Gregorio Luri

Eterna

«Cada valle tiene su propia armonía, desplegada en una secuencia vegetal en la que todo está justamente donde le corresponde»

Opinión

Eterna
Foto: Gobierno de La Rioja| Turismo de La Rioja
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

A los pies de esas nubes pequeñas, compactas, ideales e inasibles, como formas platónicas, que circulan en procesión en dirección al Valle del Ebro, se extiende con majestuosidad lenta de gigante geológico, demasiado viejo para estridencias, la Sierra de la Demanda. Hundida hasta la cintura en una tierra oscura y generosa, regurgita por aquí y por allá fósiles e icnitas, cubierta por el magma verde de los bosques. Cada valle tiene su propia armonía, desplegada en una secuencia vegetal en la que todo está justamente donde le corresponde. A resaltar los inmensos y venerables robles milenarios, que parecen de otro tiempo. De un tiempo en que los hombres merecían venerar esta grandeza.

Aquí la vegetación avanza, y los pueblecitos se encogen a medida que sus habitantes se retiran en busca de comodidades legítimas. A veces sólo sobresale la torre de la iglesia por entre las encinas y a uno se le encoge un poco el alma con tanta fachada desventrada, tanto tejado pendiente del alfiler de una última viga, tanta historia humana desconocida perdiéndose entre ausencias. Las piedras de las casas alimentan su nobleza con historias. Sin estas, menguan, se agrietan y se dejan invadir por musgos, yerbas y zarzales. Al atardecer no es raro ver algún gamo adentrarse seguro por las calles desiertas.

Sobre todos nosotros, los buitres leonados, al oteo, trazan sus círculos pausados. Todo esto es cada vez más suyo.

Las pequeñas iglesias románicas, orgullosamente humildes, aun guardan en sus campanarios tañidos herrumbrosos y cada vez más esporádicos. Ya nadie echa en falta sus campanadas, porque nadie tiene una vida que regular con la agenda de sus sones. Pero ahí resisten, firmes y en silencio, cumpliendo su indeclinable misión de estirarse hacia el cielo en busca de raíces. Siempre sorprende en estas iglesias un capitel, la piedra provocadoramente tallada de un canecillo bajo la cornisa, o una arquivolta que mantiene su elegancia a pesar de la carcoma del tiempo. La fe que talló estas piedras ya no está a su lado para sustentarlas.

Los hombres se van y dejan atrás cerezos, ciruelos, arces, castaños, fresnos, chopos, robles, pinos albares, hayas, rebollos, abedules, acebos, tejos… y en las cimas barridas por los vientos, piornos, enebros, brecinas… y turistas haciendo fotos a las cumbres. Un mundo se va y un mundo más antiguo regresa a sus dominios. Lo que roturó el hombre ahora lo rotura la carcoma y, en el fondo, todo está bien.

Lo humano se va, pero aún no se ha ido y lo natural vuelve, pero aún no ha llegado. Entre medio, el turista, boquiabierto, se deja dominar por impresiones tan vagas en su forma como intensas en su peso, y se deja llevar por ellas como una especie de conquistador de ultimidades y respira descubriendo una profundidad inédita en sus pulmones y un cierto rejuvenecimiento en las rodillas.

El silencio se disuelve un poco con la luz del día, pero al atardecer se vuelve denso y acaba siendo tan compacto que uno de mis nietos, de 7 años, no podía conciliar el sueño con tanta calma. Con las primeras luces despiertan las voces naturales al mismo tiempo que una neblilla azulada se desprende del bosque como si fuera el calor de las sábanas. No sé por qué se ha escrito tanto sobre lo que debió sentir Adán en la primera noche del mundo y tan poco sobre lo que sintió con la primera amanecida.

He pasado ocho días en el corazón de la Sierra de la Demanda, gracias a la generosidad de un amigo que me ha dejado su casa. Un amigo, por cierto, encontrado en estas redes sociales, que tanto desprestigian algunos y que a mí me parecen las herederas tecnológicas de las plazas de los pueblos. No hay sitio alguno de los creados por el hombre en el que no se pueda hacer un amigo y expandir con su mundo nuestro mundo. Si sólo pudiera dejarles una idea en herencia a mis nietos, les dejaría la del valor de la amistad. He descubierto a serranos viejos, amables, generosos, refraneros, que se saben el nombre de cada yerba, de cada arbusto, de cada árbol, de cada animalejo, de cada singularidad del paisaje. Nombran cada cosa y le dan vida. Son ya los únicos que aún conocen el arte singular y preciso de sentarse en un poyo con una humanidad de prócer.

Cada casa tiene al menos un poyo junta a la puerta principal, que es, naturalmente, el elemento domestico que más resiste la tentación colectiva del desmoronamiento. Se sientan a mascar un poco la nada, a saludar con un gesto amable al transeúnte y a atardecer ellos mismos con el declinar del día. Ven el mundo pasar sin sorpresa, con una actitud notarial, sobria y circunspecta, que a los visitantes nos cuesta entender, porque nosotros tenemos que ir buscar el mundo a las pantallas, cerca de un enchufe y del lugar de la casa que tenga un poco de cobertura.

No hay nada más resistente a la obsolescencia que un poyo. Ni nada más humilde. Es, por decirlo así, un asiento genealógico. Quien pone en él su existencia a pasar el rato, sabe que está repitiendo el gesto de muchas generaciones precedentes y anticipando quizás -¡ay!- el de sus descendientes cuando vengan en el verano de visita.

Eterna, un pueblecito de unos diez habitantes de la comarca de Montes de Oca, es como la síntesis de la Sierra. Está casi cercado por un extenso acebal destinado a adueñarse de sus calles. El reloj de la torre, dando la hora eterna, está parado. Peor es cierto, aún quedan en sus casas quienes saben los nombres de las cosas y al nombrarlas, resisten la inercia del declive.

En uno de los pueblecitos de la Sierra, una mujer setentona y correosa, recién instalada en una casa enorme y destartalada que ha comprado por cuatro euros, me cuenta, sin bajar el volumen de la radio, que llevaba años soñando con un 5 y un 0. Finalmente comprendió que era una profecía sobre el 2050. En ese año, me confesó sin el mínimo asomo de duda, se producirá el cataclismo ecológico. Y sólo en la Sierra de la Demanda habrá agua, tierra cultivable y un clima habitable. Se siente en la avanzadilla de la gran emigración inversa que lo alterará todo.

Permítanme un consejo para acabar: si se deciden a recorrer estas tierras, tráiganse en la mochila la biografía del cura Merino. Por ejemplo, la escrita por José María Codón con el título de Biografía y crónica del cura Merino (1986).

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