Daniel Capó

En una sociedad líquida

«Sin saber qué hacer ni cómo dirigir nuestras vidas, nos movemos hacia delante impulsados por un puñado de emociones sin depurar»

Opinión

En una sociedad líquida
Foto: Jack Dong| Unsplash
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En su libro Breaking Bread with the Dead, Alan Jacobs recoge la distinción que planteó el sociólogo Gerd-Günter Voss entre los distintos modos de conducta social. Para el autor alemán, habría fundamentalmente tres tipos: el primero sería el “tradicional o conservador”, según el cual nuestra vida repite en buena medida los esquemas habituales de nuestra clase y de nuestro entorno familiar. Compartimos etiqueta, prejuicios, hábitos, costumbres e incluso imaginario. El segundo correspondería a los que Voss define como «estratégicos». Se trata de personas con objetivos muy definidos, que organizan su vida de acuerdo a unas metas: de practicar un deporte de forma profesional a alcanzar un cargo de liderazgo en una multinacional o fundar una startup. El tercer tipo sería el «situacional», característico de los tiempos líquidos que estamos viviendo. El hombre situacional es el que –abrumado por la aceleración de los cambios sociales– cae en el cinismo, en la repulsa antisistema o en la parálisis inducida por la incertidumbre y la complejidad de los cambios.

Algo de esto hay. Cuando, por un lado, se dice que muy poco de lo heredado sirve –ni los valores, ni el lenguaje, ni las creencias, ni las instituciones de un mundo que se considera caduco– y, por otro, nos enfrentamos a una avalancha de novedades que ponen en riesgo nuestras seguridades –ya sean laborales, de crianza o de apego–, entonces resulta fácil caer en una profunda desorientación personal. Como respuesta a esta coyuntura, Alan Jacobs sugiere incrementar nuestra propia densidad cognitiva, haciéndonos más conscientes no sólo de la realidad, sino también de la importancia del pasado, a fin de aprender a interpretar lo que sucede. Disponer de una mayor densidad cognitiva nos permite aislar mejor la demagogia y el populismo, y diferenciar los problemas reales de los creados artificialmente con fines políticos. Con una mayor densidad personal nos preparamos mejor para los cambios y nos adentramos en el futuro con una mayor confianza en nuestras capacidades, tanto individuales como colectivas.

¿Hasta qué punto no estamos creando individuos mucho más endebles e inseguros, presas fáciles de los extremismos ideológicos? ¿Y cuánto de ello no se debe a la propia aceleración tecnológica y a un sistema de creencias que se nos ha impuesto como una nueva religión laica, la del humanismo buenista? Seguramente ambos factores se retroalimentan, de modo que difícilmente podemos separar el yo de las circunstancias y las circunstancias del yo.

Y, por otro lado, ¿es nuestro gobierno también situacional, en lugar de estratégico o tradicional? Se diría que cualquier gobierno actúa de esta forma, porque en realidad su única táctica consiste en perpetuarse en el poder a cualquier costa. Y ello exige responder a las demandas inmediatas de una sociedad líquida, que carece de la paciencia suficiente como para dejar madurar las políticas y cuyo malestar no entiende de sofisticaciones intelectuales, sino que responde a sucesivos escenarios de emergencia moral. Sin saber qué hacer ni cómo dirigir nuestras vidas, nos movemos hacia delante impulsados por un puñado de emociones sin depurar; de emociones creadas desde el poder para impedirnos soñar, confiar, construir y creer.

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