Aloma Rodríguez

Ese problema del que usted me habla

«La mayoría de los padres nos hemos quedado con cara de tontos, paralizados porque no sabemos cómo pretenden que se sostenga eso: el trabajo y los hijos y su cuidado y educación»

Opinión

Ese problema del que usted me habla
Foto: CARLOS JASSO| Reuters
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

La primera ola de la Covid-19 nos pilló desprevenidos: sin mascarillas, sin medios, sin personal, con pocas camas en la UCI y con pocos respiradores. No se actuó bien en las residencias de ancianos, que acumulan el mayor exceso de mortalidad. Era la primera ola, nos había pillado desprevenidos. Eso podía hacer disculpar el disparate de tener encerrados en casa durante seis semanas a los niños. Luego llegó el permiso para pasear: una hora al día, con un adulto, a menos de un kilómetro de su casa. La escuela no volvió y las mismas medidas dictadas por el Ministerio eran interpretadas en un sentido (regalar el curso) y en el contrario (no se puede evaluar, es injusto) en diferentes comunidades (Aragón, Madrid, en el ejemplo). Se habló de que se bajarían las ratios, a las comunidades autónomas les pareció inasumible la ratio de 20 que marcó el Gobierno después de hablar de que lo ideal sería 15; así que sigue en 25 en infantil. Ahora, nos dicen, lo que no se podía saber es que habría una segunda ola antes de que empezara el curso, el Gobierno creía que no llegaría hasta otoño. Pero eso no significa que tengan un plan para entonces.

Comunidades y Gobierno central firmaron en junio un documento en el que estas se comprometían a tomar medidas para que el curso que ¿va a comenzar? pudiera hacerlo de manera segura. Lo que sucede ahora es que el Gobierno central y los de las comunidades se echan la culpa uno a otros –competencias transferidas mediante– de que no haya un plan. Aunque el enfrentamiento es más claro entre comunidades con gobiernos de signo diferente, el caos, me temo, es el mismo en todas. Y, mientras, lo que se replica es el enfrentamiento: entre padres y profesores, que repiten que el colegio no es un «aparcaniños» (afortunadamente, eso va remitiendo, gracias a iniciativas como #QueremosVolver; con respecto a la palabra, lo explicaba la traductora Inga Pellisa en Twitter: «Que el colegio no sea un aparcaniños no significa que deje de ser la herramienta más eficaz e igualitaria de conciliar y de cuidar a nuestros hijos en el sentido más amplio de la palabra, cuidado al que tienen derecho»); entre gente con hijos y gente sin hijos, esa que repite que también tiene derecho a una vida privada –por cierto, las medidas que permiten reducciones de jornada, etc., son por familiar al cargo–; entre familias que quieren optar por no llevar a sus hijos y las que creen que eso merma la educación pública. Al problema de la dejadez en la educación se añaden otros, y todos derivan en la erosión de la convivencia.

Las semanas avanzan y ya solo quedan dos para el comienzo de las clases, que ya sabemos que serán solo presenciales en las primeras etapas. Y la mayoría de los padres nos hemos quedado con cara de tontos, paralizados porque no sabemos cómo pretenden que se sostenga eso: el trabajo y los hijos y su cuidado y educación, y un poco perplejos por que ninguno de nuestros gobernantes se plantee ese problema.

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