la vida, estuvieran rigurosamente vigilados, fueran incómodos y estuviéramos bajo la sospecha del revisor y el miedo a la pareja de guardias civiles que recorrían los vagones y pedían papeles. Éramos menores de edad y todo viaje resultaba sospechoso. Nos aficionamos a los trenes, a las viejas estaciones, a las ciudades algunas veces grises y otras de felices colores. Nosotros éramos chicos del pop, amigos del rock y no había franquismo que impidiera sentirnos aventureros en vagones de tercera. Pasaron trenes y años, pronto salimos de Atocha una tarde para llegar a París al desayuno, cenamos en el restaurante del Puerta del Sol, con blancos manteles, vino y camareros al viejo estilo.

Ya estábamos en la modernidad, éramos afrancesados y europeos, cantábamos Le meteque con Moustaki y el Marrakesh Express de Crosby, Stills y Nash. Como jinetes en la tormenta, con algún porro, nos fuimos a visitar la tumba de Jim Morrison en Père-Lachaise y nos hicimos fotos en la cercana de Óscar Wilde. Habíamos cambiado de trenes, conocido los Talgos, dejando atrás las vías estrechas españolas para cruzar Europa en tren y con macuto. Éramos modernos, nos gustaban los viajes, los trenes y las estaciones. Con Franco Battiato y Los trenes de Tozeur nos fuimos a Túnez en aquellos pueblos de la frontera vimos como niños y mayores festejaban el paso de los trenes que no se detenían.

«Los AVE, con aquellas velocidades, su puntualidad y un diseño adecuado, nos hicieron compartir un país moderno»

Perdimos muchos trenes sin olvidarnos de que una vez fuimos felices en aquellos ferrocarriles cutres, lujosos o míticos. Llegamos a Estambul en el Orient Express, que habíamos cogido en Sofía, y nos decepcionamos porque ya no tenía nada que ver ni con Agatha Christie, ni con leyendas, ni lujos, ni art, ni decó. Era un enorme e incómodo tren, lleno de turcos emigrantes en Alemania que llenaban vagones y hacían mucho ruido. Solo en el bar tomando unos vinos pudimos huir de ese mundo de bebedores sin alcohol. Entendimos que ni la mitología ni la nostalgia eran lo que fueron y en el bar del Pera Hotel se nos fueron las penas.

Seguimos fieles al mundo como un lugar de viajes en carretera, en aviones, barcos o en nuestros queridos trenes. Nos hicimos un Hitchcock, y más que extraños en un tren pretendimos ser Cary Grant y Eva Marie Saint en viaje a bordo del 20th Century Limited, nuestro primer viaje a Chicago. Tampoco los martinis, ni el restaurante eran los de North by Northwest, ni yo era Grant, pero teníamos la vida en los talones, el amor por los trenes con restaurante y por las películas del tío Alfredo, al que tanto gustaba salir en su cine subiendo a algún tren. También soñamos con el tren de Con faldas a lo loco o con la estación de Solo ante el peligro, pero nadie es perfecto, ni las películas de ahora son las de Wilder ni de Zinnemann. Ni las estaciones las de Gary Cooper, ni las rubias como Grace Kelly.

El tiempo ha pasado lentamente, los trenes han cambiado y la alta velocidad, con nuestro orgullo de los AVE, nos colocó en un lugar de preferencia en transportes, modernidad y rapidez. Si bien nuestra memoria decadente siempre prefiere aquella elegancia burguesa del Talgo, celebramos aquellos trenes rápidos de los años del socialismo felipista. Otros tiempos, otros socialistas. Es verdad que los AVE, con aquellas velocidades, su puntualidad y un diseño adecuado, nos hicieron compartir un país moderno que se movía entre Madrid y Barcelona, Madrid y Sevilla en el tiempo de leer una novela corta.

Éramos europeos, Barcelona era amiga cercana y Sevilla nuestra comadre, nuestra alegría. Aquel lujo de la inmensa minoría nos acercaba y distinguía. Los turistas aumentan, los viajes crecen, los trenes se multiplican, se liberalizan y formamos parte inevitable del turismo de masas, de los millones que viajan en unos trenes de alta velocidad y de menos alta calidad. Vuelven traqueteos y retrasos, vuelve la memoria de otros tiempos, otros trenes. Algo está pasando. No puede ser. Tenemos el Gobierno más «progresista leninista» —¡Ay, aquel tren de Lenin!—, vivimos el mejor momento de la historia del ferrocarril en las siempre ponderadas palabras del siervo más destacado del «puto amo». Grandes inversiones, negocios con chinos, dinero de Europa… algo huele a podrido lejos de Dinamarca.

«Sospecho que viajamos a dos velocidades, la del relato del Gobierno y la real de los usuarios»

¿Cómo es posible que tengamos que estar parados en medio de la nada? Será que hay que dar un paso adelante y dos atrás. Pero, joder, una cosa es atrás y otra el furgón de cola. Sospecho que viajamos a dos velocidades, la del relato del Gobierno y la real de los usuarios. Nos quejamos, para nada. Protestamos y nos volvemos a sentar esperando vía libre, esperando que las cosas cambien. Y cambiaron. Se jodieron más. Nos golpearon, nos mataron, nos dejaron perdidos en nuestras paradas, en las vías de estos trenes que nos vendieron como lo más rápido, lo más chulo, lo más moderno. Una mierda. Un dolor que nos conmueve, pero que también nos hará movernos.

¿Por qué estos ministros, estos directivos, estas comparecencias para el desvío de los problemas? ¿Por qué estas muertes? Todos los que han vivido y sufrido, todos los muertos nos importan y nos señalan. Perdí a dos amigos, Óscar Toro y María Clauss, periodistas, compañeros, solidarios y votantes del Gobierno del «progreso». Que resultó ser del relato, de los enchufes y las mentiras. Con María y Óscar estuve cenando en su casa de Huelva, llenos de proyectos y de buenas intenciones, de buena fe y de ingenuidad.

Discrepamos, disentimos, pero nos entendíamos en nuestras diferencias. Todavía no me creo que esa María tan vital y generosa, la que hizo que pudiera hablar de cine y documentales en la Universidad de la Rábida, la que no censuraba mis opiniones, ni mis críticas a los que ellos habían votado, ya no podrá disentir más. No podrá votar. No verá la vida de su hija llena de futuro. No les olvidaremos. Queremos, como quiso María con sus fotos, que no tengamos que seguir viviendo donde habite el olvido. Recuperaremos, como ella lo supo hacer, ese lugar de la memoria y el sentimiento que está allí «donde no habite el olvido».

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