The Objective
Javier Rioyo

El tío Julio, la sociedad civil y los civilizados

«Las sesiones del Congreso Nacional de la Sociedad Civil nos mostraron que hay otra España posible y necesaria, sin extremos ni extremistas»

El verso suelto
El tío Julio, la sociedad civil y los civilizados

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros

por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa…

mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines que son hacer bien

a todos y mal a ninguno»

Miguel de Cervantes.

No conozco al tío Julio pero me cae bien. Tampoco conocí a la tía Julia, aunque tuve la suerte de conocer a su escribidor y joven marido, el añorado Mario Vargas Llosa, el mejor de nuestros liberales españoles y peruanos, sin dejar de ser british y afrancesado. Echo de menos al escritor, al escribidor, al hombre y a sus circunstancias. En él, con él, nos reconocimos muchos que fuimos jóvenes lectores, bebedores en otras catedrales, otras tabernas, otras tauromaquias y otras aventuras y desventuras del ruedo ibérico. No es fácil ser liberal como él lo fue. Es difícil contar como él lo hizo. Es posible y necesario aprender con su obra, con su vida, con sus amores y su educada manera de apasionarse, de discrepar y de defender la historia —su propia biografía— que fue una mutación comprometida, inteligente y libre. Saber pasar de las musas a la realidad. No ser de izquierdas ni de derechas, ser un buscador y un relator de incómodas y necesarias verdades que ayuden a saber más de nosotros mismos. La verdad de las mentiras.

Muchas veces sigue Vargas Llosa en mi recuerdo, en mi necesidad de encontrar referencias y salidas de este país, de este mundo, de todos los demonios. Con ese ánimo me fui al Congreso Nacional de la Sociedad Civil. Una reflexión, un debate, sobre nuestro reto de mirar al futuro, a la España de la próxima década. Convocadas por Rafael Catalá y Luis Trigo, muchas voces que tuvieron poder y tienen pensamiento fueron las invitadas. Construyeron un mapa de futuro, a partir de reconocer las fisuras de nuestro pasado y nuestro presente. La esperanza no estaba hundida aunque muy tocada. Después de escuchar la ponencia de cierre de dos veteranos de la política, Eduardo Serra y José Manuel García-Margallo, que desde su reconocido extremismo de centro nos dieron ánimos cuando expresaron su acuerdo en que: «No hay mal que cien años dure». Menos mal. Nuestros biznietos, espero, podrán disfrutarlo.

Con Serra y Margallo terminaron las sesiones de este encuentro entre civiles y civilizados que si no fue capaz de darnos ánimos cercanos, al menos, nos mostró que hay otra España posible y necesaria, sin extremos ni extremistas. No podemos dejar que la barbarie podemita renazca de sus palacios asaltados, que desde su fascismo izquierdista, de su cercanía a un Mein Kampf —Margallo dixit— renovado por su populismo permita que nos aguantemos ante los discursos del odio y el señalamiento de expulsión de demócratas, constitucionalistas y de una mayoría dispuesta al diálogo.

Ni la razón, ni la calle, ni el ejercicio del poder debe ser suyo ni de sus cercanías. Ni permitir los disfraces quijotescos de los sandios, golfos, autoritarios y maniobreros del Gobierno. Ni que Sánchez y alrededores sigan colonizando los espacios del poder y la cultura. No podrán imponer siempre la mentira, adueñarse del relato y descarrilar un país, una sociedad de civiles —y militares— en sus intentos de superación, reconstrucción del diálogo y un renovado espíritu de reforma. Somos muchos y reconocemos el ejemplo de otra manera de pensar para hacer posible que una necesaria limpieza ocupe instituciones y gobierno. Un ciego no puede ser el guía para salir de esta selva. Hay que buscar nuevos caminos o renovar los que una vez transitamos.

En El coloquio de los perros cervantino, no en esos mal citados de una obra que ni conoce ni se le espera, se nos dice que «el andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos». Así debería ser. Así lo es cuando en el poder y en la reflexión están las personas que no confunden la democracia con la suma de los votos de los contrarios. Cuando el resultado de las urnas no permita alianzas espurias, bastardas, ilegítimas por seguir salvado y parapetado en el poder. El mismo que no puede salir ni a la puerta de su ocupado palacio.

«Después de siglos de pelearnos, con la Transición conseguimos algo parecido a la superación de las dos Españas»

Creo que Sánchez, y lo califico con generosidad, no es un buen español. No lo es desde ese lado que recordó Javier Gomá cuando, en un tiempo no muy lejano, conseguimos ser ejemplo y referencia de cambio de nuestra historia. Después de siglos en el arte de desacreditarnos, de pelearnos entre «el antiguo régimen y la modernidad», entre retrógrados y liberales, con la imperfecta y mejorable Transición conseguimos algo parecido a la superación de las dos Españas. Conseguimos gustarnos. Llegamos tarde pero llegamos. Ensoñamos despiertos haber superado tanta injusta apropiación de lo patriótico. Una vez dijo Franco del gran García Berlanga —después de haber visto en privado El verdugo— y con manifiesto desconocimiento de la persona y el sentir de Berlanga que era «peor que un comunista. Es un mal español». Ni tenía razón Franco. Como no la tienen esos patriotismos de ahora herederos de sus eslóganes, de sus arcaicos pensamientos y que ahora enarbolan voxeros y sus allegados. Hay otra España y estuvo en el Congreso de la Sociedad Civil.

Me gustó ver y oír a Leguina, destituido en su partido y despreciado por los que se han apropiado de las siglas y borrado su historia. Nuestro socialista y expresidente madrileño, nos devolvió al recuerdo de aquella Casa de Fieras donde recordamos nuestra condición de animales torpes que tantos años fuimos. Después, al ser capaces de leer, entender y discutir, sin dejar de ser torpes nos hicimos humanos. Ciudadanos de un mundo que necesita de los que llegan de otras partes, otras culturas y nos amplían. Saber cuidarnos de la demagogia de llenarnos de marronas pero saber hacer crecer una integrada inmigración sin guetos ni privilegios. Un país sin guetos nos dijo Leguina.

No había muchos socialistas por allí; no pude hablar con Juan Luis Gordo que tiene mis respetos por otros tiempos, otros socialistas. Me ausenté del Congreso unas horas para escuchar el voluntarismo y convencimiento que todavía conserva Jordi Sevilla. Cree que es posible, y necesario, un socialismo sin Sánchez. Ojalá tenga éxito en su busca y suma de suficientes socialdemócratas de buena voluntad, buena ética y capacidad de resistir las vigilancias y castigos de los que se atrevan a manifestar su discrepancia. Deben existir, pero entre el clientelismo, el miedo y el querer conservar «el puesto que tengo allí», no es fácil abandonar el escepticismo y la duda.

Sentí no haber podido escuchar a José María Lassalle, sin duda uno de los mejor dotados para la modernidad de la renovación de una España liberal, de progreso y de convivencia. Sigue siendo Lassalle una de esas esperanzas de que otra política cultural es posible y urgente. Sí tuve la oportunidad de volver a escuchar la viva memoria, el conocimiento, el análisis cercano, certero y agudo del querido y admirado Francesc de Carreras a quien tengo la suerte de frecuentar y seguir con interés. Nos volvió a recordar lo inacabado de nuestra Constitución, tan útil y necesaria, pero todavía por cumplir y desarrollar. Con personas como Carreras podemos soñar con la posibilidad de terminar la obra, de terminar ese instrumento que llamamos Estado. Para volver a pensar en su eficacia es condición indispensable soltar las amarras del sanchismo y sus alianzas.

«Lejos de conseguir un federalismo, un autonomismo simétrico, nos hemos dejado llevar por la desigualdad y los privilegios»

En esa línea también estuvo la claridad de Elisa de la Nuez que diseccionó las oscuras maniobras de transformar —para liquidar— nuestro ser constitucional. El peligro de las concesiones a los nacionalismos, la jugada de rescatar a Salvador Illa con su imposible matrimonio entre nacionalismo y sanchismo, estamos permitiendo que con unos nacionalismos privilegiados se vaya por la gatera nuestro Estado de las autonomías. Lejos de conseguir un federalismo, un autonomismo simétrico, nos hemos dejado llevar por la desigualdad y los privilegios. Unos históricos otros de nueva planta. Difícil se lo dejan al que venga para deshacer entuertos y revertir concesiones dudosamente constitucionales.

Mi último recuerdo —last but not least— de esa jornada civil, no optimista pero sí elucidadora será para hablar de la presencia de Miriam González Durántez, más o menos nueva en este ruedo ibérico pero que en poco tiempo se ha convertido en la esperanza posible de que se puede cambiar algo, mucho. Que tenemos que esforzarnos y creer que somos mejores, que podemos ser patriotas, ser europeos, sin dejar de ser de un pueblo de la vieja Castilla.

Miriam es de mi muy querida ciudad de Olmedo, la del caballero, la «gala de Medina, la flor de Olmedo». No ha venido con nocturnidad, no ha venido a matar, ni a ganar pasta, ni a robar o buscarse un empleo. Joven y ya veterana en muchas lides europeas, británicas, californianas, viene a refrescar nuestra foto fija de políticos. Nueva foto para airearnos, renovarnos, meter tripa, sonreír y saber repensarnos. Es la segunda vez que la veo de cerca, que la escucho con interés y es capaz de hacerme despertar algo parecido a una cierta esperanza en un país mejor, una España mejor. Me gusta la historia de su tierra, me es cercana. Me gustan los vinos de esas riberas.

Un recuerdo especial a los del humanista y gran arquitecto Rafael Moneo que ha sido capaz de recuperar viejos viñedos de la histórica Mejorada y elaborar un gran vino. Me gusta la memoria romana, la barroca, la legendaria, teatral y la de la realidad de una tierra ni vacía, ni vaciada. Me gusta la apelación de esta olmedana para devolver el poder al ciudadano, su saber reivindicar la aplicación de nuestro texto constitucional y saber agitar nuestros deseos de cambio. Esa creencia en mantener la voluntad de cambiar las cosas desde «una tensión incómoda, no inadecuada». Que siga, sin prisas ni pausas. Que siga escribiendo, consultando y escuchando a su tío Julio, un agricultor, un caballero de Olmedo. Apenas conozco a Miriam, ni conozco al tío Julio, pero sí reconozco en ella, en ellos, un país, un patriotismo que me es querido y deseado. Con ella mi iría de vinos y de votos. Vale.

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