Cara al sol y sombra
«España siempre ha sido un país de sol con muchas sombras, incluso con bastante mala leche y café para casi todos. España es un país muy suyo y algo nuestro»

Ilustración generada mediante IA.
«También puedes venir si quieres, te esperamos, hay lugar para todos.
El tiempo no importa, ni el espacio, cualquier noche puede salir el sol»
Jaume Sisa
También los obreros, y otras clases de la tropa popular patria, tenían su cóctel, aunque le llamaran «pelotazo». El «sol y sombra» era un cóctel transversal en edades, procedencias e ideologías. Lo bebían los que cantaban el Cara al sol y los que tarareaban La Internacional. Los novios de la muerte y los de las barricadas. España siempre ha sido un país de sol con muchas sombras, incluso con bastante mala leche y café para casi todos. España es un país muy suyo, bastante diferente y algo nuestro.
Un país con muchos himnos, muchos cantamañanas, bastantes agoreros, un puñado de patriotas, un grupúsculo de golpistas y reaccionarios de izquierdas y derechas. El «sol y sombra» reparte sus bondades entre el sol con un cierto dulzor del anís —agradable y fuerte como la mujer barbuda de José de Ribera— y la sombra del brandy, del coñac más del estilo del estilo legionario de Millán-Astray. España, camisa blanca de mi esperanza, camisa azul de mi memoria, camisa roja de mi pasado y camiseta colchonera de mis pasiones.
El 23-F, aquella tarde de nuestras sombras vividas en las afueras del Congreso secuestrado, aquella larga noche del Palace con whisky de la casa para pasar la espera y esperar la desordenada salida por ventanas y puertas traseras. Salían felices, con sus alegrías liberadas y su memoria reciente de un susto que nos pudo devolver de un plumazo a los tiempos de prietas las filas. Estuvimos preocupados, aquellos representantes que cantaban los poemas de Alberti lo tenían crudo. No menos crudo que aquellos centristas que venían de haber cambiado el Cara al sol por la Libertad sin ira, que no tenía tanta fuerza, ni letra tan poética, ni música tan hímnica, que nos daba mucha más tranquilidad, aunque nos sonara bastante cursi.
Aquella noche del 23-F, después de salir del cine —con mis ojos encendidos gracias a Lauren Hutton en American gigoló— al llegar a casa, no lejos del Congreso, ignorante de la asonada, del golpe abierto y amenazante, me encontré con mi tribu familiar alterada por los sonidos escuchados en directo. La radio hizo posible que pareciera verdad aquella insólita rebelión de tiros sueltos y militares esperpénticos. En unos instantes volvieron los olvidados temores de un regreso al pasado. Hacíamos planes de fuga, sueños con el invierno en Lisboa. Confieso que no estábamos dispuestos a tirarnos al monte, ni revivir la guerra de nuestros antepasados. Ni éramos héroes, ni teníamos himnos.
Cuando el rey habló con contundencia y claridad ante las cámaras de TVE, espantamos miedos y decidimos acercarnos a la Carrera de San Jerónimo. De nada valió mi viejo pase de periodista acreditado, tuvimos que hacer calle antes de llegar al refugio en el Palace. Por allí estaban curiosos de intenciones varias, deseos diferentes. Se nos notaba lo progre y unas tropas civiles de García Carrés nos dijeron que nos anduviésemos con cuidadito, que no olvidáramos sus himnos, que la pelota estaba en el tejado y que el espíritu imperial resistía entre los bigotes zarzueleros de Tejero y los refinados de Milans del Bosch. A esas horas ya sabíamos que habían perdido. Juan Carlos ya había parado el golpe. Los heteróclitos de tropa desorganizada querían salir por las gateras, olvidarse de sus himnos, de sus consignas y de sus frustrados, despistados, imposibles propósitos.
«Ni queríamos a los asaltantes del Congreso, ni a los asaltadores de los cielos»
Para esos retrocesos históricos no «habíamos muerto un millón de españoles», en frase de mi recordado Eugenio Suárez. Aquella tropa mal uniformada de patriotas de cortas luces y torpes consignas se replegaba en sus cuarteles de invierno, en sus refugios caseros, en sus filas rotas, en sus rutas marginales. No tenían al Borbón ni, mucho menos, tenían al pueblo. A los dos días salimos a la calle con una fuerza, una transversalidad y un empeño de superación que supimos demostrar que éramos capaces de ser mejores, más libres, con más diálogo y menos muros.
A golpes de Constitución y consenso, dejando que el disenso se expresara y tuviera su lugar, una mayoría de españoles se pasó del «sol y sombra» al gin tonic o al vino de crianza. Nuestro futuro ya no estaba en la huida a Portugal ni en el exilio a Francia. Ni queríamos a los asaltantes del Congreso, ni a los asaltadores de los cielos. Ni ángeles caídos, ni ángeles con espada, suave o fieramente humanos, demasiado humanos. Españoles que no queríamos dejar de serlo y que supimos hacer un país mejor, sin tanto himno ni tanta monserga.
Mala semana esta para los jóvenes y mayores que andan por ahí de cantores de la Internacional o lo que quede de ella. Mala también para los nostálgicos del Cara al sol o lo que quede del espíritu de aquel himno que nació en una taberna, entre vinos, sol y sombra y poetas azules. Conocí a uno de aquellos letristas del «Or-Kon-pon». La taberna dónde encontraron las palabras adecuadas para una buena música de Juan Tellería, que quedó tocado y estigmatizado por aquella música.
La letra se la apuntan varios: Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, Mourlane Michelena, quizá Miquelarena, el propio José Antonio, la revisión de Sánchez Mazas y la intervención de un joven falangista, después de haber sido convencido republicano, fascista a continuación y simpático por sí mismo: José María Alfaro. Joven escritor querido por Salinas, Bergamín, González Ruano, Giménez Caballero, Miguel Hernández o Manuel Machado. Alfaro abandonó la tricolor y fue destacado quintacolumnista joséantoniano, tertuliano de la Ballena Alegre, amigo de unos y los contrarios, diplomático y destacado periodista.
«El franquismo se mostró incapacitado para toda forma de diálogo, de acercamiento y después de perdón o humanidad»
Lo salvó el amigo de Lorca, y de tantos de uno y otro lado, Carlos Morla Lynch, que hizo de su embajada chilena en Madrid lugar de convivencia y refugio de ambos bandos. ¡Incluso en la guerra había quien seguía pensando que el diálogo era posible, necesario! El franquismo se mostró incapacitado para toda forma de diálogo, de acercamiento y después de perdón o humanidad. Fue un horror de muchos años que algunos no quisieron ver, ni mucho menos condenar. Cuando yo conocí a Alfaro, en los años ochenta, era muy maduro, afable, memorioso, elegante y más cerca de Ridruejo que del fascio. Pasó de cantar el Cara al sol a Sara Montiel, sin despeinar sus cejas.
Yo confieso haber sido un adolescente que cantaba el Cara al sol. Que se sabía las letras y músicas del franquismo, incluida aquella versión de algún himno nazi que se llamó Camisa azul y de la que nunca se me olvidaron unas estrofas: «…la muerte del cacique y del bolchevique, del holgazán y de la reacción». No pasó nada: el sol no salía para todos, las rutas no eran imperiales, la primavera se ponía a reír y llorar; y por supuesto caciques, holgazanes y reaccionarios seguían en lo suyo.
Los bolcheviques se reconvirtieron, se hicieron eurocomunistas, socialistas y después nos cayó la del pulpo. No todo está perdido. Aunque lloremos por Susana Díaz, vendrán las escuadras de la izquierda de la izquierda, pasando por la caja, por los caribes o lo que toque. Intentarán seguir asaltando despachos, negociados, ministerios o paradores. Cada vez lo tengo más crudo para aspirar a mi deseado puesto de presidente de Paradores. Después de Óscar López está claro que no doy la talla.
Tampoco creo que pueda estar a la altura de las iniciativas creativas de la nueva presidenta y su «naturaleza de los sentidos», ni para la desclasificación de las aventuras nocturnas en Teruel, en Sigüenza o en Sos del Rey Católico. Del nuevo, el de Ibiza, ya ni hablamos. En ese recién inaugurado en Dalt Vila, no están permitidas ni las presencias de sus arquitectos, que se olvidaron en su inauguración de invitarles a una suite o a una estándar con vistas. Hay que cantar más La Internacional y menos Arponera, más L’estaca que Aserejé. Digo, es un decir.
«A rezar que el Papa está al llegar. Espero que no le echen la culpa de los resultados en las elecciones en Andalucía»
Han desclasificado, nos han metido miedo, incluso nos han puesto al borde de un ataque de nervios en plan Almodóvar apocalíptico: estamos al borde de que todo salte por los aires, ha muerto Tejero, Zapatero sigue enrocado, Puente en sus velocidades, Marlaska no se entera y los hermanos Sánchez Castejón triunfan en los carnavales de Cádiz y yo sigo sin ver las huestes de las juventudes inundando las calles con sus himnos fascistas.
Pues nada, habrá que volver a las barricadas y que la confederación, y sus viudos, nos pillen confesados. Ya me estoy preparando «como ciervo de agua fresca que a la fuente va a beber». A rezar, a rezar que el Papa está al llegar. Espero que no le echen la culpa de los resultados en las elecciones en Andalucía, aunque algo tendrá el agua cuando la bendicen. Vuelvo al blanco y negro. Paso de cánticos. Aunque amanezca en Cegama y yo siga gustando de aquello de Sisa: «Qualsevol nit pot sortir el sol».