Daniel Capó

En un plató

«Las grandes palabras suscitan emociones aún mayores ocultando así el espacio vacío de la política: ese gran fracaso colectivo que consiste en preferir vivir confortablemente en un plató de televisión antes que asumir el peso de una responsabilidad sin ira»

Opinión

En un plató
Foto: Bernat Armangue| AP
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

El año en que llegué a la universidad, se celebraron los Juegos Olímpicos de Barcelona y yo engordé diez kilos. No hay ninguna relación directa entre ambos acontecimientos, sino que dejé de hacer deporte y empecé a estudiar en serio por primera vez en mi vida. Nos creíamos modernos sin serlo sólo porque los Juegos habían sido un éxito y Barcelona se presentaba guapa al mundo, y España también. Estrenábamos, sin que yo lo sospechara, un nuevo modo de hacer política sustentado en la ficción. Alguien dirá que esto siempre ha sido así y no lo discutiré, puesto que hablo sólo de lo que he vivido, de lo que conozco de primera mano. En aquellos años, Monserrat Caballé cantaba junto a Freddie Mercury un pastiche pop, que ejemplificaba el rostro de una modernidad sin sustancia ni contenido: la modernidad televisada de las mamachicho, las tetas de Sabrina interpretando “boys, boys, boys” y el erotismo en formato thriller de Instinto básico.

Pocos años después Bob Dylan, profeta de la contracultura, ofrecería un concierto de rock al papa Juan Pablo II y sólo Ratzinger levantaría su voz en protesta. Pavarotti actuaba junto a Eros Ramazzotti, Sting -¿o era el Bono de U2?- se convirtió en voz de la conciencia universal y Pep Guardiola en un intelectual catalán. Los inanes entendieron el cambio mejor que los demás, lo cual habla bien de ellos y mal de nosotros. Porque realmente nada cambiaba, aunque a la vez todo se transformara. Lo importante, supongo, era ir modificando la superficie de espectáculo en espectáculo, mientras la realidad social se enquistaba en formas y usos más antiguos: la vieja política de ir comprando votos y enriquecerse a la sombra del poder.

El filósofo francés Rémi Brague ha afirmado en alguna ocasión que él pertenece a “una generación repugnante”. A veces también pienso mal de la mía, aunque seguramente nuestra culpa esté más atenuada y sea de un signo distinto. Somos hijos de una ficción que se empeñó en desnaturalizarnos, en vaciarnos por dentro, mientras unos pocos caraduras se repartían el pastel. El “no es esto, no es esto” que Ortega le espetó a la II República podría aplicarse a la farsa en que estamos inmersos y de la que también somos responsables: unos por acción, otros por omisión y la mayoría por indiferencia. Que el reality show se haya adueñado del debate público no sólo nos rebaja, sino que nos ha convertido en figurantes de un espectáculo que se mueve entre el humor cínico y el desgarro. Nuestro mundo parece obedecer al guión escrito por una banda de folloneros que nos mantienen entretenidos sin aportar nada más que su incesante victimismo con los bolsillos repletos, eso sí. Las grandes palabras suscitan emociones aún mayores ocultando así el espacio vacío de la política: ese gran fracaso colectivo que consiste en preferir vivir confortablemente en un plató de televisión antes que asumir el peso de una responsabilidad sin ira. Nos quieren desheredados y desheredados vamos a quedar. Y, el día que despertemos, no sé qué nos vamos a encontrar, pero tendremos que salir a la búsqueda de un hogar sin tradición alguna que nos ilumine el camino.

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